El Precio de la Libertad
En las frías y oscuras mazmorras donde los sueños se apagan, una mujer encadenada guarda el secreto de su propia resistencia. Despojada de todo menos de su dignidad, su llanto no es de debilidad, sino el eco silencioso de un alma que se niega a doblegarse.
Amores de la ÉLITE
Entre salones de baile iluminados por imponentes candelabros, copas de cristal y miradas que lo dicen todo, se mueve la alta sociedad. En este exclusivo universo donde el poder y el dinero dictan las reglas del juego, dos almas se cruzan para descubrir que el lujo más codiciado no se lleva en los dedos ni en las joyas, sino en la intensidad de un amor apasionado. Tres élite se unen la familia Monasterio, la familia Valderrama Morales y la familia Pineda Castillo.
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LA GRIETA EN LA NOCHE
Las risas y las réplicas ingeniosas de Regina Cifuentes aún resonaban en las paredes del comedor de los Pineda-Castillo cuando el tono estridente de un teléfono móvil cortó la atmósfera festiva como el filo de un cuchillo. Fue el dispositivo de Darío el que rompió la armonía. El joven cardiólogo, que terminaba de bromear con Bruno y Daniela sobre las anécdotas de la facultad de medicina, sacó el aparato del bolsillo con una disculpa apresurada en los labios.
A medida que Darío escuchaba al otro lado de la línea, la sonrisa divertida se desvaneció de su rostro, reemplazada por una rigidez profesional y un rictus de genuina preocupación.
—Entendido, doctor Valdivieso. Voy para allá de inmediato. Prepárense —indicó con voz firme antes de colgar.
Los murmullos cesaron en la mesa. Paulina Betancourt, con su aguda perspicacia de abogada, fue la primera en notar el cambio en el ambiente.
—¿Ocurre algo grave en el hospital, muchacho? —preguntó Paulina, dejando los cubiertos sobre el plato con elegancia pero con la atención clavada en él.
Darío se puso de pie, disculpándose con la mirada hacia Marcela y Santiago.
—Lo siento mucho, señora Marcela, señor Santiago... Me acaban de avisar de urgencias del hospital central. Ingresó un código rojo absoluto. Una paciente con politraumatismo severo, signos de tortura prolongada y un cuadro crítico por pérdida masiva de sangre. El equipo de guardia me llama porque hay complicaciones severas con el ritmo cardíaco y temen un paro inminente antes de poder llevarla a quirófano.
Jimena, que estaba sentada a su lado, se apresuró a levantarse, tocándole el brazo con solidaridad.
—Ve, Darío. Salva a esa persona —le animó con dulzura.
Andrés, que había permanecido en silencio observando la escena, sintió de inmediato una sacudida extraña en el pecho. Aquel presentimiento oscuro que lo había perseguido durante toda la tarde regresó con furia, convirtiéndose en una urgencia inexplicable. No supo si fue el destino, la intuición o una fuerza superior, pero su cuerpo reaccionó antes de que su mente pudiera procesarlo.
—Yo te acompaño, Darío —dijo Andrés levantándose de la silla con decisión, sorprendiendo a todos en la mesa.
—¿Tú? ¿A un hospital a estas horas y en medio de una emergencia? —inquirió Santiago, arqueando una ceja con escepticismo, mientras Marcela sentía un leve vuelco en el estómago, un nudo frío que se formaba en su garganta de madre.
—Sí, papá. Jimena iba a ir más tarde con él de todas formas. Quiero estirar las piernas y, no sé... siento que debo ir —respondió Andrés con una firmeza que no admitía réplica.
A pesar de las protestas silenciosas de Marcela, quien apretó con fuerza las manos de su esposo bajo la mesa presa de una premonición repentina, Andrés ya había tomado su chaqueta. Minutos después, ambos jóvenes abordaban el todoterreno de Andrés, surcando las calles de la capital a toda velocidad hacia el complejo hospitalario donde la tragedia humana estaba a punto de cruzarse con sus vidas.
Las puertas batientes del área de urgencias olían a cloro, desesperación y sangre fresca. El ambiente era un hervidero de enfermeros corriendo con camillas, residentes gritando órdenes y monitores pitando de fondo. Cuando Darío y Andrés cruzaron las puertas, la escena era dantesca.
Sobre una camilla de acero inoxidable, con los restos de ropa desgarrada y marcas inconfundibles de cadenas y latigazos en la piel, yacía Anastasia Valera. Estaba semiinconsciente, atrapada en un delirio febril y doloroso. Los paramédicos que la habían transportado desde los suburbios informaban a gritos al equipo médico:
—¡Llegó con un cuadro de golpiza brutal! ¡Traía grilletes atados a los tobillos que tuvimos que cortar de emergencia en la ambulancia! ¡Presión arterial por los suelos y taquicardia extrema!
Andrés, que se había mantenido a unos pasos de distancia en el pasillo de urgencias, sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Sus ojos se clavaron en el rostro maltrecho de la muchacha. A pesar de los hematomas violáceos, el labio partido y el rastro de lágrimas secas mezcladas con sudor, había algo en la expresión de Anastasia —un destello salvaje, un orgullo indomable que ni los golpes ni el cautiverio habían logrado apagar— que lo atravesó como un rayo.
En ese preciso instante, Andrés no vio a una paciente más. Vio a una mujer indómita luchando contra el abismo.
Impulsado por un instinto protector que bordeaba la locura, Andrés dio un paso al frente hacia la camilla, queriendo acercarse, ofrecerle una mano, decirle de alguna manera que ya estaba a salvo. Extendió los dedos hacia el borde de la camilla, pero antes de que pudiera tocarla, Anastasia abrió los ojos de golpe. Su mirada, empañada por el dolor pero encendida por el terror y la desconfianza más absoluta, se clavó en él. Retrocedió con un quejido ronco, encogiéndose sobre sí misma como un animal salvaje acorralado que no cree en promesas de salvación.
—No... No te acerques... —murmuró con voz apenas audible, un hilo de voz rasposo que destilaba un sufrimiento inimaginable.
Antes de que Andrés pudiera pronunciar palabra para calmarla, un escándalo en las puertas principales de urgencias alteró aún más la atmósfera. Un hombre alto, de hombros anchos, con una mirada fría, oscura y despiadada, irrumpió en el pasillo flanqueado por dos matones de aspecto siniestro. Era Rubén Martínez. Su rostro era una máscara de furia contenida al enterarse de que su "propiedad" se había escapado de su control directo hacia un hospital público.
—¡Apartaos todos! ¡Esa es mi mujer! —bramó Rubén con voz ronca y amenazante, avanzando a zancadas hacia el box de urgencias donde yacía Anastasia.
El pánico se apoderó de los enfermeros. Anastasia, al escuchar la voz de su carcelero, sufrió un espasmo de terror puro, intentando incorporarse a pesar de las heridas, con los ojos abiertos de par en par. Andrés, sintiendo una rabia ciega e incontenible hirviéndole en la sangre, se interpuso en el camino del mafioso, plantándose frente a él con los puños apretados, sin saber que acababa de firmar el inicio de una guerra sin retorno.