—¿La tienes grande?
Nieves jamás se atrevería a hacerle semejante pregunta a un hombre cara a cara. Pero detrás de su cuenta anónima de TikTok puede decir todo lo que desea… incluso confesar las cosas más sucias que le gustaría hacer con un desconocido irresistible que nunca muestra el rostro.
Lo que no sabe es que ese hombre es Gael.
El chico más deseado de la universidad.
Y el compañero que está sentado justo a su lado.
Gael descubre su identidad cuando cada uno de sus mensajes hace vibrar el celular de Nieves sobre la mesa. Ella no sospecha nada, así que continúa provocándolo, preguntándole por su cuerpo y revelándole fantasías que jamás admitiría en persona.
Él podría decirle la verdad.
En cambio, decide seguirle el juego.
Porque ahora conoce cada uno de sus deseos secretos… y está dispuesto a cumplirlos todos.
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Capítulo 17
Capítulo 17
Caí hacia atrás sin encontrar nada de qué sujetarme.
Gael salió del cubículo al escuchar mi grito. Me agarró de la muñeca, tiró de mí y cerró el otro brazo alrededor de mi cintura.
Choqué contra su pecho desnudo.
La toalla estaba anudada a la altura de sus caderas. Mi mejilla quedó sobre un pectoral caliente y firme, todavía cubierto de gotas.
Por segunda vez había terminado entre sus brazos. La primera, en el Metro, al menos llevaba ropa.
Mi mente quedó en blanco.
—¿Estás bien?
La voz recién salida de la regadera era más grave.
Antes de que pudiera responder, escuchamos voces cerca de la entrada.
—¿Cuál era la proteína que me recomendaste?
—Premier Protein. Luego te mando el enlace.
—Hoy me toca espalda. Vamos a cambiarnos.
Dos hombres entraron al vestidor.
Me moví presa del pánico, buscando dónde ocultarme. Gael me llevó dentro de su cubículo.
Las paredes estaban mojadas. Para que mi ropa no se empapara, apoyó la espalda contra los azulejos y me mantuvo pegada a él.
Mi cara golpeó su clavícula. Me mordí por dentro la mejilla y gemí por el dolor.
Gael bajó la cabeza y preguntó en silencio qué había ocurrido.
Señalé mi boca.
Me sostuvo la barbilla para hacerme levantar el rostro.
—Abre.
Obedecí apenas. Sus ojos se detuvieron en la pequeña marca de sangre dentro de mi mejilla.
Introdujo un dedo para revisar la herida. La yema presionó con cuidado la piel sensible.
Fruncí el ceño.
Mi lengua reaccionó por instinto e intentó empujar el dedo hacia afuera. La punta húmeda rozó su piel una y otra vez, pasó alrededor del nudillo y retrocedió.
Gael contuvo la respiración. Su mirada se volvió más oscura.
—Quieta. Estoy revisando.
Lo dijo junto a mi oído, tan bajo que nadie más podía escucharlo.
El dedo continuaba dentro de mi boca. Cuanto más trataba de apartarlo con la lengua, más saliva se acumulaba. Sentí humedad en la comisura.
Lo miré, avergonzada e indefensa.
Gael retiró el dedo lentamente. Un hilo brillante quedó suspendido entre su mano y mis labios.
Observó la humedad y pasó la yema sobre mi boca, devolviéndola con una presión deliberada.
—Mmm…
Me limpié con el dorso de la mano y lo fulminé con la mirada.
Él sonrió y colocó el índice frente a sus propios labios, ordenándome guardar silencio.
Las voces del vestidor se acercaron.
—Traes buen paquete, compadre.
—Tú tampoco estás mal.
—Con todo relajado no cuenta. Hay que comparar en las mismas condiciones.
—A ver, dame un minuto para que reaccione.
Mis ojos se abrieron. Intenté escuchar el resultado de aquella competencia absurda.
Gael cubrió mis orejas con ambas manos.
Protesté solo con la mirada.
Se inclinó hasta rozar mi oído.
—No escuches.
Su aliento me produjo cosquillas en el cuello y una debilidad desconocida en el vientre. Retrocedí en cuanto las voces se alejaron.
Cuando estuvimos seguros de que los dos hombres habían salido, respiré.
—¿Por qué no me dejaste…?
La pregunta murió al mirar de nuevo su torso.
Hombros anchos, pecho firme, abdomen marcado y una cintura estrecha que parecía todavía más poderosa por el contraste. La toalla dejaba visible la V que descendía bajo la tela.
El chisme dejó de importarme.
—¿Te quedaste en blanco? —preguntó Gael.
—Me duele la boca —improvisé, cubriéndome la mejilla.
—¿Todavía?
—Muchísimo.
—Déjame revisar otra vez.
Recordé la sensación de su dedo y retrocedí.
—No. Ya está mejor.
—Entonces te compro algo frío. Ayuda con la inflamación.
—Cámbiate. Te espero afuera.
Escapé.
Me senté en el área de descanso y me abaniqué el rostro con una mano. Había sido una experiencia demasiado vergonzosa y demasiado excitante.
Ver un cuerpo atractivo en una pantalla no se comparaba con sentirlo desnudo contra la mejilla.
Los dos hombres del vestidor ya entrenaban entre gritos. Uno hacía press de banca y el otro levantaba mancuernas frente al espejo.
Los reconocí por las voces.
El segundo tenía el torso demasiado voluminoso y las piernas delgadas. Se contemplaba con una admiración que nadie más parecía compartir.
Lo miré solo unos segundos, por curiosidad.
Él vio mi reflejo y aumentó el esfuerzo. Después dejó las mancuernas y se acercó al sillón.
Parecía tener poco más de cuarenta años.
—¿No vas a entrenar, preciosa?
Su mirada pegajosa me hizo apartarme.
—Estoy esperando a un amigo.
—¿También se hospeda aquí?
—Sí.
Respondí sin interés y miré el celular.
—Te ves muy joven. ¿Estudias?
—Sí.
—¿En qué universidad?
—En la UMC.
—Entonces conoces bien la ciudad. Vine por negocios y me quedan dos días libres. ¿Por qué no me enseñas lugares para comer y pasear?
—No soy de aquí. Pregunte en recepción.
—No tiene chiste salir solo. Acompáñame.
—Ya tengo planes.
El hombre se inclinó hacia mí.
—Puedo pagarte diez mil pesos por día. Solo por acompañarme.
Por fin entendí qué clase de “compañía” esperaba.
—No me interesa.
—Te compro una bolsa. La marca que quieras: Louis Vuitton, Gucci…
Me levanté.
—No hago ese tipo de cosas. Busque a otra persona.
Caminé hacia la salida.
—No te vayas. Tú pon el precio.
Me sujetó de la muñeca.
El contacto me produjo una repulsión instantánea. Me liberé de un tirón.
—¡No me toque!
El hombre sonrió como si mi rechazo fuera un juego.
—No pienses mal. Solo quiero pasear.
Volvió a acercarse y alzó un brazo para rodearme los hombros.
Una mano apareció desde un costado y se cerró sobre su muñeca.
Gael la dobló hacia arriba.
El hombre gritó.
—¿Quién eres tú, cabrón?
Gael le dio un puñetazo antes de que terminara la frase.
El golpe lo lanzó al piso. La sangre empezó a salirle por la nariz.
Gael se volvió hacia mí.
—Ya pasó. No tengas miedo.
Me acerqué a él de forma instintiva.
—¿Dónde te tocó?
—Me apretó la muñeca. Me duele.
Le mostré la marca roja.
El rostro de Gael se endureció. Miró al hombre caído con una frialdad que me puso la piel de gallina.
El compañero corrió desde las máquinas.
—¿Qué le hiciste?
Intentó golpear a Gael.
Gael esquivó el puño y respondió con una patada entre las piernas. El hombre cayó de rodillas. El primero se levantó para atacarlo y recibió otra patada en la rodilla.
En pocos segundos los dos estaban en el suelo.
Yo lo contemplé sin poder cerrar la boca.
¿Cómo podía ser tan fuerte?
Super recomendable.
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solo una observación no lo tomes a mal en este capítulo y en el interior repetiste párrafos. Deberías checar porque se confunde la lectura ☺️☺️☺️