Catalina solo conoció un amor, el de su padre. La única persona que la quiso se fue de éste mundo sabiendo todo lo que tendría que afrontar su pequeña.
Hay personas que nacen para sufrir, la protagonista es una de ellas 💔
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13 LA BRUJA
¿Y aquí estaba yo, feliz? No lo sé.
Pero con ella aprendí a vivir de nuevo, a gozar enseñándole carpintería, a tallar la madera a reconocer un poco más de las hierbas del monte.
Su Padre le había enseñado muchas cosas y yo también me sentía un poco su maestro.
Sabía que era un tiempo, pero quería aprovecharlo al máximo.
Solo quería como me pidió su Padre que fuera un poquito feliz. Dos años ya había pasado desde que llegó y la acogí.
Había crecido y madurado. Su mirada había cambiado.
Sería igual la soledad de la montaña que a uno lo transforma.
Era principios de diciembre. Faltaba poco para que vinieran por los nuevos corderos
Aún le quedaban víveres, comprados con el dinero de su trabajo. Porque eso hacia la pequeña, cuidaba las ovejas, las arreaba y las iba moviendo de potrero. Era un trabajo diario, un trabajo al que fue condenada desde antes de que naciera.
A veces nos quejamos de la vida que nos toca. Y ésta pequeña había asumido con entereza una labor que no le correspondía. Ella aún merecía jugar con muñecas y aquí estaba día a día cuidando un rebaño de ovejas.
Ya se había pasado la voz que una niña vivía sola en la montaña.
Doña Mercedes me había pasado el dato. Así que le dije que hiciera correr la voz que era mentira. Que ella vivía conmigo. Y que no estaba abandonada. Que además tenía buena puntería a pesar de mi edad
No miento que tenía miedo. Pero no pude convencerla de vivir conmigo. Era una muchachita terca y se había hecho valiente. Practicaba tiro con sus armas.
Las que le había dado su Padre. Le enseñé a limpiarlas.
Pero se lo había prometido a su padre, mientras yo tuviera vida, no estaría sola
Ella se había ganado mi corazón.
Con su inteligencia, valentía y sus ganas de aprender. Era una gran niña, y se convertiría en una gran mujer.
CATALINA
Abuelito Ezequiel venía todas las semanas y cuando le extrañaba le silbaba a Peonia. Y ella aparecía con la loca de su hija.
Había hecho una huerta, no tan grande como la de él. Pero tenía verduras frescas.
Había pasado un año más, ya eran dos años viviendo aquí. Tenía la certeza que abuelo sabía muchas cosas que no quería contarme.
Había convivido con papá. Lo conocía cuando era soltero.
La soledad me hacía pensar y recordar.
Sacaba conclusiones. Papá no se había casado por amor con Jimena. Ella lo miraba con desprecio y él prefería ignorarla. No le importaba. Así que no tenían una relación.
Esteban era hijo de ella de otra relación. Supongo que a ese hombre ella lo amó. Por eso quería tanto a su adorado hijo
Papá era Marino Mercante y Ezequiel Marino de la Armada, pero no sé conocían de antes. Ezequiel era mucho mayor que papá.
Ezequiel me contó que ellos se conocieron en la montaña, que él lo había encontrado moribundo. De ahí nacía su amistad.
Pero Ezequiel no soportaba a Jimena.
Todo era raro. Y no tenía respuestas de nada.
Siempre trataba de sonsacarle, pero era una ostra. No lo engañaba fácilmente.
Ese año Ezequiel se vino de amanecida, yo lo esperaba. Era el día de la separación.
Los camiones llegaron de día. No estaba asustada como hace un año atrás. Tampoco pensé que ella vendría.
Pero había venido. La vi desde la ventana bajar del primer camión. Parecía que iba vestida para una fiesta y no al campo.
En el segundo vehículo venía su hijo. Estaba más gordo de lo que era. Hablaron e indicaban para la casa.
Trajeron cajas y sacos, las dejaron en la entrada.
Venían más hombres que la vez anterior.
Sabía que no venía por mi, a verme o a conversar. Seguramente era por los diez corderos que me había dejado Esteban el año anterior. Le debe haber dolido.
Venía seguro a bajar el número o a amenazarme. Era codiciosa, cuando papá me daba dinero ella me lo robaba. Al principio creía que me engañaba pero después me di cuenta. Cuando guardaba las monedas, desaparecían misteriosamente, hasta que la descubrí.
Tomábamos chocolate caliente cuando ella entró.
No saludó, caminó como una reina sin corona.
Solo nos miró y se sentó.
--Quiero aclararte algo niña, las reglas las pido yo. No tú, ni el viejo que te acompaña.
--Este año no te dejaré corderos. Te traigo más mercadería. Con eso tendrá que bastarte. Debes cuidar la comida y no ser golosa. Engordaras, y no será a costa mía.
Había pensado mucho lo que le iba a responder. Pero Ezequiel se me adelantó.
--Su nombre no es niña, se llama Catalina.
--Hola Jimena. Supuse que este año vendrías tú.
--Te debe haber dolido los bolsillos los corderos que tú hijo tuvo que dejar
--No te metas viejo. Le estoy hablando a ella.
--Soy bueno para negociar. Gracias a mí estás dónde estás.
--¿No lo recuerdas?
-Mírate, ahora una gran dama, buena ropa, buenos zapatos, ni parecida con la mujer con la que negocié.
--Tu mejor vestida y tú hijo más gordo.
--Cierra el pico viejo
--Quiero doce corderos éste año Jimena.
--He crecido y necesito ropa. Por si no te has dado cuenta. Estoy cubierta con un chaleco que me hice y unos pantalones que me regalo mi abuelito. Saqué mi voz y la miré a los ojos sin bajar mi vista.
Me miró como siempre lo hacía, con desprecio.
--Veo que estás bien aconsejada.
--Nadie me aconseja, me doy cuenta que mis necesidades aumentaron y con los corderos que me dejaron a penas me bastó. No tengo porque mendigar comida.
-- Yo trabajo y mi paga con mercadería no me alcanza para ropa y calzado.
--Mira tú, desde cuándo exige una mocosa estupida.
--Tienes dos opciones Jimena me dejas los doce corderos o me voy
--¿A dónde crees que te irás? Según tú
--¿Quien te recibirá? Se rió sarcásticamente
--Conmigo, con quién más.
--Catalina no tiene familia.
-- ¿O la tiene según tu? ¿Alguien de su familia la puede recibir?
Escupió al piso y salió. Los vidrios estuvieron a punto de quebrarse con el portazo que dió.
Habló con Esteban y a pesar que hubo una pequeña discusión, el acato las órdenes de la madre.
Ezequiel me tomó mi mano. No tiritaba como la primera vez, pero mi corazón latía a mil por hora.
Era la primera vez que la había mirado a la cara.
Le tenía tanto miedo y vergüenza a la vez
Comencé a llorar despacito. Lloré por tantos desprecios, por tanto odio.
Estuvieron menos tiempo, el traer más hombres acortó el tiempo de trabajo.
No salí a mirar. Ezequiel se sentó en el porche en la mecedora que me había hecho.
Esperó hasta que se fueron.
Nadie se despidió. Se fueron con los camiones llenos, ahora quedaba escuchar el doloroso balido de las madres.
En uno de los corrales, me habían dejado los doce corderos, no eran los más grandes. Pero los dejaron.
--¿Que te parece mi Catita?
--Hiciste enojar a la bruja y al gordo de su hijo.
Lo miré y sonreí. Era verdad. Era la primera vez que ganaba en algo.
Y también me reí por el sobrenombre, la Bruja
Le quedaba muy bien.
Para mí lo había sido toda la vida.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Entre tú y yo, ¡qué mucho echaba de menos tus letras!