Descripción
La historia comienza con una joven de 20 años que decide independizarse y vivir sola en un apartamento. Lo que no imagina es que allí conocerá a un hombre que carga con un dolor profundo. Su esposa y su pequeño bebé murieron, dejándolo completamente destrozado. Desde aquella tragedia, él cambió por completo: comenzó a beber demasiado, salir de fiesta constantemente y vivir como si nada le importara. La joven pronto descubrirá que detrás de ese hombre fiestero, borracho y aparentemente despreocupado existe alguien que todavía sufre por su pasado. Sin quererlo, ella terminará entrando en su vida y descubriendo su historia.
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Capítulo 12 — El sueño con mi esposa Narra Eithan
Eran aproximadamente las doce de la noche cuando llegué al edificio.
Venía borracho.
Otra vez.
Subí como pude hasta el quinto piso, saqué las llaves del bolsillo y apenas logré abrir la puerta del departamento 512.
Entré.
Ni siquiera tuve fuerzas para quitarme los zapatos.
Caminé unos pasos y terminé sentado en el piso.
—Qué vida tan jodida... —murmuré.
Apoyé la espalda contra el sofá.
Tenía la cabeza dando vueltas.
Cerré los ojos solamente por un momento.
Y me quedé dormido.
De repente, ya no estaba en mi apartamento.
Estaba en un lugar tranquilo, lleno de luz.
Miré alrededor.
—¿Dónde estoy?
Entonces escuché una voz que conocía perfectamente.
—Eithan.
Me volteé.
Era ella.
Domenica.
Mi esposa.
Me quedé completamente paralizado.
—¿Domenica?
Ella sonrió.
—Hola, mi amor.
Sentí que se me quebraba el corazón.
—¿Eres tú?
—Sí.
Me acerqué lentamente.
—Te he extrañado tanto.
—Lo sé.
—Todos los días pienso en ti.
Domenica me miró con tristeza.
—También sé eso.
Bajé la mirada.
—No puedo seguir.
—Sí puedes.
—No.
—Eithan, tienes que abrir tu corazón.
La miré confundido.
—¿Para qué?
—Para volver a vivir.
—Yo no sé cómo.
—Sí sabes.
—Domenica...
Ella tomó mi mano.
—Maidy.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Qué tiene que ver Maidy?
—Ella te quiere.
Me quedé callado.
—Yo también creo que estoy empezando a quererla —admití finalmente.
Domenica sonrió.
—Entonces deja de tener miedo.
—Pero siento que te estoy traicionando.
—No me estás traicionando.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque yo fui tu esposa y siempre voy a formar parte de tu historia. Pero no quiero que mi recuerdo se convierta en una prisión para ti.
Sentí las lágrimas bajar por mi rostro.
—Yo te prometí que iba a cuidarte.
—Y lo hiciste.
—No pude salvarte.
—Eso nunca estuvo en tus manos.
Me quedé en silencio.
Domenica respiró profundamente.
—Maidy puede ayudarte a volver a sonreír.
—Tengo miedo de quererla.
—Quiérela.
—¿Y si la pierdo?
—No puedes vivir toda la vida huyendo de perder a alguien.
Sus palabras me dejaron sin respuesta.
Después recordé algo.
—Domenica...
—¿Sí?
—Siempre tuve una pregunta.
—Dime.
Tragué saliva.
—¿Cómo era nuestro hijo? ¿Era niño o niña?
Domenica sonrió de una manera diferente.
—Era una niña.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—¿Una niña?
—Sí.
—¿Cómo era?
Domenica comenzó a sonreír.
—Era preciosa.
—¿Se parecía a ti?
—Muchísimo.
—¿Y a mí?
—También.
Solté una pequeña risa entre lágrimas.
—¿Cómo era su cabello?
—Castaño oscuro, suavecito y un poquito ondulado.
La imaginé inmediatamente.
—¿Y sus ojos?
—Marrones, grandes y muy expresivos.
Sentí una presión en el pecho.
—¿Cuántos años tiene?
Domenica me miró.
—Ahora tendría dos años.
Me quedé sin palabras.
Dos años.
Mi hija tendría dos años.
—¿Quieres conocerla?
La miré sorprendido.
—¿Puedo?
Domenica extendió su mano.
—Ven.
Caminamos unos pasos y apareció una pequeña niña.
Tenía aproximadamente dos años.
Era pequeñita, de mejillas redondas y una sonrisa preciosa. Su cabello castaño oscuro le caía suavemente alrededor de la cara y tenía unos ojos marrones enormes.
Llevaba un vestido sencillo y sostenía un pequeño muñeco entre sus manos.
Me quedé mirándola.
—¿Ella es mi hija?
Domenica asintió.
—Sí.
Me acerqué lentamente.
La niña levantó la mirada.
Y sonrió.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—Hola, mi princesa...
Me agaché frente a ella.
—Soy tu papá.
La niña extendió sus brazos hacia mí.
Yo comencé a llorar.
—Dios mío...
La abracé.
Sentí una paz que no había sentido en años.
—Es hermosa.
—Lo sé —respondió Domenica.
—¿Por qué nunca pude conocerla?
—Porque la vida decidió otra cosa.
Apreté a mi hija contra mí.
—Yo la habría amado tanto.
—Ella lo sabe.
Le di un beso en la frente.
—Te habría cuidado todos los días.
Domenica se acercó.
—Ahora tienes que cuidar tu corazón.
La miré.
—¿Por Maidy?
—También por ti.
La imagen comenzó a desaparecer.
—¡No!
Intenté sostener a mi hija.
—¡Domenica!
Ella sonrió.
—Abre tu corazón, Eithan.
Todo se volvió blanco.
Abrí los ojos de golpe.
Estaba nuevamente en el piso de mi apartamento.
La luz de la calle entraba por la ventana.
Me incorporé lentamente.
Tenía la cara llena de lágrimas.
Miré alrededor.
—Mi hija...
Me llevé las manos al rostro y comencé a llorar.
Por primera vez no lloraba solamente por haberla perdido.
Lloraba porque acababa de imaginar cómo habría sido tenerla conmigo.
Y entre lágrimas, una persona apareció nuevamente en mi mente.
Maidy.
Recordé cada vez que me había cuidado.
Cada comida que había preparado.
Cada regaño.
Cada vez que se había quedado cuando yo quería estar solo.
Me quedé mirando el techo.
—Domenica...
Respiré profundamente.
—Creo que tienes razón.
Tal vez había llegado el momento de abrir nuevamente mi corazón.
hija de Eithan como se la imagina el