Leandro está en campaña de buscar un esposo para su madre y un buen padre para él. ¿Este pequeño niño de tan solo 10 años podrá encontrar al hombre perfecto? O en su travesía descubrirá secretos escondidos de traiciones y engaños pasados que sufrió su madre.
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Recuerdos del pasado
Mientras camino por las calles de mi ciudad natal, los pasos se me hacen pesados como si llevara piedras en los zapatos. Las palabras de Rafa siguen revoloteando en mi cabeza como pájaros heridos, "Tienes derecho a ser feliz también". ¿Cómo se supone que vuelva a confiar en alguien después de lo que viví? Si pudiera gritarlo desde los tejados, lo haría, nunca se enamoren de quien aún no ha cerrado sus ciclos pasados, de quienes llevan a otra en su corazón como un tesoro oculto. Porque solo vivirán bajo la sombra de ese recuerdo, siendo una copia imperfecta de alguien que no son, sin espacio propio en una historia que desde el principio nunca les perteneció.
Aún recuerdo cómo conocí a Octavio en el último año de la universidad. Coincidimos en el salón de literatura moderna, y desde el primer momento en que me miró con esos ojos cafés profundos, mis sentimientos comenzaron a crecer como una flor de loto que abre sus pétalos al primer rayo de sol. Al finalizar el curso, tuve el valor de invitarlo a una cena en un pequeño restaurante de la plaza central, le pedí que fuera mi novio con las manos temblando y la voz quebrada. Cuando él aceptó con esa sonrisa que me robaba el aliento, sentí que mi corazón latía tan fuerte que podría salirme por la boca.
Nunca noté ninguna señal de que algo estuviera mal. Su familia me recibió como si fuera una de las suyas, su madre me abrazaba con ternura, su padre me elogiaba por mis buenos modales, y Nadia, su hermana, parecía contenta de tener una cuñada. Dos años después, nos casamos. Yo era la mujer más feliz del mundo, convencida de que había encontrado mi lugar en este universo. Apoyaba a Octavio en su carrera, le preparaba su café con exactamente dos azúcares todas las mañanas, le planchaba su traje de vestir con esmero y le escuchaba horas y horas cuando llegaba cansado del trabajo. Hacía todo lo posible por convertir nuestro hogar en un paraíso, en un refugio donde él pudiera encontrar paz.
De verdad fui muy dichosa durante esos cuatro años. Pero la vida no es un cuento de hadas, y a veces se comporta como una perra malvada que se divierte destrozando los sueños más bellos. Recuerdo esa noche con claridad.
Lleegué a casa después de doce horas de trabajo, exhausta, pero con ganas de preparar la cena que habíamos planeado. En la entrada del living, vi algo que me heló la sangre, una gran maleta rosada de cuero, junto a unos zapatos de tacón alto que no eran míos, y un rastro de perfume que me era completamente ajeno. Mi estómago se cerró de golpe, y tuve que agarrarme a la pared para no caerme.
Desde la cocina llegaban risas alegres reconocí la de Octavio y la de Nadia, pero había otra voz, dulce y melodiosa, que no conocía. Mi esposo fue el primero en verme; salió de la cocina con un brillo en los ojos que jamás había visto antes. Estaba tan feliz, tan iluminado, que no reconocí al hombre al que había compartido mi vida durante años.
—Amor, mira —dijo, tomándome de la mano con ternura — Ella es Roxana, una muy querida amiga de mi familia
¿Amiga? Su rostro sí me resultaba familiar. Había visto muchas fotos en la casa de mi suegra, Octavio, Nadia y esta mujer, sonriendo juntos en la playa, en cumpleaños, en paseos por el campo. Cada vez que preguntaba quién era esa chica, la respuesta era siempre la misma: "Ella es mi mejor amiga", "Ella es la persona más gentil", "Ella es muy querida por toda la familia".
No le di demasiada importancia en aquel entonces. Nunca fui una mujer celosa, no me dejaba llevar por las apariencias ni por los rumores. Aunque es cierto que Roxana era extraordinariamente hermosa, pelo rubio largo como un río de oro, ojos que parecían ver hasta el fondo de tu alma, y una presencia que llenaba cualquier espacio en que entraba. Después de las presentaciones, Octavio me informó que se quedaría con nosotros por "una corta temporada".
En cuestión de semanas, ya no reconocía mi propia casa. Roxana se adueñó de la recámara de invitados junto a la nuestra, y poco a poco fue cambiando cada rincón, sustituyó mis cortinas de algodón por unas de seda color crema, movió los muebles para darle "más luz" al living, puso sus fotos en las paredes donde antes había cuadros que yo había elegido con tanto cariño. Mi espacio, mi hogar, se desvanecía como humo bajo el sol.
Una tarde, llegué temprano del trabajo y la encontré en la sala, vistiendo un short ajustado y una blusa sin mangas que dejaba al descubierto sus hombros. Caminaba descalza por los pisos de madera como si fuera la dueña del lugar, riéndose junto a Nadia mientras preparaban algo en la nevera. Como si no estuviera invadiendo la intimidad de una pareja recién casada. Como si yo no existiera.
Determinada a recuperar mi lugar, me acerqué a ella con los puños apretados.
—Roxana... ¿qué crees que estás haciendo?
Ella se giró hacia mí con una sonrisa irónica, como si mi pregunta fuera la más tonta del mundo.
—Oh, Briella! Ya estás aquí... no seas tan agua fiestas —dijo, moviendo el pelo de un lado a otro.
Detrás de ella apareció Nadia, poniéndose de su lado con esa calma que siempre me irritó.
—Cuñada, vamos —susurró, tomándome del brazo— Es un hermoso día, deberíamos estar disfrutando al aire libre. No seas tan dura con cosas sin importancia
Durante todo ese tiempo, Roxana nunca mostró el menor interés en conocerme. Me ignoraba como si fuera un mueble más, hablaba de mí en tercera persona cuando estaba en la habitación, y nunca me invitaba a acompañarla en sus salidas o en sus charlas con Nadia. Sentía que yo era la invitada indeseada en el hogar que había construido con tanto amor.
Cuando llegó Octavio esa noche, le pedí que me explicara hasta cuándo se quedaría. Las semanas se habían convertido en meses, y aquella "corta temporada" parecía no tener fin.
—Me siento incómoda —le dije, con la voz temblando por la emoción— Ya no tenemos ni un rincón donde estar solas como pareja. ¿No se puede quedar con tu madre y hermana?
Él se encogió de hombros, sin mirarme a los ojos otra señal que debería haber notado.
—Ella está pasando un mal momento —respondió fríamente— No seas mala, Briella. Ella nos necesita. Además sabes que mi madre y hermana nunca están en casa.
No comprendía a mi esposo. Nunca había sido un hombre especialmente generoso, en realidad era muy mezquino, y de repente estaba dispuesto a dejar que una extraña invadiera nuestra vida. Además, dejamos de tener intimidad, él decía que debíamos "respetar a las visitas", que no era correcto hacer cosas en la casa mientras ella estaba ahí. Cuando insistí, su respuesta fue siempre la misma:
—Ella es mi mejor amiga de toda la vida, Briella. Los tres crecimos juntos. No puedo dejarla sola en esta situación
Pero esa frase "está pasando un mal momento" nunca me cuadró. Roxana no actuaba como alguien que sufriera, pasaba el día de compras en las boutiques más caras de la ciudad, salía con amigos hasta tarde, y cuando estaba en casa no paraba de sonreír, radiante y despreocupada. Pero seguí callada, seguí intentando ser la esposa comprensiva que él merecía.
Faltaban dos semanas para nuestro aniversario de bodas, tenia todas mis esperanzas en ese dia, había planeado todo con mucho cuidado, un fin de semana en el hotel donde habíamos pasado nuestra luna de miel, una cena romántica en la terraza con vista al lago. También le había comprado el reloj de pulsera de cuero que había estado admirando en la vitrina de la joyería del centro.
El gran día llegó, y fui a buscarlo a su oficina con la maleta lista y el regalo envuelto con cinta dorada. Pero su mirada confundida, su rostro torcido de sorpresa, me dejó bien en claro de que lo había olvidado por completo.
—Lo siento, cariño... yo... no puedo irme este fin de semana —empezó, con la voz baja y evasiva
—¿No vamos a ir? —pregunté, aferrándome a la última gota de esperanza que quedaba en mi pecho
—Podemos ir a cenar a algún lado —dijo, acariciándome la mejilla — Pero el viaje se cancela. Te lo prometo, te compensaré luego, amor
—Bien —respondí, sintiendo cómo el corazón se me rompía en mil pedazos y las lágrimas me quemaban los ojos— Vamos a cenar entonces
Esa noche, después de mucho tiempo, Octavio me sonrió con verdadero cariño, parecía que el reloj le había gustado mucho. Terminamos la noche en una habitación de hotel, porque ya ni siquiera en nuestra propia casa podíamos estar a solas como pareja. Mientras estábamos en la cama, una pregunta que llevaba días atormentándome salió de mi boca sin poder evitarlo.
—Octavio... ¿crees que Roxana es bonita?
Él me abrazó fuerte, acercándome su rostro a mi cabello.
—Briella, ella es como mi otra hermana —susurró— Los tres crecimos juntos. Tú eres la única mujer hermosa para mí
Fui estúpida. Ingenua. Ciega. No hay forma alguna de justificar por qué seguí quedándome en aquel lugar que ya no era mi hogar, con un hombre que ya no era mi esposo.
Briella 😊