Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.
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Capítulo 18
Capítulo 18: El disparo del Imperial
—No es mi trabajo entrar bolsas —dijo Camila, apretando la charola—. Yo solo sirvo botellas.
—Es una botella especial. Un regalo. —El flaco no sonreía; se lo dijo pegándosele, y por debajo de la manga Camila alcanzó a ver el bulto de un arma en su cintura—. No preguntes. Métela al privado del fondo, la dejas junto al sillón, y te sales. Nada más. O te vas a arrepentir de haber preguntado.
A Camila se le secó la boca. Miró alrededor: los hombres de traje seguían en los pasillos, tensos. Entendió, con un frío que le bajó por la espalda, que se había metido, sin querer, en el medio de algo muy malo. Tomó la bolsa. Pesaba raro. A través del fieltro rojo que la forraba por dentro, sus dedos sintieron una forma dura, larga, inconfundible: metal, un cañón.
Una pistola.
Le temblaron las manos. Pensó en soltar la bolsa y correr. Pensó en gritar. Pero el flaco la vigilaba desde tres metros, con la mano cerca de la cintura, y en ese pasillo lleno de hombres armados un grito suyo no llegaría a ningún lado más que a su propia tumba. Caminó hacia el privado del fondo con las piernas de gelatina, rezando por salir viva.
Empujó la puerta. Adentro había varios hombres de negro, serios, esperando. Sobre una mesa, mapas, radios. Uno hablaba en voz baja: "…vuelve blindado del sur, entra a las once, hay que rematarlo antes de que suba al privado, no le den chance de…" Callaron al verla entrar. Camila, con el corazón en la garganta, dejó la bolsa junto al sillón como le habían dicho, murmuró "su regalo, señores", y se dio la vuelta para salir.
No alcanzó.
Abajo, en el salón, se oyó revuelo. Pasos, órdenes, el zumbido de la escolta. Y una voz que anunció, con respeto y con miedo:
—¡Llegó don Genaro! ¡Don Genaro Solís!
Los hombres de negro del privado se electrizaron. Uno se abalanzó sobre la bolsa que Camila acababa de dejar, la abrió, sacó la pistola de entre el fieltro rojo.
—¡Es él! ¡Es don Genaro! ¡Saquen las armas! ¡Ahora!
Todo pasó en segundos. Los hombres salieron del privado apuntando hacia el barandal que daba al salón de abajo, donde un hombre mayor, canoso, rodeado de escoltas, acababa de entrar. Camila quedó atrapada en el umbral, paralizada, entre los tiradores y la baranda.
Estalló la balacera.
El ruido fue ensordecedor, seco, distinto a como suena en las películas: golpes que le reventaban los oídos, gritos, el olor a pólvora quemada. Camila se tiró al piso, tapándose la cabeza, sin entender nada, con el corazón a punto de estallarle.
Y entonces, desde el nivel de enfrente —desde la galería opuesta, por encima de todo el caos— sonaron dos disparos. Solo dos. Limpios, espaciados, tranquilos, tan distintos del tiroteo desesperado de los sicarios como una firma es distinta de un borrón.
Dos de los hombres de negro cayeron. Uno de ellos, el que tenía la pistola de la bolsa, se desplomó hacia atrás, cerca de Camila, con un agujero exacto en la frente. La sangre le salpicó a ella la cara, el uniforme, las manos.
Camila, tirada en el piso, temblando, empapada de sangre ajena, levantó la vista hacia el lugar de donde habían salido esos dos tiros perfectos.
En la galería de enfrente, de pie, tranquilo, con una pistola plateada todavía humeante en la mano y la cara sin una sola emoción, estaba Dante.
El mundo se le detuvo a Camila. Toda la sangre del cuerpo se le fue a los pies. El vecino de la sopa de fideo. El hombre que le hervía sopa y le compraba termos rosas. El que la había cubierto de la lluvia, el que la había cargado del cuarto oscuro. Estaba ahí arriba, con un arma en la mano, matando hombres de dos tiros, con la misma calma con que había removido la olla de sopa de fideo.
—Ese… —susurró Camila, sin voz, incrédula, con la sangre escurriéndole por la mejilla—. Ese es Dante.
Abajo, don Genaro Solís, ileso gracias a esos dos disparos, alzó la cabeza hacia la galería y sonrió con una satisfacción de zorro viejo.
—¡Mi ahijado! —exclamó, abriendo los brazos—. ¡Ese es mi ahijado! ¿Vieron? ¡Puntería de ángel!
Los pocos sicarios que quedaban soltaron las armas. La balacera se apagó tan rápido como había empezado. En el silencio quedaron los caídos, el olor a pólvora, y Camila en el piso, temblando entre la sangre.
Dante bajó por las escaleras sin prisa, guardándose la pistola. Cruzó el salón, subió al tercer piso, y solo entonces —al verla ahí, empapada de rojo, con esa cara de espanto— algo se le movió apenas en el gesto. Se acuclilló frente a ella, se quitó el saco y la envolvió, y con el pulgar le limpió la sangre de la mejilla.
—Espérame un poco —le dijo, muy bajo—. Ahorita nos vamos. No mires. Cierra los ojos.
Camila no pudo cerrarlos. Lo miraba a él.
Al salir, en la planta baja, un hombre uniformado y furioso les cerró el paso: el director Maldonado, jefe policial, que había llegado con las sirenas.
—¡Aquí hubo una masacre, don Genaro! ¡No pueden irse así como si nada! ¡Necesito declaraciones, necesito…!
—Necesitas callarte, Maldonado —lo cortó don Genaro, sin alzar la voz—. Si no es por mi ahijado, esta noche vienes a recoger mi cadáver, y con él, tu carrera. Él te acaba de hacer el trabajo. Así que tú vas a escribir en tu reporte que un sujeto con un arma casera intentó algo y fue abatido, y santo remedio. ¿Verdad que sí?
Maldonado, rojo, apretó los dientes, y bajó la cabeza.
—…Sí, don Genaro.
Se hicieron a un lado. Dante sacó a Camila cubierta con su saco, la subió a la Suburban blindada. Adentro, Mauro esperaba al volante.
—Listo, patrón —dijo Mauro—. Ya borré las cámaras del Imperial. No hay nada.
La camioneta arrancó. Camila, hecha un ovillo en el asiento, con el saco de Dante encima y la sangre ajena secándosele en la piel, miraba fijo al frente, sin parpadear. En su cabeza chocaban dos hombres que no cabían en uno solo: el de la sopa de fideo y el de la pistola plateada. "El ahijado de don Genaro Solís." Ahora entendía las casualidades, el traje, la voz del reservado, el hombre que se llevó Mauro, el muerto del callejón, el poder que hacía agachar la cabeza a un director de policía. Todo encajó de golpe, y el cuadro completo era aterrador.
—¿Mataste a esos hombres —susurró, sin mirarlo— con la misma mano con que me preparas sopa de fideo?
Dante tardó en contestar.
—Iban a matar a don Genaro. Y a mí. Y si me matan a mí, gata, a ti te comen viva en dos días. —Su voz era plana, sin disculpa—. No escogí este mundo. Pero en este mundo, o disparas tú, o disparan por ti. Y yo no voy a dejar que te disparen a ti.
Camila cerró los ojos. Todo lo que había creído de ese hombre se le caía a pedazos. Y sin embargo —esa era la parte que más la asustaba— seguía envuelta en su saco, sin poder odiarlo, entendiendo por primera vez que quererlo significaba también quedarse a vivir dentro de esa oscuridad.
Dante, a su lado, le puso una mano en la espalda, y no dijo nada más. Afuera, la ciudad que era suya pasaba tras el vidrio blindado, indiferente, sin saber que uno de sus dueños acababa de matar por amor y por costumbre en la misma noche.