Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.
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Nuevos clientes
El lunes por la mañana, Elara se encontraba nuevamente haciendo malabares para llegar a tiempo al taller. En el pasado, Irina, la niñera de los niños, siempre era puntual y aparecía antes de las ocho, pero últimamente había desarrollado la molesta costumbre de retrasarse. Dado que el horario de entrada de Elara era exactamente a las ocho en punto, el margen de error era nulo.
Con el recuerdo fresco del enojo que había tenido su hermana Colette la semana pasada, Elara descartó de inmediato la idea de llevar a Gael y a Dante consigo al estudio. No quería más problemas. Así que ahí estaba ahora, refunfuñando con los dedos tamborileando con frustración sobre el volante mientras esperaba frente a un semáforo en rojo que parecía eterno. El tráfico de la ciudad era un caos y Elara pensaba seriamente que, si la situación con la niñera seguía así, le saldría más a cuenta dejar el auto en casa y comenzar a tomar el autobús.
Cuando Elara cruzaba la entrada del taller, Sophie, la asistente de Diora, ya iba a su encuentro a toda prisa por el pasillo.
—Buenos días, señorita Davis. La señora Lebrun la está esperando en su oficina de inmediato.
—Buen día, Sophie. Iré enseguida —respondió Elara exhalando un suspiro. Dejó su bolso en su cubículo y tomó únicamente su libreta de notas y la cinta métrica antes de dirigirse al despacho de su jefa.
Una vez dentro de la oficina, Diora no perdió el tiempo. La agenda del día venía bastante apretada: Charlotte llegaría de un momento a otro con Beltrán, su prometido, para la prueba de medidas. Y había algo más: una clienta nueva, de mucho peso, que había pedido específicamente los servicios de Elara. La única condición era que la modista se trasladara a atenderla en su propio terreno: un restaurante exclusivo, reservado solo para unos pocos elegidos en la ciudad.
Elara estaba agotada por el tráfico y los contratiempos de la mañana, pero no permitió que se le notara en lo más mínimo. Asintió a todo con esa compostura profesional que nunca se le quebraba ante su jefa.
Los novios aparecieron a los diez minutos exactos. Charlotte desapareció de inmediato tras la cortina del vestidor para cambiarse, mientras Elara tomaba la cinta métrica y se acercaba a Beltrán.
Ella no solía trabajar con clientes masculinos; este caso era una absoluta excepción y solo porque la joven Huxley había insistido con vehemencia. Al tratarse de una recomendación directa y cercana a Diora, no había tenido margen para negarse. Aun así, se le notaba la tensión en el cuerpo; revisaba su libreta con excesivo cuidado tras cada anotación, como si necesitara aferrarse a la rutina para disimular su incomodidad.
Beltrán, en cambio, estaba de lo más tranquilo. Mantenía una paciencia impecable; todo lo que hiciera feliz a Charlotte le parecía bien y lo aceptaba sin el menor pero. Cuando ella finalmente salió del vestidor luciendo el vestido de la recepción de compromiso, a Beltrán le brillaron los ojos con esa intensidad propia de cualquier novio profundamente enamorado.
—Bien... haré unos ajustes aquí... y otros cuantos aquí —murmuró Elara, ensimismada en cada alfiler y detalle del tejido, mientras los tortolitos se devoraban con la mirada.
En cuanto terminó con las últimas anotaciones de las medidas de Beltrán, Elara guardó sus herramientas y se retiró, no sin antes agradecerle a la pareja por su tiempo y amabilidad.
Antes de marcharse del taller, Charlotte le pidió a su prometido que la esperara un momento en la recepción. Necesitaba pasar de nuevo por la oficina de Diora; se le había ocurrido una última petición de camino.
Al verla entrar, la dueña del estudio alzó la vista con una sonrisa.
—Dime, ¿cómo les fue con la prueba?
—Todo está perfecto, de verdad. Solo hacen falta unos pequeños ajustes —respondió Charlotte, apoyándose en el borde del escritorio—. Pero quería pedirte un favor más, Diora. ¿Existe alguna posibilidad de que la señorita Davis confeccione también mi vestido de novia?
Diora soltó una pequeña risa y negó suavemente con la cabeza, mirando a Charlotte con total honestidad.
—Me encantaría complacerte, Charlotte, pero somos una casa de moda, no una boutique especializada en vestidos de novia. Confeccionar un traje nupcial de esa envergadura requiere técnicas e infraestructura que no son nuestra especialidad en el taller. Además, Elara está completamente desbordada últimamente; la han solicitado demasiados clientes nuevos en estas semanas.
Charlotte suspiró, asumiendo la negativa con resignación pero entendiendo las razones.
—Bueno, al menos tenía que intentarlo —comentó, provocando la risa de ambas.
—Te lo dije —añadió Diora con orgullo—, es mi modista estrella.
—Está bien, lo entiendo. Pero... ¿al menos podría solicitarla para que le tome las medidas y le diseñe un traje exclusivo a mi hermano?
Diora lo meditó un par de segundos antes de asentir.
—Por supuesto que sí. No habría inconveniente.
—Excelente. Solo hay un pequeño detalle: el cliente es un hombre un poco ermitaño y testarudo, así que tendremos que ir directamente a buscarlo a su lugar de trabajo. Pero no te preocupes, queda muy cerca de aquí, justo en la joyería de la esquina.
—Ah, si es ahí no hay ningún problema —concluyó Diora.
—Entonces en el transcurso de la semana la buscaré —concluyó Charlotte, guardando su agenda en el bolso.
—Claro que sí, pasa directamente por su cubículo y coordinen un día que les quede bien a ambas —respondió Diora con una sonrisa afectuosa, despidiéndose desde su escritorio.
Charlotte salió de la oficina de muy buen humor y se reunió con Beltrán en la recepción del taller. Los novios se marcharon tomados del brazo, conversando animadamente sobre los preparativos de la boda.
...
Elara terminó la llamada telefónica con la nueva clienta. Al final, resultó que la mujer tenía un contratiempo de última hora y el encuentro tuvo que quedar reprogramado para una fecha posterior.
Frustrada y acumulando el cansancio de la mañana, Elara se quedó en su cubículo. Apoyó los codos sobre el escritorio de madera y hundió el rostro entre las manos, dejando escapar un largo suspiro de agotamiento.
—¿Mal día? —preguntó Mila, acercándose sigilosamente al mostrador con una sonrisa comprensiva.
Elara levantó la vista, encontrándose con los ojos amables de su amiga de toda la vida. Mila sostenía un juego de patrones de costura bajo el brazo y la observaba con complicidad.
—Y yo que venía precisamente a pedirte un favor enorme con unos cortes... —añadió Mila en tono de broma, intentando aligerar el ambiente al ver el rostro visiblemente estresado de su compañera.
—A ver, ¿qué tienes ahí? —preguntó Elara, apartando sus propios bocetos para hacerle espacio en el escritorio.
Mila se sentó de inmediato en la silla delante de ella, aliviada por la disposición de su amiga, y extendió los patrones y los retazos de tela sobre la mesa con entusiasmo.
—Es para el conjunto de la señora Vance. Me estoy volviendo loca con el ajuste del cuello y sé que tú tienes mejor ojo para las caídas de seda —explicó Mila, señalando una de las líneas del trazo.
Faltaba exactamente una hora para salir a almorzar. Elara observó el diseño concentrándose en los detalles de la costura.
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