Todo comienza con una amistad entre un chico y una chica que son mejores amigos. Ella guarda un secreto: está profundamente enamorada de él, pero él tiene novia. Cada vez que habla de ella, la chica siente celos, aunque intenta disimularlos para no perder su amistad. Él asegura amar a su novia y jamás imagina lo que ocurre en el corazón de su mejor amiga. Sin embargo, pasan cuatro años y sus sentimientos comienzan a cambiar. Poco a poco, descubre que siente algo especial por ella. Cuando finalmente comprende que está enamorado de su mejor amiga, quizá sea demasiado tarde.
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Capítulo 12 El dolor de una madre
Después de que la doctora salió de la habitación y nos confirmó que Valeria había muerto, sentí que el mundo se me había venido abajo.
Yo no podía reaccionar.
Me quedé parado, mirando hacia la puerta de la habitación, como si en cualquier momento alguien fuera a salir y decirme que todo había sido un error.
Pero no.
Valeria se había ido.
Mi princesa se había ido.
Y entonces pensé en Yuliana.
Su mamá.
La persona que acababa de perder a su hija.
Me acerqué lentamente a ella.
—Señora Yuliana…
Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Es verdad, Steven?
No pude responder.
Solo asentí.
Yuliana se llevó las manos al rostro.
—No… no, mi niña…
Intentó ponerse de pie, pero sus piernas no respondieron.
—¡Señora Yuliana!
La alcancé antes de que cayera al piso.
Se desmayó en mis brazos.
—¡Ayuda, por favor!
Una enfermera llegó rápidamente y nos ayudó.
La sentaron en una silla y comenzaron a revisarla.
Yo seguía a su lado, llorando.
—Mi niña… —murmuraba ella cuando comenzó a recuperar el conocimiento—. Mi hija…
—Señora Yuliana, estoy aquí.
Ella me miró.
Sus ojos estaban completamente destruidos por el dolor.
—Steven…
—Sí.
—¿Por qué?
No pude contestar.
—¿Por qué tuve que perder a mi hija?
La abracé.
Yuliana comenzó a llorar contra mi pecho.
—Mi niña… mi niña…
—Lo siento mucho, señora.
—Yo no quería que se fuera.
—Lo sé.
—Era mi hija.
—Sí.
—Yo la cargué cuando nació, Steven. Yo la vi crecer. Yo la vi ir al colegio. Yo la vi sonreír. Yo la vi enamorarse…
Su voz se quebró.
—Y ahora no está.
Yo también lloraba.
No sabía qué decirle.
¿Cómo podía consolar a una madre que acababa de perder a su hija?
—Mijo…
—¿Sí?
—¿Por qué Dios me quitó a mi hija?
Me quedé en silencio.
—Yo no sé, señora Yuliana.
—Yo hubiera dado mi vida por ella.
—Lo sé.
—Si alguien tenía que irse, debí ser yo.
—No diga eso.
—¡Era mi niña!
Su llanto se volvió más fuerte.
—Mi hija…
La abracé nuevamente.
—Llore, señora. No se guarde nada.
—¿Cómo voy a volver a mi casa?
No supe qué responder.
—¿Cómo voy a entrar a su cuarto y no verla?
Mis ojos se llenaron nuevamente de lágrimas.
—No sé.
—¿Cómo voy a despertar mañana?
—No sé.
—¿Cómo voy a vivir sin ella?
Me quedé abrazándola.
—No tiene que pensar en mañana todavía.
—Pero ella ya no está.
—Sí.
—Mi niña ya no está.
—Lo sé.
Yuliana comenzó a repetir entre lágrimas:
—Mi hija… mi hija… mi niña…
Yo también sentía que me estaba rompiendo por dentro.
Pero había algo que me hacía sentir todavía peor.
Yo había sido su novio.
La amaba con todo mi corazón.
Perderla era un dolor que no sabía explicar.
Pero Yuliana había perdido a su hija.
Había perdido a la persona que había visto crecer desde el primer día.
Eso debía ser un dolor todavía más profundo.
Me quedé junto a ella mientras lloraba en mis brazos.
—Steven…
—¿Sí?
—Ella te amaba mucho.
Cerré los ojos.
—Yo también la amaba.
—Me habló de vos muchas veces.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Qué decía?
Yuliana sonrió entre lágrimas.
—Decía que eras un bobo.
Solté una pequeña risa entre lágrimas.
—Eso sí era verdad.
—Pero decía que eras su bobo.
Volví a llorar.
—Ella también era mi princesa.
Yuliana apoyó la cabeza contra mi hombro.
—Cuídala en tus recuerdos.
—Siempre.
—Nunca la olvides.
—Jamás.
Miré hacia la puerta de la habitación.
—No podría olvidarla aunque quisiera.
Yuliana me apretó la mano.
—Prometeme algo.
—Lo que sea.
—No dejes que su vida haya sido en vano.
Tragué saliva.
—No lo voy a hacer.
—Recordala por cómo era antes de estar enferma. Por sus risas, sus locuras, sus momentos felices.
Asentí.
—Lo voy a hacer.
Nos quedamos abrazados durante varios minutos.
Ninguno de los dos tenía palabras suficientes para explicar aquel dolor.
Una madre había perdido a su hija.
Y yo había perdido a la mujer que amaba.
Pero había algo que ambos teníamos en común.
Los dos habíamos perdido a Valeria.
Y desde aquel momento, nuestras vidas jamás volverían a ser las mismas.