A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 3
Cap 3: Dos rayas en la prueba
Veintidós días sin dormir de corrido. Veintidós días bebiendo café tibio en lugar de comer. Veintidós días marcándole a la abuela todas las noches a las nueve para no quedarse sola con su propia cabeza.
—¿Comiste, mija?
—Sí, abuela.
—¿Qué comiste?
—Sopa.
—¿De qué?
Camila se quedaba en silencio. La abuela suspiraba y hacía ruido con la cuchara contra una taza para que se oyera del lado de allá que ella sí estaba cenando.
—Aguanta tantito, Cami —decía—. Pero no indefinidamente.
—Sí, abuela.
* * *
La mañana del lunes número veintitrés, fue cuando se dio cuenta.
Llevaba dos días con un mareo raro al levantarse. Tres días con un asco a media tarde. Una semana sin que le bajara. Lo atribuyó todo al estrés —al estrés se le puede atribuir cualquier cosa cuando una mujer no quiere mirar—. Pero esa mañana, al lavarse los dientes, el olor a pasta de menta la hizo doblarse sobre el lavabo. Vomitó café amargo.
Se quedó arrodillada frente al inodoro.
Hizo cuentas con los dedos.
Tres semanas y media desde Riviera Maya.
Salió del baño temblando.
* * *
La farmacia más cercana estaba a cuatro cuadras, dentro del mercado del barrio. El muchacho del mostrador era nuevo —se sintió levemente agradecida de que no la conociera—.
—Una prueba de embarazo —dijo, sin rodear—. La más barata.
El muchacho sacó la cajita rosada. Camila contó las monedas exactas. El cambio no le hacía falta.
* * *
En el baño del departamento, sentada en la taza, esperó tres minutos viendo el segundero del reloj de la cocina.
Si daba positivo, era de aquella noche. Solo podía ser de aquella noche. Hacía un mes y medio que Gerardo no la tocaba.
A los tres minutos exactos, miró.
Dos rayas. Una clara, una más tenue, pero las dos ahí.
Camila se quedó sentada con la prueba en la mano un rato largo. Le dolía la espalda baja de no haber cambiado de postura. Salió del baño con el plástico todavía en la palma. Se sirvió un vaso de agua de la jarra. Se lo tomó entero. Volvió al baño. Miró la prueba otra vez, por si las dos rayas se hubieran ido. No se habían ido.
No lloró. No gritó. La envolvió en papel de baño con cuidado y se la metió al bolsillo del pantalón.
—Te tengo —dijo en voz baja, a nadie y a alguien al mismo tiempo—. Lo que sea, eres mío. Solo mío.
Se levantó, se mojó la cara y se fue a la cocina a hervir agua.
No alcanzó a hervirla.
* * *
El timbre sonó tres veces seguidas, demasiado rápido. Camila apagó la estufa. Miró por la mirilla.
Gerardo.
Llevaba flores. Margaritas baratas, de las que vende el señor del semáforo. Llevaba la cara del Gerardo arrepentido, la cara que durante tres años de matrimonio le había hecho confundir el ciclo con el amor.
Camila se apretó la prueba en el bolsillo. Abrió.
—Cami. —Él intentó entrar de inmediato; ella no se hizo a un lado—. Cami, déjame pasar. Te traje flores.
—Las veo.
—Son de tus favoritas.
—Las margaritas no son mis favoritas, Gerardo. Llevan tres años no siéndolo. Te lo dije la primera vez.
—¿Cómo supiste dónde vivo?
—Pregunté en el barrio.
Se hizo a un lado lo mínimo. Que el vecino del 5 no la viera plantada en la puerta con un señor de visita era un asunto de supervivencia: el qué dirán, en colonia popular, comía rápido.
Gerardo puso las flores sobre la mesa.
—Mi vida —empezó—. Yo no sabía que Bernal iba a hacer lo que hizo. Te juro por mi madre.
—Mentira.
—Cami—
—Saliste del cuarto cuando él entró. Te despediste de él. Estaba consciente, Gerardo. Te oí.
Él tragó saliva.
—No me oíste. Estabas bajo el efecto.
—No me confundí.
—Cami, te voy a decir una cosa. Bernal es así. Es un señor de los de antes. Está acostumbrado a que las cosas se le den. Si yo lo hubiera rechazado en la cena, despídete del ascenso, despídete del trabajo y, dicho sea, despídete de la prestación médica que cubre a tu abuela. ¿Eso es lo que quieres?
—¿Estás usando a mi abuela?
—Estoy poniendo las cosas en su lugar, Cami. Estoy poniendo nuestras prioridades.
—"Nuestras."
—Sí. Nuestras.
—Gerardo. Las prioridades del cuarto del resort fueron tuyas. Las consecuencias de ese cuarto también van a ser tuyas. Mías no.
Él parpadeó. La frase no estaba en su libreto.
—Cami, escúchame. —Avanzó dos pasos—. Yo quería que cayera bien. Nada más. El ascenso, mi amor. Era para nosotros. Para tener una casa de verdad, no este... —Hizo un gesto que abarcó los treinta y un metros cuadrados—. Esto.
Camila sintió el viejo gancho. El gancho del "para nosotros". El de "qué van a decir si te separas, Cami". Por primera vez en su vida adulta lo reconoció como lo que era: un anzuelo metálico que le entraba por la culpa.
—Bernal se pasó —siguió Gerardo, alentado por su silencio—. Yo lo voy a poner en su lugar. Y mientras tanto, podemos hacer borrón y cuenta nueva. La gente lo hace todos los días.
—¿Las parejas adultas se drogan?
—No fue así.
—¿Las parejas adultas le ponen sedante a la leche tibia que llevan once años preparándole a su mujer?
—Cami, por favor.
—¿Las parejas adultas se van del cuarto para que un señor cincuentón con anillo grueso entre y haga lo que tiene que hacer?
Gerardo no respondió.
En ese momento llegó la otra voz. Desde el pasillo. Con la modulación de quien quiere que el barrio entero la oiga.
—¡Pues claro que se fue, comadre! ¡Mi nuera se fue como una rata, así nomás, sin decir agua va! ¡Una mujer decente no abandona a su marido, no señor!
Doña Remedios.
Camila cerró los ojos. La voz de la suegra atravesaba la puerta. Era el patrón conocido: cuando el hijo no lograba convencerla por las buenas, la madre venía a humillarla por las malas.
El primer golpe en la puerta.
Iba a callar por hoy. No por él. Por el bebé. Iba a aguantar tantito, como le había dicho la abuela. Pero no indefinidamente. Una semana, calculó. Una semana para encontrar abogado. Dos para juntar papeles. Tres para presentar. Antes del segundo mes, fuera. Antes de que el cuerpo del bebé tuviera nombre y la sombra del Gerardo público volviera a colgarse del calendario como si tuviera derecho.
Apretó la prueba en el bolsillo y miró a Gerardo arreglarse el cuello de la camisa para recibir a su mamá.
"Bien. Acomódate la camisa. Porque cuando esto termine, no va a quedarte ni esa."
El segundo golpe sonó más fuerte. Una vecina del piso 3 abrió su puerta, asomó la cabeza al cubo de la escalera y la cerró de inmediato. El chisme ya estaba comprado para la tarde. Bien. Que se cuente. Que se cuente bien.
Camila respiró hondo. Antes de caminar a la puerta, se detuvo dos segundos en mitad de la sala. Miró el departamento de treinta y un metros cuadrados. La cortina mal pegada del baño. La estufa sin gas. El gancho del camisón. Pensó: "Aquí va a vivir un bebé. Aquí va a vivir alguien que no tiene la culpa de nada." Y supo, con una claridad muy seca, que iba a pelear por ese metro cuadrado más de lo que había peleado por nada en su vida.
Caminó a abrir.