Tras ser masacrada junto a su familia por orden de su ambiciosa prima Silvia y el frío magnate Patrick, Elena muere en la ruina. Habían arriesgado todo para rescatar a Silvia de la mafia, pero ella borró todo rastro de su deshonra asesinando a sus salvadores.
Milagrosamente, Elena despierta en el pasado, justo la noche del ataque. Con el odio ardiendo en sus venas y dispuesta a todo, simula un colapso para evitar que su hermano intervenga, dejando que Silvia sufra las desgarradoras consecuencias de su propia trampa.
Determinada a no repetir su trágico destino, Elena orquesta una fría y metódica venganza corporativa. Entre alianzas estratégicas, secretos oscuros y manipulación, destruirá paso a paso a Silvia y a Patrick, arrastrándolos al mismo infierno al que la condenaron. En esta vida, las lágrimas de Elena serán el veneno de sus enemigos.
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EL PRECIO DE LA VERDAD
Decidimos atacar al amanecer.
Clara y yo pasamos las siguientes cuatro horas frente al servidor encriptado, filtrando documentos, cruzando fechas, construyendo un expediente que, si llegaba a las manos correctas, haría temblar los cimientos de Sterling Holdings.
—No podemos soltar todo de golpe —dije, trazando un diagrama en la mesa del comedor con un marcador rojo—. Si Victoria huele que viene un ataque, va a contraatacar antes de que la prensa publique una sola línea.
—¿Qué sugieres?
—Tres gotas. Tres filtraciones escalonadas. Primera: la relación entre Victoria y Marcus. Segunda: los movimientos bancarios de la LLC de Delaware. Tercera: los nombres de los ejecutivos que han estado recibiendo pagos por silencio.
Clara frunció el ceño.
—¿Y Silvia?
—Silvia es el bonus. —Cerré el marcador—. Cuando Victoria caiga, Silvia quedará expuesta como cómplice. Sin la protección de mi suegra, será carne de cañón para los fiscales federales.
—¿Y Patrick?
La pregunta me atravesó como un cuchillo.
—Patrick —dije, con la voz más firme de lo que me sentía—, tendrá que decidir de qué lado está.
Clara me miró. Largo rato. Y en sus ojos vi algo que no era solo lealtad. Era preocupación.
—Usted lo ama.
No respondí.
—Lo ama —repitió Clara, suavemente—. Y eso lo hace vulnerable.
—No estoy aquí por amor. Estoy aquí por justicia.
—¿Segura?
Me puse de pie. Caminé hacia la ventana. Brooklyn amanecía gris, con las siluetas de los edificios recortándose contra un cielo color ceniza.
—Segura —dije.
Pero no lo estaba.
Porque en otra vida, Patrick me había amado también. Y yo lo había dejado morir.
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La primera filtración llegó al *Wall Street Journal* a las ocho de la mañana.
Un sobre anónimo. Documentos bancarios. Fotografías de Victoria y Marcus en hoteles de Ginebra, en villas de Capri, en reuniones secretas en las Bahamas. Todo fechado, todo certificado, todo inapelable.
A las nueve, las acciones de Sterling Holdings cayeron un 4%.
A las diez, Victoria convocó a una reunión de emergencia del consejo directivo.
A las once, Patrick me llamó.
—Elena. —Su voz era un hilo de acero—. Necesito verte.
—Patrick, ahora no...
—Ahora. —La palabra fue un latigazo—. En mi oficina. O en la tuya. O en la calle. Donde sea. Pero ahora.
Cerré los ojos.
—Una hora.
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Lo encontré en el vestíbulo de mi edificio.
No en mi loft. En la calle. De pie bajo la llovizna, con el abrigo empapado, el cabello pegado a la frente, los ojos grises ardiendo con algo que no había visto nunca en él.
Furia.
Y dolor.
—¿Fuiste tú? —fue lo primero que dijo.
—No sé de qué...
—No mientas. —Dio un paso hacia mí. La lluvia caía entre nosotros como una cortina—. La filtración al *Journal*. Los documentos. Las fotografías de mi madre con Marcus Kane. ¿Fuiste tú?
No respondí.
—Elena. —Su voz se quebró—. Dime que no fuiste tú.
Cerré los ojos.
Y entonces, por primera vez en dos vidas, decidí decir la verdad.
—Fui yo.
El silencio que siguió fue más denso que la lluvia.
—¿Por qué?
—Porque tu madre mató a mi padre.
Patrick palideció.
—¿Qué?
—Hace tres años. En los Hamptons. Un "accidente" de coche. —Di un paso hacia él, y la lluvia me empapaba el cabello, el rostro, la ropa—. Pero no fue un accidente. Fue una ejecución. Ordenada por Victoria. Ejecutada por Marcus Kane.
—Elena, no...
—Sí. —Mi voz se quebró—. Y hay más, Patrick. Hay mucho más.
—¿Qué más?
Lo miré. Y en sus ojos vi algo que me rompió el corazón.
No era incredulidad.
Era *miedo*.
El miedo de un hombre que sabe que la verdad que está a punto de escuchar va a destruirlo.
—Marcus Kane —dije, con la voz baja— es tu verdadero padre.
El mundo se detuvo.
Patrick se quedó quieto. Bajo la lluvia. Con los ojos grises abiertos de par en par. Como si acabara de ver un fantasma.
—No. —La palabra salió de sus labios como un susurro—. Eso no es...
—Lo es. —Saqué el teléfono. Le mostré la fotografía que Clara había encontrado en el servidor. El certificado de nacimiento modificado. La fecha. El nombre—. Victoria tuvo una aventura con Marcus hace treinta y cinco años. Tu padre legal, Richard Sterling, lo sabía. Y pagó por ello. Con su silencio. Con su vida.
Patrick tomó el teléfono. Con manos temblorosas. Miró la imagen. Una vez. Dos. Tres.
Y luego la dejó caer.
—Dios mío —susurró.
—Patrick...
—No. —Se pasó las manos por el cabello, con un gesto que lo hacía verse, por primera vez, completamente roto—. No me digas nada. No ahora. No puedo...
—Tienes que escuchar...
—¡No! —La palabra fue un grito. Un grito que se perdió en la lluvia—. No puedo escuchar nada más. No hoy. No después de saber que mi madre es una asesina. Que mi verdadero padre es un asesino. Que todo lo que soy, todo lo que tengo, viene de una mentira.
Se alejó. Dos pasos. Tres.
—Patrick, espera.
—No. —Se giró, y en sus ojos vi lágrimas. Verdaderas. Por primera vez—. No sé quién soy, Elena. No sé quién eres tú. No sé si lo que hay entre nosotros es real o si es parte de algún plan que no entiendo.
—Es real. —La voz me salió quebrada—. Patrick, lo que hay entre nosotros es lo único real que me queda.
Él me miró. Largo rato. Y en sus ojos vi algo que no había visto antes.
Duda.
Pura. Destilada. Familiar.
—¿Cómo puedes decir eso? —susurró—. Después de todo lo que sabes. Después de saber que mi sangre es la sangre del hombre que mató a tu padre. ¿Cómo puedes mirarme y decir que es real?
No respondí.
Porque no tenía respuesta.
Porque en otra vida, le había dicho las mismas palabras. Y él me había creído. Y yo lo había dejado morir.
Patrick dio un paso hacia mí. Y entonces, sin decir nada más, me tomó el rostro con ambas manos.
Y me besó.
No fue un beso suave. No fue un beso tierno. Fue un beso desesperado. Hambriento. Con el sabor de la lluvia y las lágrimas y la rabia y el amor y todo lo que no habíamos dicho en dos vidas.
Sus manos se enredaron en mi cabello. Las mías se aferraron a su abrigo empapado. Y por un momento, solo un momento, el mundo dejó de existir.
No había Victoria. No había Marcus. No había Silvia. No había venganza.
Solo él.
Solo yo.
Solo esto.
Cuando se apartó, ambos estábamos respirando con dificultad. La lluvia nos empapaba. Manhattan brillaba a lo lejos, indiferente.
—Elena —susurró Patrick, con la frente apoyada en la mía—. No sé qué hacer. No sé quién soy. Pero sé una cosa.
—¿Qué?
—Que no puedo perderte. —Su voz se quebró—. Aunque seas la mujer que está destruyendo a mi familia. Aunque seas la mujer que me ha estado mintiendo durante semanas. Aunque seas la mujer que, de alguna forma que no entiendo, ya conocía antes de conocerte. No puedo perderte.
Cerré los ojos.
Y supe, con esa certeza que solo viene de haber vivido dos vidas, que había cometido el error más grande de todas.
Me había enamorado de él.
De verdad.
Y eso, más que cualquier otra cosa, podía destruirnos a ambos.
Leee