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Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Status: En proceso
Genre:CEO
Popularitas:574
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?

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CAPÍTULO 1 EL TRATO QUE CAMBIÓ SUS VIDAS

La lluvia caía con fuerza sobre la ciudad, golpeando los cristales de la mansión como si quisiera entrar a la fuerza. Yo apreté el bolso contra mi pecho, sintiendo cómo el frío de la tarde se me metía en los huesos a pesar del abrigo que llevaba puesto. Frente a mí se alzaba la residencia de los Ferrer: un imponente edificio de piedra oscura, con luces cálidas que se filtraban por las ventanas y un aire de poder y soledad que se respiraba incluso desde la entrada.

Había venido aquí por una sola razón: salvar a mi hermana. Las deudas de mi padre habían crecido hasta un punto en que ya no había vuelta atrás, y la única salida que se nos había presentado era este trato absurdo, este contrato que me haría esposa del hombre más temido y poderoso de toda la ciudad.

La puerta se abrió antes de que yo pudiera llamar. Un mayordomo de rostro serio me hizo pasar con un gesto discreto.

—El señor Ferrer lo espera en el despacho —me dijo, y empezó a caminar delante de mí por un pasillo largo y elegante, adornado con cuadros y muebles antiguos que hablaban de una fortuna antigua y bien cuidada.

Mi corazón latía con fuerza. Sabía quién era Dante Ferrer. Todo el mundo lo sabía: heredero de un imperio empresarial, hombre de mirada fría y decisiones tajantes, alguien que nunca decía lo que pensaba y que siempre conseguía lo que quería. Nunca lo había visto en persona, y la idea de estar frente a él me ponía más nerviosa de lo que quería admitir.

El mayordomo se detuvo frente a una puerta de madera oscura, llamó suavemente y luego abrió para dejarme pasar.

Entré despacio. El despacho era inmenso, con estanterías llenas de libros que llegaban hasta el techo, una mesa de trabajo enorme de madera oscura y una ventanal que daba al jardín, ahora oscuro por la noche. Y detrás de esa mesa, de pie y mirando por la ventana, estaba él.

Dante Ferrer no se giró cuando entré. Seguía mirando la lluvia, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de traje. Su espalda ancha y su postura erguida ya decían mucho de su personalidad: control, seguridad, una fuerza que no necesitaba demostrar con palabras.

—Te has atrevido a venir —dijo, y su voz fue lo primero que me impactó. Era profunda, grave, con un tono que hacía que todo lo que decía pareciera una orden.

—No tenía otra opción —respondí, sorprendiéndome a mí misma por lo firme que sonó mi voz, a pesar de los nervios que me recorrían el cuerpo.

En ese momento se giró. Y cuando sus ojos se posaron en los míos, sentí cómo el aire me faltaba un segundo. Era más guapo de lo que las revistas mostraban: rasgos marcados, mandíbula fuerte, cabello oscuro peinado hacia atrás y unos ojos de un color café oscuro que parecían capaces de ver a través de ti. No había ninguna sonrisa en su rostro, solo una expresión seria y analítica, como si me estuviera evaluando cada detalle.

—Siéntate —dijo, señalando una silla frente a su mesa.

Obedecí. Él se acercó despacio y se sentó también, tomando un documento que estaba sobre la mesa y pasándomelo por encima.

—Eso es lo que hemos acordado —explicó, mientras yo lo tomaba con manos que temblaban un poco—. Te casas conmigo por un plazo de dos años. Durante ese tiempo, te encargarás de cuidar la imagen de mi esposa, asistir a los eventos sociales conmigo y mantener las apariencias ante la familia y la prensa. A cambio, yo me encargo de todas las deudas de tu padre, pago el tratamiento completo de tu hermana y aseguro el futuro económico de tu familia para siempre.

Leí las líneas rápidamente, aunque ya me las sabía de memoria. Era un trato frío, calculado, sin espacio para sentimientos ni afectos. Un negocio puro y duro.

—Y ¿qué pasa cuando terminen los dos años? —pregunté, levantando la vista para volver a mirarlo.

Sus labios se curvaron en una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Entonces podemos divorciarnos sin problemas. Te daré una compensación económica generosa para que puedas vivir la vida que quieras, donde quieras. Y cada uno seguirá su camino.

—Entendido —dije, y pasé la hoja para llegar al final, donde estaba el espacio para las firmas.

—Antes de firmar —me interrumpió, apoyando los codos sobre la mesa y acercándose un poco más, lo suficiente para que pudiera oler su perfume, una mezcla de madera y algo fresco que me desorientó un momento—, hay una regla que no está escrita en el papel, pero que es tan importante como todas las demás.

—¿Cuál es?

—No te enamores de mí.

Sus palabras cayeron como un cubo de agua fría. Me quedé mirándolo, sorprendida por la crudeza con la que lo había dicho.

—No te preocupes —respondí, recuperando la compostura—. Yo no vengo aquí buscando amor. Vengo a salvar a mi familia. Nada más.

—Me alegra escucharlo —dijo, y por un segundo creí ver un destello de algo en sus ojos, algo que no era frialdad, pero que desapareció tan rápido que no pude identificarlo—. Porque yo no tengo tiempo para romances ni sentimientos. Mi vida es el negocio, el poder y mantener todo lo que mi familia construyó. Cualquier otra cosa es una distracción que no puedo permitirme.

Asentí, y sin dudar más, tomé la pluma que él me ofrecía y firmé mi nombre en el papel. Aitana. Mi nombre se veía pequeño junto al suyo, que ya estaba impreso con letras elegantes y firmes.

Dante tomó el documento, lo revisó un segundo y luego lo guardó en un cajón de la mesa. Se puso de pie, y yo hice lo mismo.

—Bienvenida a la familia Ferrer —dijo, y aunque sus palabras eran de bienvenida, su voz seguía siendo fría y distante—. Mañana por la mañana nos casamos en una ceremonia privada, solo con los abogados y mi abuelo. No hay necesidad de hacer un espectáculo. Luego vendrás a vivir aquí. Ya he preparado una habitación para ti.

—¿Una habitación separada? —pregunté, sin poder evitarlo.

Él me miró con una ceja levantada.

—Es lo más lógico, ¿no crees? Este es un matrimonio de conveniencia. No tenemos por qué compartir cama ni intimidad. Cada uno tendrá su propio espacio.

Aunque sabía que era lo correcto, aunque sabía que esto era solo un trato, sentí una pequeña punzada en el pecho que no supe identificar. Quizás era la idea de pasar dos años viviendo en una casa tan grande con un hombre que ni siquiera me trataba como a una persona, sino como a un objeto más de su negocio.

—Está bien —dije simplemente.

En ese momento la puerta se abrió y entró un hombre mayor, con el cabello blanco y una mirada amable que contrastaba totalmente con la de Dante. Se acercó a nosotros con una sonrisa cálida.

—Así que esta es la joven que va a salvar a esta familia de tanta formalidad —dijo, y me tomó la mano con cariño—. Yo soy Don Eliseo, el abuelo de este muchacho terco. Perdona su forma de ser, lleva demasiado tiempo rodeado de números y negocios y se le ha olvidado un poco cómo tratar a las personas.

Sentí cómo sonreía por primera vez desde que llegué. La presencia del abuelo me transmitía una paz que no había sentido en días.

—Mucho gusto, don Eliseo —respondí.

—Mucho gusto para mí, querida. Espero que aquí encuentres un hogar, no solo un contrato. Dante puede parecer un bloque de hielo, pero te aseguro que debajo de todo eso hay un corazón. Solo hay que saber encontrar la forma de hacerlo latir.

Dante soltó un suspiro y se cruzó de brazos.

—Abuelo, por favor, no empieces con tus discursos.

—¿Por qué no? —replicó el anciano, riéndose suavemente—. Alguien tiene que recordarte que la vida no es solo negocios y poder. Ahora vamos a cenar los tres. Estoy seguro de que Aitana tiene hambre después de todo el viaje.

Y así, mientras la lluvia seguía cayendo afuera, yo caminaba detrás de ellos hacia el comedor, sabiendo que acababa de firmar mi libertad a cambio de salvar a los míos. Sabía que estos dos años serían difíciles, que tendría que aprender a convivir con un hombre que parecía imposible de descifrar, que tendría que fingir un amor que no existía ante todo el mundo.

Pero lo que yo no sabía en ese momento, mientras me sentaba a la mesa frente a Dante Ferrer y sentía su mirada posarse en mí de vez en cuando con una intensidad que me hacía temblar, era que este contrato no solo cambiaría mi vida… sino que también despertaría sentimientos que juré nunca tener. Sentimientos que pondrían en peligro todo lo que habíamos acordado.

Y que, al final del camino, ninguno de los dos saldría ileso.

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FIN DEL CAPÍTULO 1

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