Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 11: El acuerdo de las dos sombras
El roce de sus dedos enguantados sobre la palma de Stefan fue el detonante definitivo. En cuanto la mano de Vivianne descansó sobre la del Gran Duque, una corriente térmica y salvaje le recorrió las venas, haciendo que el núcleo de su magia de sangre despertara con un latido violento en el centro de su pecho. No era una sensación de debilidad; era como si dos fuerzas antiguas y subterráneas se reconocieran tras siglos de aislamiento. La firmeza de la mano de Stefan, curtida por el acero y las ventiscas del norte, envolvía la suya con un agarre que transmitía una seguridad imponente. El trato estaba sellado.
Stefan cerró los dedos con suavidad pero con una fijeza inquebrantable, consolidando el juramento silencioso.
—Póngase de pie, duque —ordenó Vivianne, manteniendo la modulación baja y firme en su voz para que el viento de la noche no arrastrara sus palabras más allá de los muros de la terraza—. No necesito un vasallo que se arrodille por cortesía, necesito un socio que sepa sostener el peso de la espada cuando el tablero se complique.
Stefan se incorporó con una fluidez pasmosa, recuperando su imponente altura. Sus ojos carmesí continuaban fijos en ella, brillando con una chispa de fría aprobación bajo la luz de la luna.
—Como usted ordene, mi princesa —respondió él, con ese barítono espeso que parecía acariciar la penumbra—. Dígame entonces cuáles son sus términos. ¿Por dónde empezamos a cortar las cabezas de sus enemigos?
Vivianne retiró la mano despacio, extrañando de inmediato el calor de su tacto, pero manteniendo la espalda rígida y la mirada gélida.
—Alexander y Lucia son míos —sentenció la princesa, y una sonrisa filosa se dibujó en sus labios carmesí—. La muerte rápida en un callejón oscuro es un castigo demasiado piadoso para lo que ellos merecen. En mi... en mis planes, no está contemplado darles una salida fácil. Quiero quitarles el suelo que pisan, pieza por pieza. Quiero que vean cómo se desmorona su estatus, cómo la aristocracia que tanto codician les da la espalda y cómo sus nombres se convierten en el hazmerreír del imperio. Quiero destruirlos despacio, arrebatándoles la reputación hasta que deseen la muerte como un alivio.
Stefan escuchó las condiciones sin interrumpir, asimilando la crueldad metódica de la mujer que tenía enfrente. La diversión en su rostro se transformó en un respeto genuino y estratégico.
—Un castigo digno de una soberana —asintió el duque del norte, cruzando los brazos sobre el pecho—. De acuerdo. El Norte no intervendrá de manera directa con el acero en la capital si esa es su voluntad. Yo me encargaré de ser su soporte político en el consejo imperial. Mis ministros y mis hombres respaldarán cada uno de sus decretos, bloqueando cualquier intento de las facciones aliadas al barón para ganar terreno. Además, pondré a su disposición mi red de espías. Cada carta, cada deuda y cada secreto sucio que Alexander o esa mujer intenten ocultar en las provincias fronterizas estará en su tocador antes de que ellos puedan planearlo.
—Eso es exactamente lo que necesito —respondió Vivianne, sintiendo que la última pieza de su armadura mental encajaba en su sitio.
Stefan dio un paso atrás, diluyéndose sutilmente entre las sombras de las glicinas. Antes de desaparecer por completo, extendió la mano hacia ella una última vez, sosteniendo la máscara de plata que Vivianne había dejado sobre la barandilla. Se la entregó con una reverencia de cabeza y, tomándole los dedos con una delicadeza que contrastaba con su aura peligrosa, depositó un beso helado en el dorso de su mano.
—Debo retirarme, Su Alteza. La guardia de la ronda nocturna del Emperador pasará por este sector en menos de dos minutos, y no sería conveniente que interrumpieran nuestra intimidad —susurró Stefan, y una sutil chispa de picardía brilló en sus ojos rojos antes de volverse severo—. Tome esto.
Antes de soltarla, deslizó un objeto pequeño y pesado en la palma de la princesa. Era una ficha circular tallada en obsidiana pura, pulida y fría, que llevaba grabado en relieve el emblema de un lobo de las estepas con ojos de rubí diminutos.
—Hágasela llegar a su dama de compañía, Marie. Ella sabrá con qué comerciante del mercado bajo debe hablar para que sus cartas me lleguen de forma directa y sin pasar por los ojos del canciller —explicó el duque.
Vivianne apretó la ficha de obsidiana contra su pecho, asintiendo en silencio. Cuando levantó la vista para despedirse, la terraza estaba vacía. No se escuchó el ruido de una capa, ni el roce de unas botas contra la piedra; el Lobo del Norte se había esfumado como si nunca hubiera existido, dejando únicamente el aroma a sándalo y nieve fresca flotando en el ambiente.
Segundos después, el eco rítmico de las armaduras de la guardia imperial resonó al final del pasillo interior. Vivianne se colocó la máscara de plata con un movimiento lento, sintiendo que el cansancio que la agobiaba minutos antes había desaparecido por completo. Ya no estaba sola en esta línea temporal. Miró la ficha del lobo en su mano antes de ocultarla entre los pliegues de su vestido azul medianoche. La verdadera guerra por el imperio acababa de comenzar.
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Hola mis queridas lectoras.
Cómo me lo imaginó
Lo que me mandaron
felicidades por tus novelas.