Lucía era una joven campesina traicionada por su prometido y su propia hermana, que la envenenaron para robarle todo. Pero el destino le da una segunda oportunidad: ¡despierta 5 años en el pasado! Esta vez no será la chica ingenua de las gallinas. Se infiltra como limpiadora en la empresa del multimillonario CEO Alejandro Montenegro para cobrarse venganza... sin saber que su hija genio de 5 años, la pequeña Mía, que también viajó en el tiempo, ¡se cruzará con su papá biológico en los pasillos! Ahora Lucía debe ocultar su identidad, destruir a los traidores y evitar que el CEO frío descubra que la niña inteligente y adorable que le sigue por todas partes es su heredera. ¿Podrá el amor florecer entre la limpiadora que manda en secreto y el hombre que no sabe que ya es papá?
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CAPÍTULO 18: El falso embarazo
Elena se miraba al espejo. Se apretó una almohada pequeña contra la barriga, ajustó la tela del vestido para que se marcara bien, y sonrió. No era una sonrisa feliz. Era la sonrisa de quien ya ha ganado.
—¿Te queda bien? —preguntó Carlos, impaciente, desde la cama—. Ya van a venir los padres. No quiero que se den cuenta de nada.
—Que se den cuenta de qué —dijo ella sin apartarse del espejo—. Estoy embarazada. Vamos a casarnos. Todo es perfecto.
Carlos se levantó de un salto. Se le veía desesperado. Las deudas con Mendoza crecían cada día. Su propia familia le había dado la espalda. Elena era su única salida. Si el bebé era suyo, si se casaban, la familia de ella no podría abandonarlo. Le tendrían que dar dinero. Le tendrían que ayudar.
—Y estás segura de que nadie lo va a descubrir —dijo él, bajito, como si las paredes pudieran oír—. ¿Nadie va a preguntar por el médico? ¿Por qué no te has hecho ver todavía?
—Estoy embarazada de dos meses —dijo ella, con voz firme—. Aún es pronto. No necesito médico. Ya lo arreglaré. Cuando estemos casados, cuando tenga el dinero, me inventaré un aborto espontáneo. Nadie dirá nada. Nadie quiere la vergüenza. Tú solo mantén la boca cerrada.
Carlos asintió. Se pasó las manos por el pelo. Se veía más viejo que hace unos meses. Más cansado.
—Está bien —dijo—. Está bien. Nos casamos.
—Perfecto —dijo Elena, y se dio la vuelta para mirarlo—. Y esa hermana tuya… Lucía. No quiero que venga a la boda. No quiero que arruine nada.
—Ella no va a venir —dijo Carlos—. No se atreverá. Mi padre la desheredó. No tiene nada que hacer aquí.
Pero justo en ese momento, fuera de la ventana, detrás del seto de rosas, Lucía escuchaba todo.
Había ido a la casa de su padre por las llaves del viejo cobertizo. Necesitaba herramientas. No pensaba encontrarlos ahí, en la habitación que había sido suya, hablando como si fuera lo más normal del mundo. Se quedó helada. La mano se le cerró alrededor de las tijeras de podar que llevaba.
Elena no estaba embarazada. Era todo mentira.
Lucía se fue sin hacer ruido. Caminó hasta el coche, respirando hondo, intentando no correr. Tenía que pensar. Tenía que planear. No podía gritarles en ese momento. No podía arriesgarse a que se inventaran algo y la culparan a ella.
Llegó a la granja. Se sentó en la cocina con una taza de té que no se bebió.
La boda era dentro de tres días. En la iglesia del pueblo. Con toda la familia. Con todos los vecinos. Elena quería una boda grande. Quería que todos la vieran triunfar. Quería que todos creyeran que había conseguido al hombre que Lucía había perdido.
Lucía sonrió. Una sonrisa pequeña, fría, distinta a la de Elena.
—¿Mamá? —Sofía entró corriendo con un dibujo en la mano—. Mira lo que hice.
Lucía la alzó en brazos. Le dio un beso en la frente.
—Es hermoso, mi amor.
—¿Vamos a la boda? —preguntó la niña—. Elena dijo que no nos quería.
Lucía la miró a los ojos.
—No te preocupes por Elena. Nosotros vamos a ir. Y vamos a llevarle un regalo muy especial.
Esa tarde, Lucía habló con el padre del pueblo. No le dijo todo. Solo le pidió que esperara unos minutos antes de firmar los papeles. Luego habló con dos personas más. Personas que sabían lo que Elena había hecho antes. Personas a las que Elena había traicionado.
Para el día de la boda, Lucía tenía todo listo. Una grabación. Testigos. La verdad.
Carlos y Elena creían que iban a ganar. Creían que la mentira los mantendría a salvo. Pero Lucía sabía algo que ellos no: las mentiras son como las gallinas. Siempre vuelven a casa a dormir.
Y esta vez, iban a cacarear muy fuerte.
Sofía es mi hija de mi vida anterior. Cuando renací, ella ya estaba conmigo: una niña de cinco años que me dio la fuerza para empezar de nuevo. Su existencia es parte de mi pasado, de todo lo que perdí y de todo lo que decidí recuperar. No apareció de la nada; siempre estuvo ahí, siendo mi mayor motivación desde antes del primer capítulo.
En cuanto a la gallina Clara, es un elemento simbólico que dejé intencionalmente sin explicación detallada. Representa la protección de mis raíces, el espíritu de mi madre y el alma de la finca El Rosal. Es mi guardiana, y como tal, no necesita origen lógico: solo necesita ser sentida.
Has comprendido perfectamente el espíritu de la historia. Los animales son, en efecto, nuestros guardianes silenciosos. La gallina Clara es la más especial de todos: su aparición y su mensaje en sueños representan la protección invisible que rodea a Lucía. Es la voz de su madre, la esencia de la tierra y el corazón de El Rosal velando por ella.
Me llena de alegría que logres percibir estos detalles. Tu sensibilidad hace que esta historia cobre aún más vida. ✨