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BAJO LA CLAUSULA DE TU AMOR

BAJO LA CLAUSULA DE TU AMOR

Status: Terminada
Genre:Romance / Completas
Popularitas:5.3k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 19. UN DUELO DE MASCARAS EN LA ALTA DIRECCION

POV MARIO

El lunes a mediodía, la maquinaria legal ya estaba en marcha en absoluto secreto. Mi bufete de abogados había entregado las copias digitalizadas de los libros contables opacos de Alberto Méndez a la Fiscalía de Delitos Económicos y a la Unidad de Policía Judicial. Los agentes estaban cotejando los datos de las cuentas falsas de hace veinte años con los movimientos actuales de la naviera. Tenían suficientes indicios de blanqueo y extorsión, pero necesitaban veinticuatro horas más para emitir la orden de arresto internacional y el registro de sus despachos.

El problema es que el tiempo en el mundo real no se detiene.

A las tres de la tarde, mi secretaria me notificó que el vicepresidente financiero, Alberto Méndez, exigía una reunión privada e inmediata en la sala de juntas de la planta presidencial. No me lo pensé dos veces. Ajusté el nudo de mi corbata, metí las manos en los bolsillos de mi pantalón de traje y caminé por el pasillo flanqueado por cristales ahumados, respirando hondo para congelar mis facciones en una máscara de hielo.

Al entrar, la sala de juntas estaba en penumbra. Alberto Méndez estaba de pie junto al ventanal que dominaba las vistas del puerto corporativo. Era un hombre de sesenta años, de cabello canoso perfectamente engominado y una mirada de hiena que intentaba camuflar detrás de una sonrisa paternalista.

—Mario, muchacho, siéntate —dijo, señalando la imponente mesa de cristal con un gesto de la mano—. Me alegra ver que has podido solucionar la crisis del crucero de Miami. Aunque noto que andas un poco esquivo estos últimos dos días. Tus directores de operaciones dicen que apenas respondes a los correos.

—He estado ocupado con la organizacion de mis sobrinos, Alberto —respondí, sentándome en la cabecera de la mesa y manteniendo la voz completamente neutra, desprovista de cualquier emoción—. Adaptarse a una casa con dos niños de cinco y tres años requiere tiempo.

Méndez soltó una risa ronca, una risa que me revolvió las entrañas al recordar que ese hombre había provocado la muerte de los padres de Rocío y el "accidente" de mi hermano Víctor. Caminó despacio hacia mí y se sentó en la silla contigua, invadiendo mi espacio personal.

—La familia es lo primero, por supuesto —asintió Méndez, entornando los ojos—. Pero Víctor era un hombre muy descuidado, Mario. Se metía en almacenes y muelles que no le correspondían, buscando papeles viejos que no tenían ningún valor. Su pérdida fue una tragedia, pero la vida de la naviera debe continuar. De hecho, me he enterado de que la hermana de la viuda, esa empresaria de moda, Rocío, se ha mudado contigo a la casa familiar.

Sentí que un chispazo de adrenalina pura me recorría la columna, pero no pestañeé. Mantuve la mirada fija en sus ojos de reptil.

—Rocío y yo compartimos la custodia por orden del testamento —repliqué con frialdad—. Es un trámite burocrático para la inspectora de familia. Nada más.

—Ya... los trámites —Méndez se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa. Su tono bajó a un siseo cargado de una amenaza velada que me heló la sangre—. Solo espero que la señorita Vega sea más inteligente que su hermana Elena. Elena se pasaba las noches revisando los baúles del desván, buscando fantasmas del pasado de su padre. Las deudas de los muertos a veces se heredan, Mario. Y sería una verdadera lástima que esos preciosos niños, Lucas y Mía, sufrieran algún contratiempo en el autobús escolar o en un viaje por carretera porque sus nuevos tutores no saben cuándo dejar de escarbar en los archivos de la empresa. Hay secretos que es mejor dejar enterrados bajo el polvo, ¿no crees?

El pulso me dio un vuelco salvaje. Tuve que clavar mis propias uñas en la palma de mi mano oculta debajo de la mesa para contener el impulso de saltar sobre su cuello y destrozarle la cara allí mismo por amenazar a mis sobrinos. La furia me quemaba el pecho, pero la frialdad de CEO ganó la batalla. Si reaccionaba, él destruiría las pruebas o huiría antes de que la policía judicial bloqueara los aeropuertos.

—Sé perfectamente qué secretos deben quedarse en el polvo, Alberto —respondí, forzando una sonrisa helada y poniéndome de pie, dándole a entender que la reunión había terminado—. No te preocupes por Rocío ni por los niños. En esta casa sabemos cuidar lo que nos pertenece. Sigue gestionando las finanzas del trimestre. Nos vemos en la junta del miércoles.

Méndez me evaluó durante un segundo eterno, intentando descifrar si mi tranquilidad era real o una fachada. Finalmente, asintió con la cabeza y recogió su tablet.

—Buen chico, Mario. Siempre supe que eras el más inteligente de los Alva. Que tengas una buena tarde.

Salí de la sala de juntas con la espalda empapada en sudor frío. Caminé directo a mi despacho, cerré la puerta y marqué el número de la policía judicial.

—Soy Mario Alva. Méndez acaba de amenazar directamente la seguridad de los niños en mi propia oficina. Necesito que aceleren el proceso. El miércoles es la junta general; tiene que estar detenido antes de que cruce esa puerta.

POV ROCÍO

Pasé toda la tarde pegada a las ventanas de la casa unifamiliar, vigilando la calle cada vez que un coche desconocido pasaba despacio frente al jardín. El miedo por la llamada telefónica del lunes me tenía con los nervios destrozados, pero ver a Lucas jugar con sus coches de juguete en la alfombra y a Mía intentar imitarlo me obligaba a mantener una fachada de absoluta normalidad frente a ellos.

Cuando el coche de Mario se detuvo en la entrada a las seis de la tarde, sentí que un peso de mil toneladas se me quitaba de encima. Fui a abrir la puerta de inmediato.

Mario entró y, en cuanto la madera de la puerta se cerró a sus espaldas, me buscó. Sus ojos oscuros reflejaban la intensidad de la batalla que acababa de librar en la naviera. Se acercó a mí, me tomó de la cintura y me pegó a su pecho con una urgencia desesperada, escondiendo el rostro en mi cuello. Sentí la respiración entrecortada de su pecho contra el mío, el latido desbocado de un hombre que había estado conteniendo una tormenta de rabia durante horas.

—Ha amenazado a los niños, Rocío —me susurró al oído, su voz temblando sutilmente por la furia reprimida—. Méndez sabe que estamos juntos. Ha intentado intimidarme en la sala de juntas, usando el autobús escolar de Lucas como advertencia. He tenido que tragarme el orgullo y fingir que no sabía nada para no arruinar la operación de la policía.

Un escalofrío de pánico me recorrió el cuerpo, pero al sentir la firmeza de sus brazos rodeándome, el miedo no logró paralizarme. Mis manos subieron por su espalda, acariciando la tensión acumulada en sus hombros, buscando ser su ancla en mitad del caos. El deseo de reconfortarlo, de recordarle que ya no estaba solo cargando con el peso del imperio de su padre, se volvió una pulsión ardiente en mis venas. El amor que sentíamos se estaba consolidando a una velocidad vertiginosa bajo la presión del peligro.

—Lo has hecho bien, Mario —le dije con voz suave pero firme, separándome un poco para mirarlo a los ojos—. Has sido inteligente. La policía lo va a atrapar y esto se va a acabar. Estamos juntos en esto, ¿de acuerdo? No voy a dejar que te hundas en la culpa por las amenazas de ese monstruo.

Mario me miró y la rigidez de su mandíbula empezó a ceder ante la ternura de mis palabras. Sus manos subieron por mis costados, acariciando la tela de mi jersey con una lentitud que me hizo estremecer. Sus ojos oscuros se encendieron con esa mezcla de devoción, agradecimiento y deseo contenido que me ponía el corazón a mil por hora.

—No sé qué haría sin ti, Rocío —murmuró, acortando la distancia entre nuestros rostros.

Se inclinó y me besó. Fue un beso largo, profundo, teñido por la adrenalina del peligro y por una pasión acumulada que amenazaba con romper todas nuestras barreras. Sus labios se movieron contra los míos con una necesidad sorda, devorándome con una desesperación limpia que me hizo soltar un gemido bajito. Mis dedos se enredaron en su cabello húmedo, respondiendo al beso con la misma intensidad, sintiendo que el calor de su cuerpo borraba por completo la frialdad de las amenazas de Méndez. Su mano derecha se deslizó hacia mi nuca, profundizando el contacto, mientras su cuerpo me empujaba sutilmente contra la pared del pasillo.

Fue en ese instante cuando la memoria de mi cuerpo volvió a emitir una sutil señal de alerta.

Al sentir la presión de la pared en mi espalda y la intensidad física de su agarre, mis músculos experimentaron una pequeña contracción de rigidez por el recuerdo involuntario del trauma de Iván. Deseaba a Mario con cada fibra de mi ser, me moría por entregarme a él por completo en esa penumbra, pero mi mente aún tenía que aprender a soltar el control.

Mario, con la sensibilidad extrema que lo caracterizaba, notó el más mínimo cambio en la tensión de mis hombros. Rompió el beso de inmediato, dando un paso atrás con una lentitud exquisita, manteniendo sus manos apoyadas suavemente en mis brazos para no dejarme caer. No había frustración en sus ojos; solo una paciencia infinita, una ternura protectora que me hizo amarle todavía más.

—Paso a paso, mi princesa —susurró con una voz ronca, rozando mi frente con la suya mientras recuperaba el aliento—. No hay prisa. Estamos ganando terreno a los fantasmas. Hoy hemos mantenido a salvo a la familia fuera de casa, y aquí dentro... nos tomaremos todo el tiempo del mundo. Primero cerraremos el caso de Méndez, y luego reconstruiremos nuestro propio paraíso.

Le sonreí con los ojos empañados en lágrimas de pura gratitud, entrelazando mis dedos con los suyos. El peligro nos acechaba desde la junta directiva de la naviera, pero la paciencia inquebrantable de Mario estaba cavando la fosa de mis miedos, listos para resistir cualquier tormenta que el miércoles nos tuviera preparada.

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Cliente anónimo
Muy linda la historia de amor de Mario y Rocio y su resilencia, además de la protección a sus sobrinos
Carolina Molnár
Excelente historia...
Helizahira Cohen
Excelente novela 👍 muy buena, creo que no la han leído pero fue Excelente
Helizahira Cohen
Esta muy buena, interesante
Helizahira Cohen
se equivoco al irse y abandonar todo pero era una chica que no sabía nada y la hermana una adolescente que asumió el rol de mamá, no supieron manejarlo y se perdieron los mejores años de sus vidas
Helizahira Cohen
Empezó muy bien
EM
muy linda
Zulema Neme
Pobres Niños perder.a sus Padres y Enfrentar a su tía que no visito por tantos años a s Madre Enferma 🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏. Dios los Consuele Angelitos ❤️❤️❤️
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