En un mundo donde los recuerdos pueden venderse, Kael Arden trabaja comprando aquellos que otros están dispuestos a olvidar para siempre. Pero cada vez que revive un recuerdo, también siente el amor, la alegría, el miedo o el dolor de quien lo vivió.
Todo cambia cuando adquiere un recuerdo imposible: el asesinato de un hombre... diez días antes de que ocurra.
Mientras intenta impedir ese futuro, Kael conocerá a Lyra, una joven incapaz de olvidar un solo instante de su vida. Juntos descubrirán que algunos recuerdos no pertenecen al pasado, sino al futuro, y que hay quienes están dispuestos a cambiar el destino a cualquier precio.
Porque hay recuerdos que pueden salvar una vida... y otros que pueden condenar al mundo.
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Capítulo 11: El eco del disparo
«Hay instantes que duran un segundo… y decisiones que resuenan toda una vida.»
— Fragmento del Libro de los Mercaderes, Volumen XI»
El disparo quebró la noche.
No fue un sonido.
Fue una grieta.
El mundo entero pareció partirse en dos mientras el estruendo rebotaba contra los viejos edificios que rodeaban el Puente Blanco.
Kael apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Sintió unas manos empujándolo con fuerza.
El aire desapareció de sus pulmones cuando cayó sobre el adoquinado húmedo.
El impacto le arrancó un gemido.
Durante un instante no escuchó nada más.
Solo un zumbido agudo.
Como si el tiempo hubiera decidido contener la respiración.
—¡Kael!
La voz de Elena atravesó aquel silencio.
Él levantó la cabeza de golpe.
Buscó desesperadamente el origen del disparo.
La vio de pie, a apenas unos metros.
Seguía allí.
Seguía viva.
La bala había atravesado la barandilla de piedra donde ella había estado apoyada apenas un segundo antes.
Fragmentos de roca cayeron al río.
Kael sintió que el corazón volvía a latir.
—¡Mamá!
Corrió hacia ella sin pensar.
Elena lo sujetó por los hombros antes de que pudiera alcanzarla por completo.
Sus ojos ya no transmitían la calma de unos segundos atrás.
Ahora estaban llenos de una urgencia que Kael jamás había visto.
—Nos han encontrado.
Otro disparo.
Esta vez el proyectil impactó contra una farola.
Las chispas iluminaron el puente durante un instante.
Las personas que paseaban por la zona comenzaron a gritar.
Algunos corrieron sin saber qué ocurría.
Otros permanecieron inmóviles, paralizados por el miedo.
Elena tomó la mano de Kael.
—Ven conmigo.
—¿Quién dispara?
—No hay tiempo.
—¡Necesito respuestas!
Ella lo miró con una mezcla de tristeza y determinación.
—Y las tendrás.
Si sobrevivimos a esta noche.
Un tercer disparo silbó sobre sus cabezas.
Elena tiró de él hacia un estrecho callejón que descendía junto al río.
Kael nunca había reparado en aquella pequeña escalera de piedra.
Parecía abandonada desde hacía décadas.
Bajaron a toda velocidad.
El sonido de las botas resonó detrás de ellos.
Alguien los perseguía.
Kael volvió la vista.
Dos figuras vestidas con largos abrigos oscuros acababan de entrar en el callejón.
No llevaban insignias.
No gritaban.
No parecían policías.
Avanzaban con una precisión inquietante.
Como si supieran exactamente hacia dónde iban.
—¿Quiénes son? —preguntó Kael entre jadeos.
Elena no respondió.
Llegaron al final de la escalera.
Frente a ellos apareció una vieja puerta de hierro cubierta de musgo.
Ella sacó una pequeña llave de plata que llevaba colgada del cuello.
La introdujo en la cerradura.
La puerta se abrió con un chirrido profundo.
—Entra.
Kael obedeció.
Nada más cruzar el umbral comprendió que aquel lugar era mucho más antiguo que la propia ciudad.
Un largo túnel de piedra se perdía en la oscuridad.
Las paredes estaban cubiertas por símbolos grabados.
Muchos de ellos le resultaban familiares.
Los había visto antes.
En el Nivel Cuatro del Archivo.
Un escalofrío recorrió su espalda.
—¿Qué es este sitio...?
Elena cerró la puerta tras ellos.
Los disparos quedaron amortiguados por la roca.
Durante unos segundos solo se escuchó el sonido de sus respiraciones.
—Este lugar existía mucho antes del Archivo —susurró ella.
Kael pasó la mano por una de las paredes.
Las marcas parecían formar espirales alrededor de pequeños círculos.
Recordaban a las ondas que deja una piedra al caer en el agua.
—¿Quién construyó esto?
Elena guardó silencio.
Después sonrió con una tristeza infinita.
—Las personas que descubrieron que los recuerdos podían cambiar el mundo.
Y también destruirlo.
Kael sintió que todas las preguntas que llevaba años acumulando comenzaban a unirse.
Pero cada respuesta parecía abrir otras diez.
Entonces escucharon un golpe seco.
La puerta de hierro acababa de recibir un impacto desde el otro lado.
Los perseguidores ya habían llegado.
Elena respiró hondo.
—Nos queda muy poco tiempo.
Por primera vez desde que se habían reencontrado, tomó el rostro de Kael entre sus manos.
Lo observó como una madre intenta memorizar el rostro de un hijo antes de despedirse.
—Necesito que me escuches.
Sin interrumpirme.
Sin hacer preguntas.
Porque quizá no vuelva a tener otra oportunidad.
Kael asintió.
Aunque el miedo le oprimía el pecho, había esperado aquel momento toda su vida.
Y estaba dispuesto a escuchar cualquier verdad.