Él dijo que era la peor novela que había leído.
El universo decidió convertirlo en protagonista.
Johan Libert tenía una misión sencilla: entrar en una novela, demostrar que la historia era absurda y salir victorioso.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de criticar públicamente una historia por ser “incoherente”, Johan despierta en un mundo donde existen alfas, betas y omegas.
Y descubre algo todavía peor.
Él es un omega.
Para regresar a su mundo deberá cumplir una condición completamente ridícula: conquistar al hombre que el sistema ha elegido como su pareja destinada.
Un alfa frío. Poderoso. Terriblemente atractivo.
Y, para desgracia de Johan…
completamente obsesionado con él.
—¡Esto no tiene sentido! —grita Johan.
El sistema responde:
[Corrección detectada.]
[El protagonista acaba de enamorarse.]
—¡YO NO ME ESTOY ENAMORANDO!
[Negación registrada.]
[Nivel de enamoramiento: 87 %.]
Ahora Johan tendrá que sobrevivir a un romance que jamás pidió.
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Lo que es mío, nadie lo toca
Caminaron de regreso a la mansión sin decir una palabra. Adrián iba delante, paso firme, sin mirar atrás, como si no le importara si Johan lo seguía o no. Cuando entraron a la habitación, él cerró la puerta de un golpe seco y se giró hacia él, con los brazos cruzados, observándolo de arriba abajo con esa mirada fría y evaluadora que lo hacía sentir pequeño.
—Levántate la manga —ordenó, sin preámbulos.
Johan obedeció despacio. En su brazo, donde Valeria lo había sujetado, se veían cinco marcas rojas, profundas, que ya empezaban a oscurecerse. Adrián se acercó, tomó su muñeca con brusquedad y lo examinó, sin suavidad, sin compasión, solo verificando el daño como quien revisa un objeto dañado.
—Se atrevió a marcar lo que es mío —murmuró, más para sí mismo que para él, apretando la mandíbula con fuerza—. Se atrevió a ponerle las manos encima.
—No es nada —dijo Johan, intentando zafarse—. Se va a curar.
—No dije que fuera nada —lo cortó él, soltándole el brazo de golpe—. Y no importa si se cura o no. El hecho de que te haya tocado sin mi permiso… eso no se perdona. No se le toca a lo que es mío. Ni siquiera mi madre.
Se apartó de él, caminando de un lado a otro por la habitación, con las manos apretadas en puños, visiblemente molesto, pero no por el dolor de Johan, sino por la afrenta a su propiedad.
—Te lo dejo claro una vez más —dijo, deteniéndose frente a él, con voz tajante—. No te doy protección porque me importes. Te la doy porque eres mi posesión. Si te llevan, pierdo yo. Si te lastiman, dañan lo que es mío. Eso es todo. No busques sentimientos donde no los hay. No busques palabras que no voy a decir.
—No las busco —respondió Johan, bajando la mirada—. Solo… gracias por no dejarme ir con él.
—No tienes que agradecérmelo —replicó él, con sequedad—. No te lo negué por ti. Te lo negué porque yo no decido regalar lo que es mío. Si yo te entrego, es porque yo quiero. No porque nadie me obligue. Y mucho menos porque mi madre crea que puede disponer de lo que es mío.
Se acercó de nuevo, lo tomó por la nuca con firmeza, obligándolo a levantar la cabeza. No había cariño en ese contacto. Era pura reivindicación de su lugar, de su autoridad.
—Eres mío. Aquí. En la mansión. En cualquier lugar. Y mientras lleves mi marca, nadie te toca, nadie te reclama, nadie te vende. Ni siquiera tu familia. Ni siquiera la mía. ¿Quedó claro?
—Claro —respondió Johan, sintiendo cómo el vínculo en su pecho latía, fuerte y constante, confirmando que era verdad. No era amor. Pero era pertenencia. Y en ese mundo, eso era el único refugio que tenía.
Adrián lo soltó, se giró y se dirigió al armario. Sacó una camisa limpia y se la lanzó, sin miramientos.
—Cámbiate. Y no salgas de la habitación hasta que yo te lo diga. Si mi madre vuelve a aparecer, no le abras. Llámame a mí. De inmediato. No esperes. No razones. Grita mi nombre. ¿Entendido?
—Entendido —repitió Johan, tomando la camisa.
Adrián se detuvo junto a la puerta, con la mano en el pomo, sin girarse del todo.
—No te confundas —dijo, con voz baja y plana—. Esto no cambia nada. Sigues siendo mi omega, mi posesión, y yo soy tu dueño. No te prometo cariño. No te prometo ternura. Solo te prometo esto: mientras seas mío, nadie te quitará de mi lado sin mi permiso. Eso es todo. No pidas más. No lo obtendrás.
Salió. La puerta se cerró. Johan se quedó solo, con la camisa en las manos, y el vínculo latiendo en su pecho. No le había dicho te quiero. No le había dicho te necesito. No había palabras dulces, ni promesas de amor. Pero lo había defendido. Lo había reclamado. Y en ese momento, eso era suficiente para que su corazón no se rompiera del todo.
[⚠️ VÍNCULO: 100% — ESTABLE.]
[No hay cambio de sentimientos en Adrián. Sigue actuando por posesión y orgullo, no por afecto. Pero su decisión es firme: no te entrega. Eres suyo, y nadie decide por él. Eso, por ahora, es tu salvación.]
Johan se cambió despacio. Se miró en el espejo: la marca en su cuello brillaba, oscura y permanente.
—Soy tuyo —susurró a su reflejo—. Y tú eres mi dueño. Pero algún día… tendrás que verme como algo más que una cosa.
Se sentó junto a la ventana, esperando. No sabía qué vendría después. Sabía que Valeria no se rendiría tan fácil. Sabía que la pelea apenas empezaba. Pero ahora sabía algo más: mientras Adrián lo reclamara como suyo, nadie se lo llevaría. Y eso era todo lo que tenía.