Victoria Laurent creyó tenerlo todo: un amor de años, una boda soñada y un futuro seguro… hasta que el día de su boda, su prometido la abandonó frente a todos para huir con su propia prima. Humillada y destrozada, descubre que detrás de esa traición hay una conspiración para destruir a su familia y quedarse con su herencia. Desaparece entonces del ojo público, cambia su nombre y apariencia, oculta su verdadera identidad y regresa transformada: fría, calculadora y decidida a arruinar la vida de quienes la destruyero
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Capítulo 25: Lazos de Sangre
La búsqueda de la verdad sobre Valeria Blackwood se convirtió en su obsesión silenciosa. Damián revisó cada caja olvidada de la casa familiar, recorrió archivos municipales, habló con personas que conocían a su padre décadas atrás. Y cuanto más profundizaba, más extraño resultaba todo: nacimiento registrado, estudios en el extranjero… y luego, de golpe, nada. Ni certificado de defunción, ni tumba, ni obituario. Como si se hubiera evaporado del mundo de los vivos sin dejar rastro legal alguno.
—No existe —le dijo una tarde, con voz desgastada por la frustración—. Oficialmente, mi tía dejó de existir el día que cumplió veinticinco años. Papeles borrados, cuentas cerradas, fotos arrancadas de álbumes. La hicieron desaparecer como si jamás hubiera nacido.
Victoria sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿La mataron? ¿Igual que a los nuestros?
—No lo sé —respondió él, mirándola con una expresión que mezclaba esperanza y temor—. Pero encontré algo. Una dirección escrita de su puño y letra en el respaldo de una libreta. Un pueblo apartado en las montañas. Dice: «Si I. corre peligro, allí estará a salvo.»
—¿I.? —repitió Victoria—. ¿Isabel?
Ambos se miraron con el mismo pensamiento. La secretaria que había servido a ambas familias toda su vida, que conocía cada secreto y calló durante décadas. ¿Sabía más de lo que contó? ¿Protegía a alguien más que a ella?
Esa misma noche hablaron con Isabel. Al ver la dirección sobre la mesa, la mujer palideció hasta los labios y sus manos empezaron a temblar incontrolablemente.
—Le prometí silencio —susurró con lágrimas en los ojos—. Le juré que nadie sabría. Pero veo que el tiempo de las promesas se acabó.
Se sentó, respiró hondo y comenzó a hablar:
—Valeria no murió. Huyó. Cuando descubrió lo que su esposo y su hermano planeaban hacer con el proyecto «Orquídea»… quiso denunciarlos. Ellos la amenazaron con matar a su hija si abría la boca.
Victoria dio un salto en la silla.
—¿Tenía una hija?
Isabel asintió con dolor profundo.
—Una niña pequeña. La escondió en ese pueblo con unos parientes lejanos antes de desaparecer ella misma. Nunca supe dónde fue. Pero la niña… la niña creció sana y salva. Y lleva el nombre de su madre.
El mundo se detuvo. Damián se llevó una mano a la boca, pálido como la cera.
—Valeria… —susurró—. Se llama Valeria.
Victoria sintió que el aire se le escapaba del pecho. El nombre que eligió al huir no fue azar. No fue inspiración repentina. Llevaba el nombre de una mujer que la protegió incluso desde antes de nacer. Una mujer que quizás era… su propia abuela.
—¿Quién era su esposo? —preguntó con voz apenas audible, temiendo la respuesta.
Isabel la miró a los ojos y soltó la verdad que lo cambiaría todo:
—Rodrigo de la Cruz.
Un grito ahogado escapó de los labios de Victoria. Se llevó una mano al vientre como si le hubieran dado un golpe físico. Rodrigo era el esposo de Valeria. El padre de esa niña. Su propio abuelo. La sangre del hombre que destruyó su familia corría por sus venas también. Lo odió con toda su alma… y era su sangre. Su carne. Su maldición heredada.
Damián la sostuvo antes de que cayera, con lágrimas en los ojos y el rostro deshecho por el horror.
—No… Victoria, no…
—Es verdad —susurró ella, mirándolo con ojos vacíos.— Por eso mi padre desconfiaba de todo. Por eso sabía que la traición venía de dentro. No era solo un amigo desleal. Era familia. Mi propia sangre.
El pasado no era algo lejano y muerto. Estaba en ella misma, latiendo, respirando, esperando el momento de despertar. Y mientras sostenía la mano de Damián, supo que la distancia entre ellos no era de secretos ni de silencios. Era de abismo a abismo. Porque ahora compartían algo mucho más fuerte que el amor: compartían una maldición común.
En que quedamos