Ámbar Di Marco, una joven curvilínea de belleza clásica, siempre amó en silencio a Alexander Sterling, el magnate naviero que años atrás la humillaba por su timidez y su cuerpo. Tras la muerte de su abuelo, un testamento obliga a ambas familias a unirse mediante un matrimonio de conveniencia y a concebir un heredero en el plazo de un año.
Convencido de que Ámbar lo manipuló para atraparlo, Alexander la recibe con desprecio. Pero la convivencia y la intensa atracción entre ellos comienzan a derribar sus prejuicios. Mientras el orgullo y los secretos amenazan con separarlos, Alexander descubrirá que la mujer que juró rechazar es, en realidad, la única capaz de cambiar su corazón.
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Capítulo 11: La Caída de las Máscaras
El silencio que se apoderó de la gran biblioteca tras la petición de Ámbar no fue un vacío ordinario; fue una densidad casi física, un aire espeso y helado que pareció congelar el tiempo entre las altas paredes de roble. Alexander permaneció arrodillado sobre la alfombra turca durante varios segundos, con las cartas en la mano y la mirada fija en la firma de su abuelo. El papel era fino, amarillento por los meses en la penumbra, pero las letras caligrafiadas con tinta negra pesaban como plomos sobre sus dedos.
Lentamente, como si temiera que el mero contacto desatara una verdad aún más devastadora, el magnate comenzó a leer.
Sus ojos grises, agudos y fríos como el acero de los astilleros que dirigía, recorrieron la primera línea. Luego la segunda. A medida que avanzaba, el rubor de la ira contenida que solía teñir sus pómulos comenzó a extinguirse, reemplazado por una palidez cadavérica que se extendió desde su mandíbula hasta sus labios. Cada párrafo, cada frase redactada con la sabiduría desgastada de dos ancianos al borde de la muerte, se transformó en un azote directo a su aplastante orgullo.
"Querido amigo," escribía don Mateo Di Marco en una de las folios fechados dos años atrás, "mi salud se deteriora a pasos agigantados y los libros de contabilidad que me has mostrado confirman mi peor pesadilla. Roberto ha estado desviando fondos a cuentas de la fachada creada por el padre de Cynthia Vance. Mi propio hermano de sangre está desmantelando el patrimonio familiar para pagar deudas de juego y favoritismos políticos. Pero lo que destruye mis últimos días no es la ruina financiera, sino el destino de mi nieta Ámbar. Ella no sabe nada. Es una criatura pura, llena de una nobleza que este mundo rancio no merece. Vive ajena a la codicia de su tío, guardando en silencio un cariño infantil y dulce por tu nieto Alexander, un sentimiento que cuida como su tesoro más preciado..."
Alexander apretó los dientes, sintiendo que un nudo de hierro le oprimía la garganta. Pasó a la siguiente carta, esta vez con la letra inconfundible de su propio abuelo, Arthur Sterling.
"Mateo, no permitiré que esa arpía de Cynthia Vance ni su padre le pongan la mano encima a la empresa ni a mi nieto," dictaba la respuesta de Sterling. "Alexander es arrogante, terco y ha dejado que el cinismo del mundo del comercio le ponga una venda en los ojos. Cree que todas las mujeres buscan su fortuna porque solo se rodea de la superficialidad de las modelos de pasarela. Si dejamos que se case con la chica Vance, los astilleros serán devorados en cinco años. Por eso he diseñado esta última voluntad. Si obligo a Alexander a casarse con Ámbar para mantener el control accionario, no solo salvaremos a los Di Marco de la quiebra pública que Roberto ha provocado, sino que pondré a la única mujer con alma e integridad al lado de mi nieto. Alexander sufrirá un golpe a su vanidad, lo sé, pero cuando la venda caiga de sus ojos y descubra la mujer extraordinaria que tiene enfrente, estoy seguro de que me perdonará este piadoso chantaje desde el cielo."
El papel tembló en la mano de Alexander. La verdad caía sobre él con la violencia de una avalancha. Las cartas no solo demostraban con una claridad meridiana la inocencia absoluta de Ámbar respecto a la redacción del testamento; revelaban además una trama mucho más oscura y macabra. Los manejos financieros del tío Roberto no habían sido simples errores de cálculo, sino que habían sido alentados, financiados y chantajeados en secreto por el padre de Cynthia. La familia Vance había utilizado la debilidad y la codicia de Roberto para acorralar a los Di Marco, forzar la quiebra de la firma y obligar a Alexander a buscar una fusión mediante el matrimonio con Cynthia.
Todo había sido una trampa. Una trampa en la que él, el célebre estratega de los negocios, el hombre que se jactaba de no ser engañado por nadie, había caído como un ciego conducido por su propia soberbia.
Había juzgado a Ámbar desde el primer milisegundo en que la vio entrar a la catedral vestida de novia. La había calificado de calculadora, de marioneta de su madre, de una intrusa de curvas exuberantes que usaba su feminidad para atraparlo en una jaula de oro. Le había reprochado cada mirada, le había cobrado cada centavo de la herencia y la había sometido a una frialdad desalmada, usándola como un mero instrumento biológico para cumplir con la cláusula del heredero. Y durante todo ese tiempo, Ámbar había sido la única víctima limpia, la única persona que había guardado silencio para proteger la memoria de su abuelo y la honra de un apellido que ya estaba podrido por dentro.
El aire en la biblioteca se volvió de pronto irrespirable. El aroma a papel viejo y madera pulida parecía ahogarlo.
—Ámbar... —comenzó Alexander. Por primera vez en su vida, su voz barítona, firme y acostumbrada a dar órdenes que movían millones, sonó completamente rota, despojada de toda autoridad, frágil como el cristal a punto de quebrarse—. Yo... no tenía idea. Te juro por la memoria de mi abuelo que no tenía la menor idea de esto...
Ámbar lo contempló desde su altura. Se puso de pie con una lentitud calculada, manteniendo los brazos pegados al cuerpo mientras ajustaba la seda de su vestido azul pastel sobre sus caderas. Aunque la tela temblaba ligeramente por el impacto emocional que sacudía su interior, su postura permanecía erguida, alta y majestuosa. En su rostro no había el estallido de ira que él habría esperado; solo había un cansancio profundo, un dolor antiguo que finalmente encontraba su cause en la verdad.
—Claro que no la tenías, Alexander —interrumpió ella con una serenidad que resultó mil veces más devastadora que un grito—. Porque para ti siempre fue infinitamente más fácil culpar a la 'mocosa' de curvas grandes que enfrentarte a la posibilidad de que la mujer de alta alcurnia que habías elegido te estuviera engañando. Te resultaba más cómodo pensar que yo era una arpía hambrienta de tu dinero antes que tomarte el trabajo de mirarme a los ojos y conocer quién era yo realmente. Me juzgaste, me condenaste y me ejecutaste desde el primer segundo en que pisé el altar de esa iglesia.
Alexander se puso de pie bruscamente, dejando caer las cartas sobre la mesa auxiliar. Dio un paso desesperado hacia ella, extendiendo la mano en un gesto instintivo por tocar la suavidad de su brazo, por aferrarse a la única certeza que le quedaba en medio del naufragio de su orgullo.
—Ámbar, por favor... escúchame —suplicó él, con los ojos grises empañados por una mezcla de rabia contra sí mismo y una angustia desconocida.
Pero Ámbar dio un paso atrás con impecable firmeza, negando suavemente con la cabeza y alzando una mano para marcar una distancia insalvable entre los dos.
—No me toques —dijo, y la fijeza de su voz detuvo al magnate en el acto—. Fui inocente desde el principio, Alexander. Soporté tu desprecio en esta casa, aguanté tus indirectas sobre mi cuerpo, acepté la humillación de tus cláusulas y me entregué a ti anoche en tu despacho, perdiendo la poca dignidad que me quedaba, solo para cumplir con el honor de la memoria de mi abuelo. Creí que si era lo suficientemente fuerte, si aguantaba el peso de tu odio, tal vez algún día verías que yo no era tu enemiga. Pero me equivoqué. El testamento de nuestros abuelos exigía un matrimonio y un heredero, pero ese contrato no exigía que me dejara destruir el corazón por un hombre que solo sabe amar a su propio ego.
Alexander sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Intentó articular una disculpa, una promesa, cualquier palabra que pudiera frenar la distancia helada que la joven estaba construyendo entre ellos, pero la boca se le quedó seca.
Sin esperar una sola respuesta, sin dedicarle una mirada más a las cartas que yacían sobre la mesa, Ámbar dio media vuelta. Su falda de seda azul rozó el marco de la puerta de roble mientras abandonaba la biblioteca con la cabeza en alto, dejando al poderoso Alexander Sterling a solas en la penumbra, aplastado por el peso inconmensurable de su propio y tardío arrepentimiento.
💯 recomendada 😉👌🏼
se derretirá por el pay , pero que le cueste /Slight//Doubt/