Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.
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CAPÍTULO 12: Jardines bajo la Luna Llena
El aire de la madrugada traía consigo una calma casi mística. Tras las horas de entrega febril sobre el lecho de raso negro, el Palacio de las Sombras descansaba en una quietud absoluta, arropado por la penumbra de la montaña.
Elena se mantenía reclinada sobre el pecho firme de Alistair, escuchando el latido lento y constante que resonaba en la caja torácica del rey. Su piel, aún sensible y sonrosada por las marcas de besos y la mordida leve en su garganta, absorbía el calor que ahora emanaba del cuerpo del vampiro.
Alistair comenzó a trazar círculos suaves en la curva de su espalda desnuda con la yema de sus dedos, contemplando el rostro entornado de la mujer con una devoción sin fisuras.
—El amanecer aún está lejos, mi reina —susurró él, la voz grave y rasposa reverberando en la piel de Elena—. Pero la noche ha despejado el cielo. Hay una parte de mi reino que aguarda por ti, un lugar que solo cobra vida bajo la luz de la luna llena.
Elena sonrió despacio, abriendo sus ojos avellana saturados de una serenidad dichosa. Se incorporó levemente, dejando que la sábana de raso deslizara por su cintura exuberante.
—Pensé que este castillo no podía albergar más sorpresas, milord —murmuró, inclinándose para rozar sus labios con los de él en un beso dulce y tibio.
—Para ti, la noche no ha hecho más que comenzar —respondió Alistair.
El monarca se puso de pie con una gracia fluida. Ayudó a Elena a vestirse, pero no con la rigidez del atuendo de gala. Seleccionó de un amplio vestidor de caoba una bata de seda pesada de color verde esmeralda que se amoldaba a la perfección a la riqueza de sus curvas, ceñida a la cintura por un cordón de hilos de oro. Alistair, por su parte, vistió un pantalón oscuro y una camisa de lino blanco holgada en los puños, dejando el cuello abierto con una elegancia desinvolucrada.
Tomados de la mano, abandonaron la alcoba real para adentrarse en los niveles inferiores de la fortaleza.
El laberinto de rosas negras
Atravesaron una puerta monumental de hierro forjado que daba acceso a la terraza trasera del palacio. Al cruzar el umbral, el mundo de piedra dio paso a una visión de proporciones fantásticas.
Ante ellos se desplegaban los Jardines Imperiales de la Noche, una obra maestra de la botánica milenaria dispuesta en terrazas descendentes sobre la ladera de la montaña. La luna llena, enorme y plateada en mitad de un cielo despejado de estrellas, baña todo el paisaje con una luz cenicienta y mágica.
En el corazón de la primera terraza se alzaba un laberinto colosal esculpido en setos altos y densos de rosas negras.
Elena ahogó un suspiro de admiración al acercarse. Las rosas no eran simplemente oscuras; sus pétalos poseían la textura del terciopelo más fino y una tonalidad ébano tan profunda que parecía absorber la luz plateada de la luna. El aroma que desprendía el laberinto no era el perfume común de un jardín; era una fragancia embriagadora, espesa, con notas de miel silvestre, tierra húmeda y un matiz especiado que encendía los sentidos de inmediato.
—Es deslumbrante, Alistair... —dijo Elena, extendiendo la mano para acariciar los pétalos suaves de una flor que doblaba el tamaño de una rosa común—. Jamás he visto una especie como esta en ningún catálogo botánico.
—No existen en el mundo mortal —explicó Alistair, entrelazando sus dedos helados con los de ella mientras se adentraban por el pasillo principal del laberinto de setos—. Estas rosas fueron traídas de los valles antiguos del este hace más de seiscientos años. Solo florecen bajo la luz de la luna llena y se nutren de la energía de esta montaña. Son duraderas, rebeldes a la marcha del tiempo... como mi amor por ti.
Caminaron despacio por los pasillos alineados de vegetación oscura. El silencio del jardín solo era interrumpido por el murmullo lejano de fuentes de agua y el roce suave de la bata de seda verde de Elena sobre las baldosas de mármol blanco que formaban el sendero.
Alistair la guió a través de las vueltas del laberinto con la familiaridad de quien conoce cada rincón de su propio hogar. En cada tramo, el rey se detenía para mostrarle los secretos de su mundo: orquídeas nocturnas que se abrían al paso de Elena soltando un polvillo centelleante, estatuas de mármol de musas antiguas que parecían sonreír bajo la sombra de la noche, y balconadas de piedra suspendidas sobre el abismo desde donde se divisaba todo el valle iluminado por la luna.
Elena caminaba fascinada, sintiendo la presencia imponente de Alistair a su lado como un manto protector. La revelación de su naturaleza vampírica ya no producía distancia ni temor; al contrario, la comprensión de su eternidad hacía que cada caricia, cada mirada y cada palabra del rey adquirieran un valor sagrado.
La fuente de mármol y el fuego que no cesa
En el centro exacto del laberinto de rosas negras, los setos se abrían para dar paso a una plaza circular de mármol blanco impecable.
En el medio de la plaza se alzaba una fuente monumental esculpida en una sola pieza de mármol de Carrara. La fuente representaba a una ninfa de la noche reclinada sobre una concha marina, de la cual brotaba un chorro constante de agua cristalina que caía sobre un estanque circular, reflejando el disco perfecto de la luna llena en su superficie tranquila.
El agua de la fuente despedía un vapor tenue y cálido, indicando que provenía de los manantiales termales subterráneos del castillo.
Alistair la condujo hacia el borde de la fuente.
—Este es el corazón de mi jardín, Elena —susurró él, posicionándose frente a ella bajo la luz plateada.
Elena se apoyó de espaldas contra la piedra fría del borde de mármol de la fuente. La frescura del mármol en su espalda contrastaba intensamente con la calidez del agua que salpicaba suavemente detrás de ella y con la presencia abrasadora del hombre que acababa de acorralarla entre sus brazos.
Alistair apoyó ambas manos sobre el borde de mármol, una a cada lado de las caderas de Elena, encerrándola en su perímetro personal. Sus ojos ámbar, encendidos por la luz de la luna, escudriñaron el rostro sonrosado de la joven.
—Pensé que las horas en mi lecho habrían saciado mi hambre de ti —confesó el rey, su voz bajando a un tono peligroso, sensual y rasposo—. Pero verte aquí, envuelta en la seda verde bajo esta luna, rodeada de mis rosas... me demuestra que nunca será suficiente. Eres una adicción de la que jamás quiero curarme.
Elena dejó escapar una risa suave, un sonido melodioso que hizo que la mirada de Alistair se fijara en sus labios.
—Tampoco parece que yo tenga intención de buscar una cura, milord —respondió ella, pasando sus brazos sobre los hombros anchos del vampiro y acercando su cuerpo hacia el de él.
Alistair no se hizo rogar.
Inclinó la cabeza y atrapó la boca de Elena en un beso candente, desesperado y lleno de una pasión que pareció encenderse con más fuerza en la libertad de la noche. Sus labios se unieron en un movimiento hambriento; la lengua de Alistair penetró la boca de la joven con una dominación elegante pero feroz, saboreando la dulzura de su aliento mientras Elena ahogaba un gemido de placer contra sus dientes.
La bata de seda verde se desató con un tirón suave de las manos de Alistair. La tela se abrió a los lados, dejando al descubierto la piel pálida y sonrosada de las curvas de Elena bajo la luz cenicienta de la luna llena.
El contraste visual era una provocación absoluta: las curvas exuberantes de Elena recortadas contra el mármol blanco de la fuente, rodeadas por el follaje oscuro de las rosas negras y la figura imponente del rey vampiro que devoraba su cuerpo con los ojos.
Éxtasis bajo la luz cenicienta
Alistair deslizó sus manos por los muslos maduros de Elena, elevándolos ligeramente para sentarla sobre el borde anatómicamente ancho de la fuente de mármol.
La piedra fría del borde bajo sus glúteos y el vapor tibio del agua a sus espaldas hicieron que Elena diera un brinco de pura sobreexcitación. Alistair se acomodó inmediatamente entre sus piernas abiertas, pegando la dureza de sus caderas contra el centro mismo del deseo de la joven.
—Alistair... aquí afuera... alguien podría ver —alcanzó a murmurar ella, aunque sus manos apretaban con fuerza la tela de la camisa de lino del rey, atrayéndolo aún más hacia su cuerpo.
—Nadie entra a estos jardines sin mi consentimiento, mi reina —susurró Alistair contra su cuello, comenzando a sembrar besos abrasadores por toda la línea de su garganta—. La noche es nuestra. La luna es nuestro único testigo.
El rey bajó la cabeza hacia el escote expuesto de Elena. Su boca rodeó uno de sus pechos erguidos, succionando con una firmeza que hizo que Elena arqueara la espalda sobre la fuente, salpicando el agua cristalina con el movimiento agitado de sus talones contra el mármol.
Las caricias de Alistair en el exterior eran aún más intensas que en la alcoba. El viento helado de la madrugada que rozaba la piel desnuda de Elena potenció cada descarga eléctrica que los dedos del rey provocaban en su carne. Sus manos grandes moldearon la abundancia de sus caderas, clavando los dedos con una posesividad que dejaba en claro que cada milímetro de su anatomía le pertenecía.
Alistair se unió a ella una vez más, directamente allí, sobre el mármol de la fuente y bajo el manto estelar.
El encuentro fue una colisión de erotismo salvaje y romanticismo regio. El ritmo de sus cuerpos en movimiento hacía eco en la quietud de la plaza circular; las embestidas profundas de Alistair sobre la suavidad de las formas de Elena la llevaron rápidamente al límite de la cordura.
Elena echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello largo y la marca suave de la mordida reciente a la luz de la luna llena.
—¡Alistair! —gritó su nombre en un susurro febril, sintiendo cómo una marea insostenible de placer puro estallaba en la base de su vientre, recorriéndole la espina dorsal como fuego líquido.
Alistair recibió el clímax de la mujer con un gruñido victorioso. La apretó con fuerza contra su pecho, hundiendo sus labios en la garganta de Elena para succionar suavemente la piel sonrosada mientras él mismo alcanzaba la cima de la pasión, sellando la entrega en mitad del laberinto de rosas negras.
El abrazo de la eternidad
Minutos después, el aliento de ambos se calmaba en la quietud del jardín.
Elena permanecía sentada en el borde de la fuente, con la bata de seda verde acomodada sobre su regazo. Su cabeza reposaba en el hombro de Alistair, quien la abrazaba por la cintura con ambos brazos, envolviéndola contra su cuerpo para protegerla del viento de la montaña.
El estanque reflejaba sus figuras unidas sobre el agua cristalina, bajo la mirada eterna de la luna llena.
—Jamás he sido tan feliz, Alistair —confesó Elena en un murmullo sincero, acariciando la mano del vampiro que descansaba sobre su vientre.
Alistair besó la coronilla de su cabeza con una ternura infinita.
—Esto es apenas el amanecer de nuestra vida juntos, mi dulce Elena —respondió el monarca, mirando el horizonte donde la sombra del Palacio de las Sombras se alzaba hacia el cielo nocturno—. No importa qué secretos del pasado debamos enfrentar mañana... esta noche has coronado mi reino con tu amor, y nada en este mundo volverá a separarnos.