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La Luz En La Tormenta Del Príncipe

La Luz En La Tormenta Del Príncipe

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: El Torbellino llega a Blackwood

El traqueteo del carromato de madera parecía llevar el ritmo de una canción alegre en la mente de Caitlyn. Tenía apenas diez años, pero su cuerpo menudo albergaba la energía de un pequeño huracán. Sentada en el borde del asiento de mimbre, con las piernas colgando y balanceándose de adelante hacia atrás, no dejaba de mirar por la abertura de la lona. El camino hacia la provincia profunda estaba flanqueado por árboles centenarios cuyas copas se entrelazaban en lo alto, creando un túnel de hojas verdes y rayos de sol filtrados que pintaban destellos dorados sobre su piel tostada.

A su lado, su abuela, la señora Margaret, viajaba con la espalda recta y las manos enguantadas descansando sobre su regazo. Margaret vestía un traje gris riguroso, pulcro y almidonado, el uniforme impecable de quien había servido a la alta alcurnia durante décadas con una dignidad inquebrantable. Caitlyn, en cambio, era todo lo contrario. Llevaba un vestido de percal azul que alguna vez había pertenecido a una prima lejana, ahora visiblemente desgastado por el uso y las innumerables lavadas. En la rodilla izquierda, la tela se había rasgado hacía dos semanas tras una caída trepando un manzano; ahora, un remiendo tosco con hilo de un azul ligeramente diferente delataba su naturaleza inquieta. Las mangas le quedaban un poco cortas, dejando al descubierto sus muñecas delgadas y sus brazos salpicados de diminutas pecas que relucían bajo el sol de la tarde.

—Caitlyn, por favor, siéntate como una señorita —pidió Margaret con una voz que pretendía ser severa, pero que arrastraba el cansancio de un viaje de dos días—. Estamos a punto de cruzar las puertas de Blackwood. No quiero que el cochero piense que llevo conmigo a una criatura salvaje del bosque.

—¡Pero abuela, mira allá! —exclamó la niña, ignorando el regaño con la naturalidad de quien está demasiado maravillada para prestar atención—. ¡Hay flores de todos los colores! Nunca había visto tantas juntas. ¿El rey vive aquí?

—No es un rey, niña. Es el señor Blackwood y su familia. Y a partir de hoy, debes recordar que nosotros pertenecemos al ala de servicio. Caminarás despacio, hablarás solo cuando se te pregunte y, sobre todo, mantendrás tus manos quietas.

Caitlyn asintió con la cabeza, pero sus ojos oscuros y movedizos seguían fijos en el paisaje. Para ella, los límites entre la servidumbre y la nobleza eran conceptos abstractos que no cabían en su imaginación rebosante de cuentos de hadas. El carromato redujo la velocidad cuando las enormes rejillas de hierro forjado de la entrada principal aparecieron ante ellas. El metal negro estaba labrado con figuras de enredaderas y extrañas criaturas heráldicas que parecían vigilar el ingreso. El chofer saludó al guardia de la entrada, y las puertas se abrieron con un chirrido pesado que vibró en el pecho de la niña.

El camino principal de la propiedad estaba cubierto de una gravilla blanca tan fina que parecía nieve bajo el sol. A ambos lados, los jardines se extendían perder de vista, con arbustos perfectamente podados en formas geométricas y fuentes de piedra de donde brotaba agua cristalina. De repente, una ráfaga de viento suave trajo consigo el aroma intenso de los rosales en flor y, con ella, una pequeña aparición que hizo que a Caitlyn se le detuviera el corazón de la emoción.

Una mariposa de un tamaño descomunal, con alas de un azul eléctrico y bordes negros aterciopelados, revoloteó cerca de la ventana del carromato. Parecía bailar en el aire, desafiando la gravedad con giros caprichosos.

—¡Una azul! —susurró Caitlyn, fascinada.

Antes de que su abuela pudiera reaccionar, el carromato se detuvo por completo frente a la entrada lateral, destinada al personal y los proveedores. Aprovechando el momento en que el chofer bajaba a acomodar los bultos y Margaret se acomodaba el sombrero de fieltro, Caitlyn se deslizó fuera del asiento con la agilidad de un gato. Sus botas de cuero gastado, con los cordones deshilachados, tocaron la gravilla blanca con un crujido seco.

—¡Caitlyn! —exclamó la abuela desde el interior, pero ya era tarde.

La mariposa azul había emprendido el vuelo hacia una zona de césped perfectamente verde, y la niña no pudo resistir la tentación. Olvidó las advertencias, olvidó el largo viaje y olvidó el cansancio. Empezó a correr.

El viento le daba de lleno en la cara, despeinando los rizos oscuros que se le escapaban de las dos trenzas apretadas que su abuela le había hecho esa mañana. Sus brazos se extendían hacia el aire, intentando cercar a la criatura alada sin llegar a tocarla, temerosa de arruinar el polvo brillante de sus alas. Sus pies volaban sobre el pasto, ajena a cómo el dobladillo de su vestido remendado se humedecía con el rocío que aún quedaba en las zonas de sombra. Reía a carcajadas, un sonido cristalino y puro que rompió el silencio solemne y casi sagrado que imperaba en los terrenos de la mansión.

La mariposa ascendía y descendía, guiándola en zigzag hacia la fachada principal del edificio. Caitlyn corría con los ojos fijos en el cielo, maravillada por los destellos del insecto, hasta que la criatura se elevó por encima de una gran escalinata y se perdió de vista entre los altos árboles del bosque circundante.

Pateando el aire con un bufido de decepción infantil, Caitlyn se detuvo en seco. Fue solo en ese momento cuando bajó la mirada y se dio cuenta de dónde se encontraba.

Frente a ella se erguía la imponente Mansión Blackwood en todo su esplendor. La escala del edificio era sobrecogedora para alguien que solo había conocido cabañas de madera y casas de campo bajas. La fachada estaba construida con bloques de piedra gris claro que brillaban con un matiz plateado bajo la luz de la tarde. Enormes columnas jónicas sostenían un frontón esculpido con el escudo de armas de la familia, elevándose hacia un techo tan alto que parecía tocar las nubes. Decenas de ventanas altas y estrechas, con marcos de madera oscura y vidrios impecables, reflejaban los jardines como si fueran espejos mágicos.

Caitlyn caminó despacio hacia la entrada principal, atraída por la pura magnitud de la construcción. Subió los escalones de piedra uno a uno, sintiéndose diminuta, como una hormiga explorando el palacio de un gigante. Al llegar a la plataforma superior, se encontró frente a las puertas principales: dos hojas colosales de madera de roble oscuro, tachonadas con bronce y con aldabas en forma de cabezas de león que parecían rugir en silencio.

Para su sorpresa, una de las pesadas hojas estaba ligeramente entornada, dejando al descubierto una rendija de luz dorada. La curiosidad, ese motor incontrolable que siempre la metía en problemas, pudo más que el sentido de la prudencia. Apoyó sus manos pequeñas sobre la madera fría y empujó. La puerta cedió sin emitir un solo ruido, revelando el interior.

Caitlyn contuvo el aliento. El gran vestíbulo de la mansión Blackwood era un espectáculo de opulencia que rayaba en lo irreal. El suelo estaba pavimentado con baldosas de mármol blanco y negro, dispuestas en un patrón de tablero de ajedrez tan pulido que la niña podía ver el reflejo difuso de su propio vestido azul y sus botas sucias bajo sus pies. En el centro, una doble escalinata de mármol con barandillas de hierro forjado y pasamanos de caoba se abría como los brazos de un anfitrión majestuoso, subiendo hacia los pisos superiores.

Los techos eran tan altos que la distancia distorsionaba los detalles de los frescos pintados en ellos, donde figuras celestiales y querubines flotaban entre nubes de tonos pastel. De la parte central colgaba una lámpara de araña colosal, un racimo de cientos de cristales tallados que atrapaban la luz exterior y la descomponían en mil arcoíris que bailaban sobre las paredes de piedra tallada. El aire olía a cera de abejas, a madera antigua, a perfume costoso y a un toque sutil de lavanda.

Fascinada por el reflejo del suelo, Caitlyn dio unos pasos hacia el centro del vestíbulo. Se sentía como si estuviera flotando sobre un lago congelado. Empezó a girar sobre sí misma, con los brazos extendidos, mirando hacia la majestuosidad del techo. Las baldosas de mármol, sin embargo, estaban recién enceradas por el personal de la mañana, algo que una niña acostumbrada a los suelos de tierra y madera rústica no podía prever.

En el tercer giro, la suela gastada de su bota derecha perdió por completo adherencia contra el suelo liso como el cristal.

—¡Uh oh! —alcanzó a exclamar.

Sus brazos se agitaron en el aire buscando un punto de apoyo que no existía. Sus piernas se cruzaron en una maniobra torpe y, con un gemido de sorpresa, Caitlyn cayó de espaldas. El impacto de su cuerpo contra el suelo de mármol resonó en el vasto y silencioso vestíbulo como un cañonazo. Por si fuera poco, el impulso de su carrera la hizo deslizarse un par de metros por la superficie encerada, yendo a parar directamente contra la base de un enorme jarrón de porcelana china que descansaba sobre un pedestal de madera tallada cerca de la escalinata.

El jarrón tambaleó peligrosamente, emitiendo un tintineo agudo que amenazaba con convertirse en el desastre de su vida. Caitlyn, tendida en el suelo con las piernas hacia arriba y el vestido arrugado mostrando sus enaguas sencillas, cerró los ojos con fuerza, esperando el sonido de la porcelana rompiéndose en mil pedazos.

Sin embargo, el silencio volvió a reinar en el vestíbulo. Abrió un ojo con timidez y vio que el jarrón se había estabilizado. Soltó un suspiro de alivio, pero la calma duró poco. El eco de unos pasos firmes y pausados comenzó a descender desde el piso superior a través de la gran escalinata de mármol.

Caitlyn intentó levantarse a toda prisa, pero el dolor en su trasero y lo resbaladizo del suelo se lo impidieron, dejándola en una posición de cuatro patas, con los rizos rebeldes cubriéndole el rostro y una expresión de puro pánico en sus ojos oscuros. Sabía que su travesura acababa de cruzar una línea prohibida, y el majestuoso castillo estaba a punto de mostrarle a su dueño.

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Nancy Monterrosa
me encanta una historia distinta de amor y reencuentro
Nancy Monterrosa
es hermoso una historia fuera de la linea de hipocresías de envidia de una mujer con otra
Massiel Aguirre
Excelente Bendiciones
Saysa
Hermosa!!!
Yessica Yanina Carrasco Curay
🥰 muy buena la historia y corta
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