Historia sobre el amor que trasciende las limitaciones , sobre el arte como puente entre dos mundos y sobre la certeza de que a veces las personas más luminosas son aquellas que aprendieron a brillar en la oscuridad.
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El cuaderno de las mariposas
El jueves tardó una eternidad en llegar. Cuarenta y ocho horas que Diego vivió en un estado de ansiedad contenida, oscilando entre la ilusión más pura y el miedo más paralizante. Nunca había tenido una cita. ¿Era aquello una cita? Ni siquiera sabía cómo catalogarlo. Había quedado con una chica para tomar algo. Para compensarla por un cuaderno manchado de chocolate. Nada más. Pero su estómago se negaba a aceptar esa versión aséptica de los hechos y llevaba dos días comportándose como si albergara un centenar de mariposas en plena efervescencia.
Elena, su hermana mayor, lo notó inmediatamente. Convivían desde hacía tres años en un acogedor apartamento del barrio de Gracia, y ella se había convertido en sus ojos para todo aquello que Max no podía abarcar. Tenía veintiocho años, trabajaba como diseñadora gráfica y poseía ese sexto sentido fraternal que le permitía detectar las alteraciones emocionales de su hermano antes incluso de que él mismo las identificara.
—Llevas diez minutos planchando la misma camisa —dijo Elena desde la puerta de la cocina, con una taza de café en la mano y una ceja arqueada que Diego no podía ver pero sí intuir por el tono de su voz—. Si sigues así, vas a dejarla transparente.
Diego apartó la mano de la plancha como si quemara.
—Solo quiero que esté bien. No puedo ir arrugado.
—Vas a un café, no a la gala de los Grammy. —Elena se acercó y le quitó la plancha con suavidad—. ¿Quieres que te ayude a elegir la ropa?
—No necesito que me vistas como a un muñeco —protestó él, pero su voz carecía de verdadera resistencia.
—Ya lo sé. Pero te tiemblan las manos y no es por el café. ¿Cómo se llama ella?
Diego suspiró, derrotado. No tenía sentido ocultarle nada a Elena. Su hermana era la única persona en el mundo que podía leerlo sin necesidad de palabras ni de gestos, solo con la cadencia de su respiración.
—Alicia. Es ilustradora. O lo está intentando. Tiene una voz... —se interrumpió, sin encontrar el adjetivo exacto.
—¿Una voz que qué?
—No sé explicarlo. Como si las palabras le supieran a música. Como si cada frase tuviera un ritmo distinto. Es ridículo, ¿verdad? Estoy haciendo el tonto por una chica con la que apenas he hablado cinco minutos.
Elena guardó silencio unos instantes. Luego Diego sintió la mano cálida de su hermana posándose sobre su mejilla, un gesto que llevaba haciéndole desde que eran niños y que seguía teniendo el mismo efecto calmante de siempre.
—No es ridículo —dijo ella con una ternura infinita—. Es maravilloso. Llevo años esperando verte ilusionado por alguien. Solo... ten cuidado, ¿vale? No le des tu corazón a la primera persona que te trate con normalidad.
—No es solo eso. Es diferente. Ella es diferente.
—Entonces deja que te ayude a elegir la camisa. Quiero que estés guapísimo.
Entre los dos —y con la colaboración interesada de Max, que no dejaba de mover la cola y meterse por medio— seleccionaron un conjunto sencillo pero favorecedor: unos vaqueros oscuros, una camisa blanca de algodón con las mangas remangadas hasta el codo y una chaqueta ligera de color azul marino que, según Elena, resaltaba el tono de sus ojos.
—Aunque ella no pueda verlos, el mundo sí —sentenció Elena, y Diego no pudo evitar reír.
Llegó al café con media hora de antelación. Laura lo recibió con un silbido de aprobación y le sirvió su chocolate caliente sin necesidad de que lo pidiera. El local estaba más tranquilo que el martes, apenas tres o cuatro mesas ocupadas por clientes silenciosos que tecleaban en ordenadores portátiles o leían novelas con las páginas amarillentas. La lluvia había dado una tregua y el sol de la tarde se filtraba por las ventanas, tiñendo el ambiente de una luz dorada que Diego no podía ver pero sí sentir en el calorcillo que le acariciaba la nuca.
Max se tumbó a sus pies con un suspiro de satisfacción. Diego tamborileó nerviosamente sobre la mesa, ensayando mentalmente posibles temas de conversación. ¿Qué se le decía a una chica que dibujaba a la gente a escondidas? ¿Cómo se sostenía una charla con alguien cuyo rostro nunca llegarías a ver?
El tintineo de la campanilla interrumpió sus cavilaciones. Y con él, aquel perfume inconfundible que ya se había instalado en un rincón privilegiado de su memoria olfativa. Jazmín, lluvia del día anterior, pintura al óleo. Y hoy, además, un toque de algo dulce, como de vainilla o de caramelo.
—Llegas pronto —dijo Alicia, y Diego notó la sonrisa en su voz antes de que ella se sentara en la silla frente a él.
—Tú también.
—Quería verte tocar. Pero he visto que hoy no hay piano.
—Los jueves toco más tarde. Ahora mismo el escenario está vacío porque la gente prefiere el silencio para trabajar. Pero luego, sobre las siete, empiezo. ¿Te has traído el cuaderno? ¿Sobrevivió al diluvio de chocolate?
—Aquí está. Mira. —Diego oyó cómo deslizaba algo sobre la mesa. Luego, una pausa brevísima, y una risa quedo—. Perdón, se me olvida que no puedes... Bueno, no puedes mirarlo en el sentido tradicional. Pero puedes tocarlo, si quieres.
El ofrecimiento le llegó a Diego como un regalo inesperado. La mayoría de la gente se disculpaba con incomodidad cuando empleaba expresiones visuales delante de él, como si el simple hecho de mencionar la vista fuera una ofensa. Alicia no. Se había reído de su propio lapsus y le había ofrecido una alternativa sin un ápice de condescendencia.
Diego extendió la mano y sus dedos rozaron la superficie del cuaderno. Estaba ligeramente ondulada por la humedad, pero el cartón de la portada había resistido estoicamente. Recorrió los bordes, las esquinas redondeadas, la textura granulada del papel.
—Está un poco deformado en la esquina derecha —observó.
—Le da carácter. Los cuadernos demasiado perfectos me intimidan. Así parece que tiene historia.
—¿Y qué historia tiene?
—Pues que un pianista ciego me derramó chocolate encima el primer día que lo saqué de casa. No es un mal comienzo, la verdad.
Laura se acercó para tomarles nota. Alicia pidió un capuchino con canela; Diego, otro chocolate. Cuando la dueña se retiró, se hizo un silencio breve, de esos que pueden ser incómodos o eléctricos dependiendo de quiénes los compartan. Diego decidió que aquel silencio era del segundo tipo.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Alicia de pronto.
—Claro.
—¿Cómo es tu mundo? Quiero decir... ¿Cómo te imaginas las cosas que no ves? Por ejemplo, este café. Sé que conoces cada rincón porque llevas años viniendo, pero el color de las paredes, la forma de las lámparas, la cara de Laura... ¿Cómo lo representas en tu cabeza?
Nadie le había preguntado eso jamás. La gente solía interesarse por el aspecto práctico de su ceguera —cómo cocinaba, cómo se vestía, cómo usaba el teléfono—, pero nunca por el universo interior que se había construido para suplir la falta de imágenes.
—Es difícil de explicar —dijo lentamente, saboreando la pregunta—. Imagino texturas, temperaturas, sonidos. Laura, para mí, es su voz y el olor de su perfume y la forma en que camina, siempre con prisa pero sin tropezar nunca. Las paredes del café son la rugosidad de la madera vieja y el eco que producen los pasos. No sé de qué color son, pero sé que me gustan.
—¿Y las personas? ¿Cómo imaginas a alguien que acabas de conocer?
Diego se sonrojó. La pregunta era inevitable, y sin embargo le pilló desprevenido.
—Pues... —carraspeó—. A ti, por ejemplo, te imagino con el pelo muy suave. No sé si liso o rizado, pero suave. Y con las manos un poco ásperas, de tanto sujetar lápices y pinceles. Y hueles a algo que no sé identificar, como a bosque después de la lluvia, pero también a pintura. Y tienes una risa que suena a campanillas. No sé si es muy precisa la imagen.
Alicia permaneció callada unos segundos, y Diego temió haber metido la pata, haber sido demasiado intenso, demasiado pronto.
—Tengo el pelo liso —dijo ella al fin, y su voz sonaba un poco ronca, como si se le hubiera hecho un nudo en la garganta—. Y sí, tengo las manos llenas de callos de dibujar. Y la colonia que uso es de jazmín, pero vivo cerca de un parque con muchos árboles, y siempre se me impregna el olor a tierra húmeda en la ropa. Es la descripción más bonita que han hecho nunca de mí.
El alivio inundó a Diego como una ola cálida. Sonrió, incapaz de contenerse, y oyó cómo Alicia daba un sorbo a su capuchino.
—Ahora me toca a mí —dijo ella—. ¿Desde cuándo tocas el piano?
—Desde los siete años. Mi abuela tenía uno en casa y me dejaba aporrearlo cuando iba a visitarla. Luego, a los ocho, empecé con clases formales. Y a los quince... —hizo una pausa—. A los quince perdí la vista, y el piano se convirtió en algo más que un hobby.
—Retinosis pigmentaria —dijo Alicia, y no era una pregunta.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo busqué en internet. Después de conocerte el otro día. Quería entender. Espero que no te moleste.
—No. Al revés. Casi nadie se molesta en informarse.
—Pues yo quería saber. Porque me pareciste interesante. Y no por la ceguera, no me malinterpretes. Me pareciste interesante por cómo tocas el piano. Es como si te comunicaras con las teclas, ya te lo dije.
La conversación fluyó con una naturalidad que Diego no había experimentado nunca. Hablaron de música y de dibujo, de sus respectivas infancias, de los sueños que tenían de pequeños y de los que conservaban ahora. Alicia le contó que había estudiado Bellas Artes, que ahora trabajaba por las mañanas en una floristería mientras intentaba abrirse camino como ilustradora, y que dibujar era su forma de entender el mundo, igual que para él lo era la música.
—El otro día, cuando te derramé el chocolate —dijo Diego en un momento dado—, estabas dibujando, ¿verdad?
—Sí.
—¿Puedo saber qué?
Alicia rió, esa risa de campanillas que ya se había convertido en una de sus referencias sonoras favoritas.
—Te dibujaba a ti. Estabas tocando a Debussy con los ojos cerrados y tenías una expresión tan... no sé, tan concentrada y tan ausente al mismo tiempo, que no pude evitarlo. Quería capturar ese momento.
Diego sintió que el corazón se le aceleraba. Ella le había estado dibujando. Antes incluso de que él derramara el chocolate. Antes de que intercambiaran una sola palabra.
—¿Y cómo ha quedado el dibujo? —preguntó, sin importarle que la pregunta fuera un poco absurda viniendo de él.
—Regular. El chocolate le ha dado un toque vanguardista, pero creo que no le hace justicia a tu concentración. Tendré que volver a intentarlo.
—¿Eso significa que vas a volver a dibujarme?
—Significa que vas a tener que invitarme a otro chocolate. Por lo menos.
Diego se rió, una risa franca y liberadora que hizo que Max levantara la cabeza con curiosidad. Hacía tanto tiempo que no se sentía así. Ligero. Vivo. Como si el mundo se hubiera expandido de repente y hubiera espacio para algo más que la rutina y la resignación.
—Trato hecho —dijo.
A las siete, Laura le recordó que era hora de tocar. Diego se disculpó y se dirigió al escenario con Max a su lado, sintiendo los ojos de Alicia clavados en su espalda. No era una sensación incómoda, sino todo lo contrario: era como un foco cálido que lo envolvía y le daba fuerzas.
Se sentó al piano y dejó que sus dedos encontraran las teclas. Aquella noche no tocó a Debussy ni a Chopin. En lugar de eso, improvisó. Dejó que sus emociones guiaran sus manos, y lo que surgió fue una melodía nueva, dulce y esperanzada, con un estribillo que parecía perseguirse a sí mismo como un perro jugando con su cola. Era una pieza sin nombre, nacida de aquella tarde, de aquella conversación, de aquella chica que olía a jazmín y a pintura y que le había preguntado cómo era su mundo.
Cuando terminó, el aplauso fue más cálido que de costumbre. O quizás era solo su percepción. Pero hubo unas manos que aplaudieron más fuerte que las demás, y él supo exactamente de quién eran.
Alicia se quedó hasta el final. Le ayudó a guardar la funda del teclado —un gesto innecesario pero que a Diego le pareció tierno— y se ofreció a acompañarlo a la parada del autobús, a pesar de que él le aseguró que Max y él se manejaban perfectamente.
—Ya lo sé. Pero quiero seguir hablando contigo. Si no te importa.
No le importaba. No le importaba nada que tuviera que ver con ella.
Caminaron por las calles del barrio, iluminadas por las farolas que acababan de encenderse. Max guiaba a Diego con la precisión de siempre, pero él era consciente de que, por primera vez en mucho tiempo, la presencia de su perro guía no era lo único que lo conectaba con el mundo exterior. Ahí estaba Alicia, a su lado, hablándole de su sueño de publicar un libro ilustrado, de su madre que no entendía su vocación artística, de su debilidad por los bombones de menta.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti, Diego? —dijo de pronto, cuando ya estaban en la parada del autobús.
—¿Qué? —preguntó él, con la garganta seca.
—Que no me das pena. Y que no intentas demostrar nada. Eres simplemente tú, con tu piano y tu perro y tu chocolate caliente. Y eso es mucho más atractivo que todos los tíos que se pasan el día presumiendo de gimnasio y de coche.
Diego no supo qué responder. Las palabras se le atascaban en la garganta, mezcladas con una emoción demasiado grande para caber en sílabas. Así que simplemente sonrió, y ella —él no lo supo hasta mucho después— le devolvió la sonrisa con los ojos brillantes bajo la luz anaranjada de las farolas.
—El sábado toco otra vez —dijo él cuando oyó acercarse el autobús—. Por la noche. Si quieres venir.
—Allí estaré. Con mi cuaderno y con hambre de chocolate.
El autobús se detuvo con un silbido hidráulico. Diego subió con Max, encontró un asiento y se quedó escuchando cómo la voz de Alicia se despedía desde la acera con un «hasta el sábado» que sonaba a promesa.
Esa noche, tumbado en la cama con Max acurrucado a sus pies, Diego se permitió un pensamiento peligroso. Un pensamiento que llevaba años censurando, por miedo a la decepción.
«Quizás. Quizás exista alguien que pueda quererme así. Quizás sea ella.»
Y aunque el miedo seguía ahí, agazapado en algún rincón de su mente, por primera vez la esperanza era un poco más ruidosa.