Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 12
El ambiente en el comedor era cálido y la conversación fluía con naturalidad. Patricia contó varias anécdotas de la infancia de Sebastián, que al parecer había sido un niño extremadamente callado, aunque le gustaba hacer las cosas por su cuenta porque no tenía hermanos. Valeria escuchó cada detalle con genuina atención.
En medio de la charla, la mirada de Patricia cayó sin querer en el pie izquierdo de Valeria, que arrastraba ligeramente al caminar hacia la tetera. Patricia se quedó en silencio unos instantes.
—Valeria.
—¿Sí, señora Patricia?
—Perdona si lo que voy a preguntar es demasiado personal.
Valeria se volvió con una sonrisa.
—No se preocupe. Pregunte lo que quiera.
—Tu pierna... ¿es así desde que naciste?
Valeria negó con la cabeza de inmediato.
—No.
La conversación en la mesa se apagó de golpe. Don Alejandro alzó la vista. Sebastián, que hasta entonces había estado concentrado en el desayuno, fijó la atención en Valeria.
Valeria sonrió levemente, aunque la luz de sus ojos se fue tiñendo de melancolía.
—Tuve un accidente cuando tenía unos siete años.
Patricia la contempló con gesto atento.
—¿Cómo fue?
Valeria bajó la mirada un momento, como si abriera de nuevo un capítulo de recuerdos que había mantenido guardado con esmero.
—Aquel día volvía del cementerio donde estaba enterrado mi abuelo. Cuando iba a cruzar la calle, vi un auto que se había cambiado de carril de golpe y venía a toda velocidad. En la orilla del camino había un hombre caminando. Le grité con todas mis fuerzas, pero no me oyó.
Valeria esbozó una sonrisa amarga.
—Tuve miedo de que lo atropellaran, así que corrí hacia él y lo empujé a un lado.
—¿Y después? —preguntó Patricia en voz baja.
—No me dio tiempo a esquivarlo. El auto me golpeó. —La voz de Valeria fue perdiendo volumen.
Un silencio repentino llenó la estancia. Dejó de oírse el tintineo de cubiertos contra los platos.
Valeria respiró despacio antes de continuar.
—Estuve inconsciente varias horas. Cuando desperté, ya me habían llevado a la casa y había mucha gente alrededor.
Las lágrimas le rodaron por las mejillas. Aun así, prosiguió con la voz temblorosa.
—Resultó que se habían reunido para el velorio de mi abuela.
Los ojos de Patricia se humedecieron. Podía imaginar lo que había sufrido su nuera siendo apenas una niña.
—Mi abuela tuvo un infarto. La impresión y el miedo que sintió al enterarse de que me había atropellado un auto fueron demasiado. —Valeria se secó las lágrimas con una servilleta de la mesa.
—No me llevaron al hospital porque no tenían dinero. Solo llamaron a un sobador y me entablillaron la pierna rota. Las demás heridas las trataron con remedios caseros —continuó.
—Finalmente me llevaron a un doctor cuando se presentó un desconocido que dijo ser enviado de la familia del hombre al que había ayudado. Al parecer, aquel hombre había sufrido un golpe en la cabeza y estaba hospitalizado.
Sebastián, que había escuchado sin perder una sola palabra, recordó de pronto un episodio de hacía más de diez años. A él lo había salvado una niña pequeña de ser arrollado por un auto.
¿Será posible que Valeria sea la persona que me salvó?, pensó.
—El doctor dijo que el hueso de mi pierna tenía una lesión bastante grave.
Valeria esbozó una sonrisa menuda, aunque sus ojos empezaron a nublarse de nuevo. Contempló su pierna izquierda.
—Desde entonces no volví a caminar con normalidad. Y eso que corría muy rápido. Cada vez que competía, ganaba el primer lugar. —Una sonrisa apenas perceptible le cruzó los labios.
Patricia, sin darse cuenta, tomó la mano de Valeria que descansaba sobre la mesa.
Valeria agachó la cabeza.
—Aunque ya no puedo correr, nunca me he arrepentido.
Todas las miradas se posaron en ella.
—Eras tan pequeña... y ya tenías un corazón así de grande —dijo Patricia con la voz quebrada.
Al escuchar el relato de Valeria, Sebastián se convenció de que aquella mujer era la persona que lo había salvado años atrás. En aquel entonces él caminaba solo. Por desgracia, había perdido el conocimiento y jamás supo quién lo había rescatado.
Valeria sonrió con franqueza.
—Solo perdí una forma normal de caminar, pero esa persona pudo seguir reuniéndose con su familia.
La frase, sencilla como era, oprimió el pecho de Patricia.
Don Alejandro soltó un largo suspiro.
—Una niña de siete años con un corazón de ese tamaño.
Sebastián guardó silencio. No le quitó los ojos de encima a Valeria. Recordó el informe que Ignacio le había entregado unos días atrás. Valeria no solo era una trabajadora incansable: estaba dispuesta a sacrificarse por salvar la vida de otra persona.
Patricia acarició el dorso de la mano de Valeria.
—Eres una mujer extraordinaria.
Valeria se sonrojó.
—Solo hice lo que me pareció correcto, señora Patricia.
Al percibir que el ánimo en la mesa se ensombrecía, Patricia exhaló con suavidad.
—Las heridas de un accidente dejan marcas que duran mucho. —Dirigió una mirada hacia su hijo—. A Sebastián le pasó lo mismo.
Valeria giró la cabeza rápidamente.
—¿Sebastián?
Sin pensarlo, la palabra le brotó de forma natural. Minutos antes, su esposo le había pedido que dejara de llamarlo "señor Sebastián".
Patricia asintió.
—Sí. Sebastián nació perfectamente sano.