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A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

Status: Terminada
Genre:Aventura de una noche / Amor a primera vista / Ella Mayor Que Él / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:14
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.

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Capítulo 9

—Te ves más bonita cuando te sonrojas —dijo Dante, sentándose en el brazo del sillón—. Como la gata cuando estira las patas al sol.

—No me compares con la gata.

—Es un cumplido. A la gata la quiero mucho.

Me reí, cansada, y Nube maulló entre mis brazos. Y no sé si fue el sueño, o la casa tibia, o que hacía años que nadie me preguntaba nada sobre mí, pero se me soltó la lengua.

—¿Sabes qué quería yo de joven? —dije, acariciando a la gatita—. Poner una tienda de mascotas. Criar animales, cuidar gatos, perros, conejos. Era mi sueño de los veinte.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque me casé. Porque tuve a Sebastián. Porque la vida se me fue en dar clases y en atender una casa donde nadie me atendía a mí. —Me encogí de hombros—. Acabé de profesora. No me quejo. Pero no fue lo que soñé.

Me quedé callada un momento, acariciando a Nube. Hacía años que no decía esas cosas en voz alta. Ni siquiera me las decía a mí misma. Los sueños que una entierra a los veinte se vuelven un dolor sordo que aprende una a no tocar, como una muela vieja. Los guardé en un cajón el día que me casé, con el vestido de novia, y ahí se quedaron.

"Ya para qué. Los sueños son de los jóvenes."

—¿Y por qué me miras así? —le pregunté a Dante, que no me quitaba los ojos de encima.

—Porque estás guapa cuando hablas de lo que quieres —dijo—. Se te prende algo en la cara.

Dante se quedó callado un momento, mirándome.

—Ábrela conmigo —dijo de pronto—. La tienda. Yo pongo lo que haga falta, tú la manejas. La cumplimos.

Lo dijo con una seguridad que me desarmó. Como si montar una tienda de mascotas fuera tan fácil como decidir la cena. Como si el dinero, para él, no fuera un problema sino un detalle.

—Ay, muchacho. —Negué con la cabeza—. Ya no tengo edad ni fuerzas para andar montando negocios. Además, ¿de dónde ibas a sacar tú para poner una tienda? Un mecánico no vive de sueños. Déjalo así.

—No me subestimes —dijo, muy serio de pronto.

Y yo, que no sabía todavía con quién estaba hablando, tomé aquello por bravata de muchacho.

—No estás vieja.

—Tengo cuarenta años.

—Y yo veintidós, y aquí sigo. —Se pasó la mano por el pelo, decidido a algo. Y entonces lo soltó—. Bea. ¿Quieres ser mi novia?

Se me cortó la respiración un segundo.

—No —dije, y me dolió menos de lo que quería—. Te llevo dieciocho años. Sigo casada. Y aunque anduviéramos, no habría futuro. ¿Qué van a decir? ¿Que andas con una vieja divorciada con un hijo casi de tu edad?

—Me vale lo que digan.

—A mí no.

Dante se levantó, fue al buró, abrió un cajón y regresó con algo en la mano. Una tarjeta bancaria. Me la puso en la palma y me cerró los dedos encima.

—Ahí hay cinco millones de pesos —dijo, tranquilo, como si dijera cinco mil—. Para que sepas que voy en serio. Si esto camina, me caso contigo. Te voy a consentir y a cuidar toda la vida.

Me quedé mirando la tarjeta como si me quemara.

Cinco millones de pesos. En la mano de un mecánico de veintidós años.

Por un segundo, lo confieso, me dio vértigo. Cinco millones. Yo, que hacía cuentas para llegar a fin de mes, que tomaba el camión para ahorrarme el taxi, que regateaba en el tianguis. Con eso pagaba el divorcio, montaba la tienda, aseguraba a Sebastián. Con eso me compraba la libertad.

Pero justo por eso lo rechacé. Porque una mujer que se deja comprar la libertad ya no es libre: nada más cambia de dueño.

—No —dije, y se la metí de vuelta en la bolsa de su chamarra—. Yo no me vendo, Dante. Ni por cinco millones ni por cincuenta. Guárdala.

Esa noche crucé el pasillo con la cabeza dándome vueltas.

A la mañana siguiente lo busqué temprano. Le puse la tarjeta en la mano, cerré yo esta vez sus dedos encima, y le dije lo que llevaba pensando desde la madrugada.

—No acepto el trato. —Respiré—. Pero además dime una cosa. ¿De dónde saca un mecánico cinco millones de pesos?

Titubeó. Lo vi titubear, buscar las palabras, jugar con el llavero en el bolsillo.

—Ahorros —dijo por fin.

—¿Ahorros. —No era pregunta. Era desconfianza pura.

—Cosas de la familia. Es complicado.

"Es complicado." Otra vez. Coche de millones, tarjeta de millones, y un "es complicado" cada vez que yo empujaba la puerta.

Algo no cuadraba con ese muchacho. Lo tenía clarísimo. Pero no dije nada, porque una mujer que acaba de descubrir que su marido le miente hace veinte años ya no tiene fuerzas para andar destapando la vida entera de otro hombre.

Me di la vuelta para irme.

Dante me tomó del brazo, me hizo girar, y me acorraló contra la pared del pasillo. Me tomó la barbilla, con esa suavidad terca suya, y bajó la voz.

—No te pido que seas mi novia hoy —dijo—. Dame al menos la oportunidad de cortejarte. Nada más eso. Déjame intentarlo.

Lo tenía tan cerca que le veía las pestañas.

—Cortejarme —repetí, y sonó ridículo en mi boca, una mujer de cuarenta años dejándose cortejar por un muchacho—. Está bien. Cortéjame. Pero andar juntos… eso ya se verá.

Se le iluminó la cara como si le hubiera regalado el mundo. Y a mí, verlo así, se me apretó el pecho de una manera que no supe nombrar. Hacía años que no le alegraba el día a nadie con tan poco. Hacía años que nadie me miraba como si yo fuera un premio.

—Con eso me basta —dijo, y me soltó despacio, como si le costara.

Cuando bajé al estacionamiento para irme a la universidad, ahí estaba él, esperándome en el frío con una bolsa de papel entre las manos, echándose el aliento en los dedos para no congelarse.

—Te compré tamales —dijo—. De los verdes, que dijiste que te gustan. Y atole.

Me detuve en seco.

Yo lo había mencionado una vez. Al pasar. En medio de otra conversación, tres días atrás. Que de niña, en el pueblo de mi papá, mi abuela hacía tamales verdes y que ninguno me sabía como esos.

Y él se acordó.

Rodrigo, en veinte años, nunca supo si yo tomaba el café con o sin azúcar. Se lo dije mil veces. Con leche, sin azúcar. Y mil veces me lo trajo negro y amargo, las pocas veces que se acordó de traérmelo.

Y este muchacho, en tres días, ya sabía de mis tamales verdes y de mi abuela.

Se me hizo un nudo en la garganta que me costó tragar.

"No es amor. Es capricho. Los jóvenes son intensos y luego se aburren."

Puede ser, me dije otra vez. Pero era la primera vez en años que alguien se acordaba de un antojo mío. Y eso, capricho o no, me caló hondo.

—Gracias —dije bajito, y tomé la bolsa.

Me llevó a la Universidad Central con los tamales calientes en las piernas. No dijimos gran cosa en el camino. No hacía falta.

Di mis clases. El día se me fue rápido, como se van los días cuando por dentro llevas una calma nueva.

Y a las cinco de la tarde, cuando salí por la puerta principal con el abrigo mal abrochado y la bufanda de Dante todavía en el cuello, una mujer joven se me plantó enfrente.

Me cerró el paso. Me miró de arriba abajo, despacio, calculando, y sonrió con una malicia que no dejaba lugar a dudas.

La reconocí. Aunque solo la había visto una vez, aquella tarde, en el sofá de mi sala, cuando abrí la puerta esperando celebrar veinte años de matrimonio y encontré a mi marido con las manos donde no debían.

Era la mujer de Rodrigo. La amante.

Y venía a buscarme a mí.

Karina Montiel.

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