Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.
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EL PENTHOUSE DEL SEGUNDO PISO
El eco de la caída del ascensor se extinguió, dejado únicamente el sonido de la respiración agitada de Sofía. Estaba atrapada. Abajo, el foso era un pozo de silencio sepulcral. Arriba, el edificio crujía. A sus espaldas, la recepción amenazaba con llenarse de infectados.
Con las lágrimas nublándole la vista y el corazón latiendo a una frecuencia destructiva, Sofía corrió hacia el fondo del pasillo, donde la estructura de las escaleras averiadas comenzaba.
El tramo hacia el primer piso subterráneo y hacia abajo estaba destruido, pero la rampa de concreto que subía hacia el Nivel 2 permanecía milagrosamente en pie, aunque agrietada y rodeada de escombros. Sofía comenzó a escalar por el concreto expuesto. Las barras de acero corrido le cortaron la palma de la mano izquierda, pero el dolor físico era insignificante comparado con la angustia que la consumía.
Gateó, impulsándose con las piernas, hasta alcanzar el descansillo del piso 2.
Este nivel era atípico. Debido a la arquitectura mixta del complejo, el piso 2 no albergaba apartamentos pequeños, sino una propiedad de gran extensión: un apartamento tipo penthouse de servicio médico, utilizado anteriormente por los directores administrativos del hospital. Las puertas de acceso de madera maciza estaban entreabiertas.
Sofía se desplazó en silencio, pegando la espalda a la pared de yeso. La iluminación aquí era penumbrosa, filtrada por cortinas pesadas de color granate. El aire olía a medicamentos viejos, polvo y formaldehído.
Al avanzar por el amplio salón del penthouse, sus pies tropezaron con una alfombra corrida. Al levantarse, los vio.
En el centro de la elegante sala de estar, junto a un piano de cola cubierto por una capa de polvo, había una mujer de edad avanzada, vestida con un bata de seda manchada de sangre seca. Estaba de rodillas. Frente a ella, encorvada sobre el suelo, una figura grotesca devoraba metódicamente la cavidad abdominal de un cuerpo inerte. Era una criatura alta, con la ropa hecha jirones y la mandíbula inferior completamente desencajada, permitiéndole tragar grandes trozos de carne sin masticar.
La anciana no gritaba. Estaba en estado de catatonia, mirando al vacío mientras la criatura se giraba lentamente hacia ella.
Sofía intentó retroceder ahogando un gemido, pero su talón hizo crujir un pedazo de vidrio roto sobre la madera del piso.
El sonido fue suficiente.
La criatura emitió un chasquido gutural y dejó caer el resto de tejido que sostenía en las garras. Sus ojos, nublados por cataratas de sangre coagulada, se fijaron directamente en Sofía. Con una velocidad inhumana y asimétrica, la criatura se abalanzó no sobre la anciana, sino directamente sobre Sofía.
Sofía tropezó hacia atrás, cayendo de espaldas contra la mesa de centro de cristal. La criatura se lanzó encima. El peso del infectado la aplastó contra el suelo; un aliento putrefacto, caliente y ácido le inundó las fosas nasales. Sofía extendió desesperadamente su brazo derecho, enterrando su mano en el cuello del monstruo para mantener a distancia unos dientes podridos que buscaban frenéticamente su yugular.
—¡No! ¡Suéltame! —gritó Sofía, sintiendo cómo las fuerzas se le agotaban secundariamente por el pánico.
La anciana en la esquina dejó escapar un alarido seco y comenzó a gatear torpemente hacia ellas, no para ayudar, sino dominada por el mismo virus que comenzaba a manifestarse en sus espasmos finales. Sofía estaba acorralada entre la criatura sobre su pecho y la anciana infectada que se arrastraba por el suelo.
La boca del monstruo se cerró a milímetros de su mejilla. Sofía sintió la muerte de cerca, fría y definitiva. En ese instante de agonía pura, la imagen de Mateo en la cabina cayendo al vacío cruzó su mente.
Con un alarido de rabia y desesperación pura, Sofía estiró su mano izquierda sobre el piso destrozado hasta que sus dedos encontraron un pesado cenicero de bronce sobre la madera. Lo sujetó con fuerza, levantó el brazo y lo estrelló con implacable violencia contra la sien de la criatura.