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El Monstruo Sin Nombre

El Monstruo Sin Nombre

Status: En proceso
Genre:Venganza / Romance / Mafia
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Black_Dragon

En las heladas tierras de Rusia nació un hombre destinado a conocer el verdadero significado del sufrimiento. Desde su infancia fue arrojado a un mundo de violencia, traición y muerte, donde cada día era una batalla por sobrevivir. Las cicatrices que cubrían su cuerpo eran solo una pequeña muestra de las heridas que consumían su alma. Después de perder todo aquello que alguna vez amó, se convirtió en una sombra de sí mismo: un guerrero despiadado que caminaba entre cadáveres y campos de batalla sin sentir miedo, compasión o esperanza. Para él, el mundo era un infierno interminable, y él mismo era uno de sus demonios. Sin embargo, cuando el destino parecía haber sellado su condena, una mujer apareció en su vida. A diferencia de los demás, ella no vio al monstruo que todos temían, sino al hombre roto que se ocultaba tras años de dolor. Con paciencia, valentía y una determinación inquebrantable, comenzó a derribar los muros que protegían su corazón.

NovelToon tiene autorización de Black_Dragon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: El primer amigo

Había algo que seguía sin comprender.

Rose.

Por más días que pasaban, seguía siendo un misterio para mí.

No porque ocultara cosas.

Al contrario.

Era demasiado sincera.

Demasiado amable.

Demasiado... luminosa.

Era como si el invierno no pudiera alcanzarla.

Yo había conocido personas fuertes.

Instructores.

Guardias.

Soldados.

Pero ella era fuerte de otra manera.

No levantaba la voz.

No amenazaba.

No golpeaba.

Y aun así, siempre conseguía que todos sonrieran.

Incluso yo.

---

—¡Leon!

Escuché su voz desde el patio.

Salí de la casa.

Rose estaba de pie junto a un viejo cubo de madera lleno de nieve.

Tenía una sonrisa traviesa.

—¿Qué ocurre?

No respondió.

Simplemente tomó un poco de nieve y comenzó a darle forma entre sus manos.

La observé con curiosidad.

Unos segundos después levantó una pequeña esfera blanca.

—¿Qué es eso?

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Nunca hiciste una bola de nieve?

Negué lentamente.

Rose soltó una risa incrédula.

—Leon... de verdad tu infancia fue muy rara.

No respondí.

Porque tenía razón.

Ella lanzó la bola de nieve.

Me golpeó suavemente en el pecho.

Me quedé inmóvil.

Mirándola.

Luego miré la nieve.

Después volví a verla.

—¿Acabas de atacarme?

Rose comenzó a reír tan fuerte que tuvo que sujetarse el estómago.

—¡No!

—Eso fue una declaración de guerra.

—¡Leon!

Sin decir una palabra me agaché.

Tomé un poco de nieve.

Intenté copiar lo que ella había hecho.

Mi primera bola quedó completamente deformada.

Rose volvió a reír.

—Está horrible.

—Lo sé.

—Ven.

Se acercó.

Tomó mis manos.

—Así.

Sus dedos acomodaron los míos mientras daba forma a la nieve.

Sentí cómo mi corazón comenzaba a latir un poco más rápido.

No entendía por qué.

Solo era una bola de nieve.

Cuando terminó sonrió satisfecha.

—Ahora sí.

La observé unos segundos.

Y sin avisar...

Le lancé la bola.

Le dio justo en el hombro.

Rose abrió mucho los ojos.

Luego sonrió.

—¡Eso significa guerra!

Durante casi una hora el patio se llenó de risas.

Ella corría.

Yo la perseguía.

Ella se escondía detrás de los árboles.

Yo intentaba encontrarla.

Por primera vez en mi vida jugué.

No entrené.

No luché.

No sobreviví.

Simplemente jugué.

Y descubrí algo.

Era divertido.

---

Aquella tarde ambos terminaron completamente cubiertos de nieve.

Entramos a la casa muertos de frío.

La madre de Rose soltó un pequeño suspiro al vernos.

—Miren nada más...

Los gemelos comenzaron a reír.

—¡Parecen muñecos de nieve!

Rose me señaló.

—Fue culpa de Leon.

La miré sorprendido.

—Fuiste tú quien empezó.

—Pero tú ganaste.

—Eso no fue mi culpa.

Todos comenzaron a reír.

Yo me quedé en silencio.

Escuchándolos.

Aquella casa sonaba viva.

---

Los días siguieron pasando.

Cada vez hablábamos más.

Rose descubrió que yo apenas sabía leer.

Así que comenzó a enseñarme.

Nos sentábamos junto a la ventana.

Ella abría un libro.

Y señalaba las palabras.

—Esta dice "árbol".

Repetía.

—Árbol.

—Muy bien.

Luego otra.

—Casa.

—Casa.

—Perfecto.

Cuando me equivocaba jamás se burlaba.

Solo repetía la explicación con paciencia.

Una y otra vez.

Hasta que entendía.

---

Una tarde cerró el libro de repente.

—Descansa un poco.

La observé.

—¿Por qué?

—Porque llevas una hora leyendo.

—Puedo seguir.

Ella sonrió.

—Ya lo sé.

—Pero aprender también significa descansar.

Aquello me hizo pensar.

En la mansión descansar era una debilidad.

Aquí parecía ser algo normal.

Todo seguía siendo diferente.

---

Poco después comenzaron a caminar por el pueblo.

Rose saludaba a todo el mundo.

—¡Buenos días!

—Hola, Rose.

—¿Cómo está su esposa?

—Mucho mejor.

Yo observaba todo.

La gente sonreía.

Conversaba.

Se ayudaba.

Era completamente distinto al mundo donde crecí.

Entonces un anciano nos detuvo.

—¿Es tu hermano?

Rose me miró.

Yo la miré.

Los dos guardamos silencio unos segundos.

Luego ella respondió con una sonrisa.

—No.

Pero es Leon.

No añadió nada más.

Y el anciano simplemente asintió.

Como si aquello fuera suficiente.

Por alguna razón...

Me alegró escuchar mi nombre salir de sus labios.

---

Aquella noche, mientras regresaban a casa, comenzó a nevar.

Rose levantó la vista.

—Qué bonito.

Yo también observé el cielo.

La nieve seguía cayendo igual que en la mansión.

Pero allí era distinta.

Antes significaba castigos.

Entrenamientos.

Dolor.

Ahora solo significaba invierno.

Qué extraño podía ser el mundo.

---

Cuando llegaron, la familia ya estaba reunida junto a la chimenea.

Los gemelos discutían por un tablero de ajedrez.

El padre intentaba enseñarles.

La madre preparaba chocolate caliente.

Rose se sentó en el suelo.

Yo hice lo mismo.

Sin decir nada.

Solo observando.

El padre levantó una pieza de ajedrez.

—Leon.

Lo miré.

—¿Quieres aprender?

Asentí.

No entendía el juego.

Pero quería intentarlo.

Durante la siguiente hora perdí todas las partidas.

Los gemelos celebraban cada victoria.

Rose intentaba darme consejos.

—No muevas esa.

Cinco segundos después la movía.

Y perdía.

Ella se llevaba una mano a la frente.

—Leon...

—¿Sí?

—Eres increíble luchando.

—Sí.

—Pero jugando eres un desastre.

Los gemelos comenzaron a reír.

Incluso el padre soltó una pequeña carcajada.

Yo los observé.

Y, sin darme cuenta...

Reí también.

No fue una gran risa.

Solo una pequeña.

Casi silenciosa.

Pero era real.

Rose giró la cabeza al escucharla.

Se quedó inmóvil unos segundos.

Luego sonrió.

No dijo nada.

No hacía falta.

Porque ambos sabíamos lo que acababa de ocurrir.

Era la primera vez que me escuchaba reír.

Y quizás...

Era también la primera vez que yo lo hacía de verdad.

Aquella noche, antes de dormir, comprendí algo.

Durante años pensé que la fuerza consistía en soportar el dolor.

En no llorar.

En obedecer.

En sobrevivir.

Pero estaba equivocado.

Porque hacía falta mucha más fuerza para confiar en alguien.

Para dejar de vivir con miedo.

Para reír.

Y mientras el viento del invierno soplaba afuera de la casa, entendí que la persona que más estaba cambiando mi vida no era un guerrero, ni un maestro, ni un rey.

Era una chica llamada Rose.

La primera persona que me había tratado como un niño... antes que como un arma.

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