"Vete de aquí... ¡No quiero volver a ver tu cara en esta casa! No estoy dispuesto a vivir con una tramposa como tú." El grito que resonaba hasta el techo de la habitación tenía el poder de hacer temblar el corazón y el cuerpo de Karla. Con todas sus fuerzas, trataba de contener las lágrimas que ya se acumulaban en sus párpados.
Si para la mayoría de los hombres sería motivo de felicidad descubrir que su esposa sigue siendo virgen, para Jairo, la situación era todo lo contrario; se sentía engañado.
Ya que su matrimonio tuvo lugar después de ser sorprendidos juntos en la habitación de un hotel, y en ese momento, las circunstancias parecían indicar a cualquiera que algo había sucedido con Karla, por lo que, sin más remedio, Jairo tuvo que aceptar casarse con la que había sido novia de su hermano.
Sin embargo, meses después del matrimonio, al tener relaciones con su esposa, Jairo descubrió que ella aún era virgen. Jairo, quien odiaba las mentiras por encima de todo, por supuesto no pudo aceptar esta situación y terminó por echar a su esposa.
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La farsa de la madre adoptiva de Thalia
En otra ciudad, el padre adoptivo de Thalia hablaba con alguien por teléfono. Llevaba casi todo el día sin poder comunicarse con su esposa, así que decidió llamar a la hermana de ella, que vivía en la Provincia del Sur.
—Disculpe, pero su hermana no está aquí. La última vez que vino fue hace seis meses, y vino con usted —respondió la hermana menor de doña Isabel. Los padres de doña Isabel eran oriundos de otra región, pero habían emigrado a la Ciudad del Sur cuando se casaron, de modo que tanto ella como sus dos hermanas nacieron allá.
Fue una respuesta absolutamente inesperada.
—¿Hace seis meses? —musitó Héctor, incrédulo.
—Así es.
La mente de Héctor Santacruz empezó a dar vueltas. Durante los últimos tres meses, su esposa le había dicho que iba a visitar su tierra natal, y no una sola vez sino varias. Sin embargo, según su cuñada, la última visita había sido hacía medio año.
—¿Héctor...? ¿Héctor, sigue ahí? —se oyó la voz al otro lado de la línea, dado que Héctor se había quedado en silencio demasiado tiempo.
—Sí... sí.
—¿Isabel le dijo que venía para acá, o qué? —preguntó la cuñada.
En lugar de contestar, Héctor se despidió y dio por terminada la llamada.
¿Qué me estás ocultando, Isabel? ¿Por qué me has estado mintiendo? Resulta que en estos tres meses no fuiste a la Provincia del Sur ni una sola vez. Entonces, ¿adónde has ido todo este tiempo? Eran demasiadas las preguntas que se agolpaban en la mente de Héctor acerca de su esposa.
¿O será que todo este tiempo has sabido dónde está Thalia y deliberadamente me lo has ocultado?* La decepción se mezcló con la indignación en el pensamiento del hombre. Si es así, te has pasado de la raya, Isabel.*
La vibración de su celular lo arrancó de sus pensamientos.
—Isabel... —murmuró al ver que la llamada era de su esposa. Sin perder un segundo, deslizó el dedo sobre la pantalla para contestar.
—Perdona, Héctor, es que apenas ahorita pude llamarte. Se me acabó la batería del celular. Y te quería avisar de que me voy a quedar una semana más aquí en casa de mi mamá, porque ella todavía no quiere dejarme ir.
—Ajá —Héctor respondió con un simple murmullo. No quería seguir alimentando la comedia de su esposa. Ya hablarían cuando ella volviera; entonces le exigiría la verdad.
—¿Qué te pasa, Héctor? —preguntó doña Isabel, percibiendo algo raro en la actitud de su marido.
—Nada. Estoy cansado; acabo de llegar de la oficina —se excusó Héctor. Acto seguido, se despidió y cortó la llamada con el pretexto de que iba a bañarse.
¿Por qué te has vuelto así, Isabel? Deberías estar agradecida: con la llegada de Thalia a nuestras vidas, dejaste de recibir las presiones de mis padres. Pero ¿qué haces ahora? Despreciar a esa niña. Si Thalia hubiera podido elegir, tampoco habría querido un destino como ese, separada de sus padres biológicos. Sin darse cuenta, las lágrimas de Héctor comenzaron a rodar al evocar a su hija adoptiva.
—¿Dónde estás, hija? ¿Por qué te fuiste y me dejaste solo...? —murmuró Héctor con el semblante apesadumbrado.
Al poco rato, se le ocurrió rastrear la ubicación de su esposa a través del GPS de su celular. Nunca lo había hecho porque jamás desconfió de ella, y más aún porque casi todas las noches la veía entristecida pensando en el paradero de su hija adoptiva. Lo que Héctor no sabía era que, en realidad, su esposa no lloraba de preocupación genuina por Thalia, sino porque lamentaba que la joven se hubiera apartado de su marido millonario.
—¿Ciudad Santamaría...? —susurró Héctor tras lograr rastrear la ubicación de su esposa.
Sin perder un instante, reservó un boleto para viajar a Ciudad Santamaría esa misma noche. Aunque sus sospechas eran enormes, Héctor aún albergaba la esperanza de que la mujer con quien llevaba décadas de matrimonio no hubiera cometido un error tan grave como para ahondar aún más su decepción.
*
*
*
En una habitación de hotel en Ciudad Santamaría, doña Isabel intentaba idear la manera de encontrarse con Thalia. Llevaba ya casi tres días en la ciudad sin conseguirlo, porque Rodrigo no se separaba de su hija adoptiva.
En el fondo, le alegraba que Thalia hubiera vuelto con su yerno millonario, pero en su corazón persistía un temor: el de que Thalia le contara a Rodrigo sobre la discusión que tuvieron aquel día, la discusión que llevó a Thalia a caer en coma durante casi dos meses por la pérdida excesiva de sangre durante el parto.
Cansada de caminar de un lado a otro como fiera enjaulada, doña Isabel se dejó caer con brusquedad en el sofá de la habitación. Recargó la espalda, cerró los ojos. Poco a poco, sus recuerdos la transportaron a un suceso vivido décadas atrás. Sin darse cuenta, las lágrimas le brotaron. Un recuerdo amargo que incluso le había arrebatado la posibilidad de tener un hijo propio.
En medio de su tristeza, el celular vibró con la notificación de un nuevo mensaje.
"Hermana, Héctor llamó hace rato preguntando por ti. ¿Dónde andas que él está preguntando si estás aquí?", leyó doña Isabel en el mensaje de su hermana menor. De golpe, se enderezó en el sofá.
Héctor llamó a la Provincia del Sur... Ay, no... ¿y ahora qué hago? La mujer empezó a ponerse nerviosa. Si su marido se había comunicado con su familia allá, eso significaba que ya sabía de su mentira.
No hay otra opción. Tengo que regresar a la capital hoy mismo. Sin perder un momento, reservó un boleto de avión para esa misma tarde. Ya pensaría después qué excusa darle a su marido; lo importante era llegar cuanto antes.
Antes de abordar el avión, la madre adoptiva de Thalia le envió un mensaje a su marido anunciando su regreso.
Unas horas más tarde, su vuelo aterrizó en el Aeropuerto Internacional. Héctor fue a recogerla; al final, había cancelado su propio boleto a Ciudad Santamaría tras recibir el mensaje de su esposa.
Lo primero que hizo doña Isabel al verlo fue abrazarlo y echarse a llorar.
—Perdóname, Héctor... Perdóname por haberte mentido todo este tiempo. No estaba en la Provincia del Sur sino en Ciudad Santamaría. Extrañaba muchísimo a Thalia y por eso decidí ir a buscarla allá. Pero no encontré ningún rastro de ella, Héctor...
Confesarle la verdad a su esposo era, según doña Isabel, lo mejor que podía hacer en ese momento, considerando que él ya había olido la mentira.
Al parecer, su actuación fue impecable. Su marido le creyó todo, e incluso Héctor terminó pidiéndole disculpas por haber desconfiado de ella.