NovelToon NovelToon
Su Obsesion Prohibida

Su Obsesion Prohibida

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Mafia / Amor a primera vista / Esclava / Sirvienta / Amor-odio / Triángulo amoroso / Secuestro y encarcelamiento / Yandere / Romance oscuro / Completas
Popularitas:20.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8: Persecución bajo la lluvia

El cielo se partió en dos cuando Valentina salió del café.

No fue un anuncio gradual. Un segundo antes había nubes grises e inmóviles; al siguiente, el agua cayó como si alguien hubiera volteado el mar entero sobre Puerto Sombrío. La lluvia golpeaba el pavimento con furia, rebotando en los charcos que se formaban a una velocidad absurda, y el viento le arrancó el paraguas barato de las manos antes de que pudiera abrirlo.

Se quedó parada bajo el toldo de una farmacia cerrada, empapada hasta los huesos, con el corazón todavía caliente por la conversación con Santiago.

"Te puede llamar para lo que sea, a la hora que sea."

Se repitió su número de memoria. Tres veces. Cuatro.

El teléfono nuevo —el segundo que Nicolás le había dado después de confiscarle el primero— vibró en su bolsillo. Lo sacó con dedos mojados.

Un mensaje de Nicolás.

"Vuelve. Ahora."

Y luego otro.

"Tienes 20 minutos."

Y otro más.

"Si no llegas, van a haber consecuencias."

La palabra le cayó como un balde de agua helada encima del agua helada que ya la cubría. "Consecuencias." No era una amenaza nueva. Pero esta vez la sintió diferente. Más filosa. Más real. Como si Nicolás supiera exactamente dónde había estado y con quién, y los veinte minutos fueran un reloj de arena que ya había empezado a vaciarse.

"Piensa, Valentina. Piensa."

No había taxis. La tormenta los había tragado a todos. Las calles se estaban convirtiendo en ríos pardos que arrastraban basura y hojas de palma. Miró su teléfono: diecinueve minutos. Las manos le temblaban, pero no sabía si era por el frío o por el miedo.

Empezó a caminar rápido. Después a trotar. Los zapatos se le hundían en los charcos con un ruido obsceno y el agua le salpicaba las piernas hasta las rodillas. El pelo se le pegaba a la cara como algas.

Dieciséis minutos.

Cruzó la avenida principal corriendo. Un auto le tocó el claxon y ella brincó el charco del camellón con el corazón en la garganta. Las luces de los negocios cerrados le devolvían reflejos borrosos, fantasmales, y por un segundo pensó que estaba corriendo dentro de un acuario sucio.

Catorce minutos.

"No vas a llegar. Sabes que no vas a llegar."

Otro teléfono. Llamada esta vez. Lo contestó sin dejar de correr.

—¿Dónde estás? —La voz de Nicolás no estaba enojada. Era peor: estaba quieta. Como la superficie de un lago antes de que algo la rompa desde abajo.

—Voy para allá. La lluvia...

—Te pregunté dónde estás, Valentina. No te pregunté por el clima.

—Cerca del mercado viejo. Busco un taxi...

—No debiste salir sin avisar. ¿No aprendiste la última vez?

La muñeca izquierda le pulsó como si el recuerdo tuviera memoria propia. Las marcas habían desaparecido hacía dos días. Pero los dedos de Nicolás seguían ahí, impresos en un lugar más profundo que la piel.

—Nicolás, por favor. Estoy empapada, estoy...

—Doce minutos, mi niña.

Colgó.

Valentina se detuvo en una esquina. La lluvia le caía directamente sobre la cabeza. Le corría por la nariz, por la barbilla, le entraba en los ojos. Respiraba en jadeos cortos que se mezclaban con el ruido del agua sobre las láminas de los puestos cerrados.

"No voy a llegar. Y cuando llegue tarde, él va a..."

No terminó el pensamiento. No hacía falta.

Las luces de un auto cortaron la cortina de lluvia.

Negro. Polarizado. Se detuvo junto a ella con la suavidad de un tiburón acercándose a la orilla.

La ventanilla del copiloto bajó.

Valentina dio un paso atrás por instinto. El agua le salpicó los tobillos.

—Sube.

Una voz grave. Calmada. Sin prisa. Como si afuera no se estuviera cayendo el cielo.

Valentina se agachó para mirar dentro del auto y el aire se le detuvo en los pulmones.

Damián.

Estaba sentado en el asiento trasero, recargado contra la puerta opuesta con esa postura de quien ocupa el espacio como si lo hubiera comprado entero. Camisa oscura. Reloj de oro. Ojos que la miraron con la misma atención absoluta de la terraza del Ónix, como si ella fuera lo único en el mundo que valía la pena estudiar.

Al volante había un tipo joven, cabello rapado, con las manos firmes sobre el volante y la mirada fija al frente. No la miró.

—No... no puedo —tartamudeó Valentina. La lluvia le entraba en la boca—. Tengo que llegar a...

—Sube al auto —repitió Damián. No fue una orden gritada. Fue algo peor: una orden dicha con la tranquilidad de quien sabe que se va a obedecer—. No te voy a pedir una tercera vez.

Un relámpago cruzó el cielo y por un instante todo fue blanco: la calle, el auto, los ojos de Damián fijos en ella.

Valentina subió.

El interior del auto olía a cuero y a algo más. Sándalo. Ese olor que ya había memorizado sin querer desde la terraza, desde aquella noche que se sentía como si hubiera pasado hace un siglo y al mismo tiempo ayer.

La puerta se cerró detrás de ella y el mundo se dividió en dos: afuera, la tormenta; adentro, un silencio tan denso que le dolió en los oídos.

Valentina se quedó pegada a la puerta, con el vestido escurriendo agua sobre el asiento de cuero, temblando de frío y de algo que no sabía nombrar. Damián no se movió. La miraba como se mira una herida: con atención clínica y algo que podría haber sido preocupación.

—Bruno —dijo sin dejar de mirarla—. Arranca.

El chofer arrancó sin decir una palabra. El auto se deslizó sobre el agua de la calle como si flotara.

El teléfono de Valentina vibró. Lo miró: Nicolás. Llamando.

—No contestes.

—Tengo que...

—No contestes.

La vibración siguió. Insistente. Furiosa. Valentina sintió que el teléfono le quemaba en la mano como una brasa, como el arete aquella noche, como todo lo que tenía que ver con la vida doble que estaba empezando a vivir sin haberlo planeado.

Damián extendió la mano. No hacia ella. Hacia el teléfono.

Valentina lo miró. Él no dijo nada. Solo esperó con la palma abierta, los dedos largos y quietos, como si tuviera toda la paciencia del mundo.

Le entregó el teléfono.

Damián lo tomó. Lo apagó. Lo guardó en el bolsillo interior de su saco con la misma naturalidad con la que habría guardado un encendedor.

—No va a funcionar —susurró Valentina—. Si no llego...

—¿Quién te puso ese plazo?

Ella no respondió. Miró por la ventanilla. La lluvia hacía imposible distinguir las calles.

—¿Es el mismo que te dejó esas marcas?

El estómago se le contrajo. Se miró la muñeca por reflejo, pero la manga mojada la cubría.

—No sé de qué hablas.

Damián no insistió. Se recargó contra el asiento y miró al frente, donde Bruno conducía en silencio por las calles inundadas.

—Bruno —dijo—. Toma la Costera.

—Jefe, la Costera está anegada.

—Toma la Costera.

—Sí, jefe.

Valentina se abrazó a sí misma. La tela mojada se le pegaba al cuerpo y el aire acondicionado del auto le erizaba la piel. Damián se quitó el saco sin mirarla y lo dejó caer sobre los hombros de ella. El gesto fue tan natural, tan desprovisto de ceremonia, que Valentina no tuvo tiempo de rechazarlo. La tela estaba tibia. Olía a él.

—No me mires así —murmuró ella sin saber por qué.

—¿Así cómo?

—Como si supieras algo que yo no.

La boca de Damián se curvó. No era una sonrisa. Era algo más peligroso: el esbozo de una.

—Sé muchas cosas que tú no, Valentina.

El auto giró en la Costera y el agua golpeó los costados del vehículo con fuerza. Bruno condujo con manos firmes, esquivando ramas caídas y bolsas de basura que flotaban como animales muertos.

Entonces Valentina lo vio.

Luces detrás de ellos. Un auto plateado que apareció al final de la calle como un ojo que se abre.

El pulso se le aceleró.

—Damián...

Él ya lo había visto. Giró la cabeza hacia atrás con una calma que a Valentina le pareció criminal. Observó el auto plateado por tres segundos exactos.

—Bruno, ¿lo tienes?

—Desde hace dos cuadras, jefe.

—¿Cuántos adentro?

—Dos. Vidrios claros. Es de los de Ferrera.

Valentina sintió que el piso del auto desaparecía debajo de ella. "Ferrera." Dijo el nombre como si lo conociera. Como si supiera exactamente quién era Nicolás y qué significaba ese auto detrás de ellos.

—¿Cómo sabes...?

—Ahora no —cortó Damián. Su voz cambió. No subió de volumen; se endureció, como metal enfriándose—. Bruno. Piérdelo.

—¿Por la Industrial o por el malecón?

—Industrial. Hay más calles para cortar.

Bruno pisó el acelerador y el auto negro se lanzó hacia delante como un animal suelto. Valentina se agarró del asiento con ambas manos. El agua le salpicaba los costados del auto y las luces de la calle se convertían en rayas borrosas que pasaban como balas luminosas.

El auto plateado aceleró también. Detrás de ellos, firme, sin soltar la distancia.

—Agárrate —dijo Bruno.

El auto giró a la derecha en una calle estrecha. Las paredes de las bodegas industriales les pasaron a centímetros. El agua del piso explotaba bajo las llantas como cortinas líquidas.

Valentina apretó los dientes. El corazón le latía tan rápido que lo sentía en la garganta, en las sienes, en las puntas de los dedos.

—Tranquila —dijo Damián sin mirarla. Sus ojos estaban fijos en el espejo lateral—. Ya casi.

El auto plateado seguía ahí. Más cerca.

Bruno volvió a girar, esta vez a la izquierda, en una callejuela que Valentina ni siquiera sabía que existía. Los muros de ladrillo le pasaron tan cerca que pudo ver las grietas. Un gato saltó de un bote de basura y desapareció en la oscuridad.

—Jefe, viene pegado.

—Lo sé. Sigue recto hasta el crucero del almacén viejo. Luego apaga las luces y gira a la derecha.

—¿Sin luces, jefe?

—Sin luces.

Bruno no discutió. El auto avanzó por la calle recta a una velocidad que hacía vibrar el piso. Valentina cerró los ojos.

"Por favor. Por favor que esto termine."

El crucero llegó. Las luces del auto se apagaron. De pronto estaban a oscuras, ciegos, avanzando solo con la luz de los relámpagos que partiéndose en el cielo como venas de fuego.

Bruno giró a la derecha con una precisión que sugería que había hecho esto antes. Muchas veces.

El auto entró en un callejón industrial, se deslizó entre dos contenedores enormes de carga, y se detuvo.

Motor apagado. Luces apagadas. Silencio.

Solo la lluvia golpeando el techo.

Valentina no respiraba. No podía. Tenía los ojos abiertos en la oscuridad y las manos aferradas al saco de Damián que todavía le cubría los hombros.

Pasaron diez segundos.

Veinte.

Las luces del auto plateado cruzaron por la calle principal, a treinta metros de ellos, sin detenerse. Sin girar. Se alejaron hasta que el brillo desapareció entre la lluvia como un animal que pierde el rastro.

Bruno exhaló.

—Eso estuvo cerca.

Damián no respondió. Giró la cabeza hacia Valentina. En la oscuridad, ella solo le veía los ojos. Brillaban con la luz de un relámpago lejano como dos brasas a punto de apagarse.

El silencio duró un latido. Dos. Tres.

—Ya estás a salvo, mariposa.

Valentina sintió que algo se rompía dentro de ella. No de golpe, no con estruendo, sino como un hilo que se deshace lentamente hasta que la tela ya no puede sostenerse.

"Mariposa."

Lo había leído en un mensaje. Lo había repetido en su cabeza docenas de veces. Pero escucharlo de su boca, en esa voz grave que convertía cada palabra en algo que pesaba, que ocupaba espacio, que se quedaba en el aire como humo...

Los ojos se le llenaron de lágrimas. No supo si era alivio o miedo o gratitud o algo que no tenía nombre todavía.

No dijo nada.

No hacía falta.

1
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que miedo
Jujerny Del Valle Farfan cuica
es una mujer sin voluntad propia
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que rabia con Valentina
Jujerny Del Valle Farfan cuica
Huy q miedo
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ya era hora 🥺
Jujerny Del Valle Farfan cuica
fuera de lo común me encanta 👏
Jujerny Del Valle Farfan cuica
siempre fue esto lo q quiso el pelambres este 😱
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que le pasa a esta mujer tanto miedo le tiene a Nicolás y no se va
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ojalá consiga aliados q la ayuden a salir de ese horror 😱
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ojalá consiga aliados q la ayuden a salir de ese horror 😱
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que terror vive Valentina!
Jujerny Del Valle Farfan cuica
no soy vip y no lo voy a ser aunque quiera soy de Venezuela 🥺
Jujerny Del Valle Farfan cuica
interesante
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ojalá Damián pueda sacarla d allí
Jujerny Del Valle Farfan cuica
por que tanto encierro es abrumador 🥺
Luz Silvero
x lo q entendí, si no entendí mal
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Gaby N
Tanto poder tiene Nicolás?
Xq el banana de Damián no hace nada?
Gaby N
Xq le dice "Cruza"?
Pdll Dsrth
🥰Esta novela diferente al principio casi dejo de leerla pero ya le fui tomando el hilo un buen final
Graciela Saiz
todo el mundo la manipula a esta mujer ,!
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play