Descripción
Maximiliano, un joven de 24 años, hereda la hacienda de su padre, Emiliano. Desde muy pequeño lo veía dirigir con firmeza y respeto a sus empleados, aprendiendo el valor del trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo. Ahora, convertido en el nuevo patrón, asume el reto de continuar el legado familiar. Lo que nunca imaginó fue que ese mismo lugar cambiaría su vida para siempre. Cuando una humilde campesina llega a trabajar a la hacienda, sus caminos se cruzan de una forma inesperada. Entre jornadas de campo, dificultades y sentimientos que crecen en silencio, ambos descubrirán que el amor puede florecer donde menos se espera.
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Capítulo 24 Lo que mi corazón ya no podía callar
Narra Maximiliano
Habían pasado los meses, las semanas y los días desde que Aurora llegó a la hacienda. Nunca imaginé que una persona pudiera cambiar tanto mi vida sin hacer el menor esfuerzo. Cuando la vi por primera vez, solo pensé que era una mujer trabajadora que necesitaba una oportunidad. Con el tiempo entendí que Dios la había puesto en mi camino por alguna razón.
Desde que mi papá me dejó la hacienda, asumí la responsabilidad de cuidar cada rincón de estas tierras. y aquí he dedicado gran parte de mi vida al trabajo. Conozco cada árbol, cada potrero, cada animal y a cada uno de los trabajadores como si fueran parte de mi familia.
Mi rutina siempre había sido la misma.
Levantarme antes de que saliera el sol, tomar un buen tinto, recorrer los corrales, revisar los cultivos, hablar con los empleados y asegurarme de que todo estuviera funcionando como debía.
Pero desde que Aurora llegó, esa rutina dejó de sentirse igual.
Sin darme cuenta, empecé a buscarla con la mirada apenas salía de la casa. Si la encontraba sonriendo, el día parecía más liviano. Si estaba ocupada organizando el trabajo, me acercaba con cualquier excusa para conversar unos minutos. Y cuando no la veía, algo dentro de mí sentía que faltaba.
Al principio me negué a aceptar lo que estaba pasando.
—No sea hombre tan iluso, Maximiliano —me decía a mí mismo—. Eso es pura admiración.
Pero el tiempo fue pasando y ya no podía seguir engañándome.
Pensaba en ella mientras trabajaba.
Recordaba su risa.
Su forma tranquila de hablar.
La dulzura con la que trataba a todos.
Y entendí que mi corazón ya había tomado una decisión.
Estaba enamorado de Aurora.
Sin embargo, no quería apresurar las cosas. Ella merecía respeto y tranquilidad. No quería que sintiera presión por el hecho de que yo fuera el dueño de la hacienda.
Esperé el momento indicado.
Y aquella tarde supe que había llegado.
Después del almuerzo la encontré dándole de comer a las gallinas
—Buenas tardes, Aurora.
Ella levantó la vista y sonrió.
—Buenas tardes, don Maximiliano.
—¿Cómo va todo?
—Muy bien, gracias a Dios. Todo quedó organizado y yo y los muchachos terminamos todos los labores
Asentí satisfecho.
—Me alegra escucharlo.
Guardé silencio unos segundos antes de hablar nuevamente.
—Aurora... ¿me acompañaría a dar una vuelta a caballo?
Ella pareció sorprenderse.
—Claro... con mucho gusto.
No pude evitar sonreír.
Minutos después ensillamos dos caballos y salimos despacio por uno de los caminos de la hacienda.
El aire fresco acariciaba el rostro mientras avanzábamos entre potreros verdes y árboles inmensos.
Durante el recorrido hablamos de muchas cosas.
Ella me contó recuerdos de su infancia en Boyacá, de los paisajes de su tierra y de lo mucho que extrañaba a su familia.
Yo le hablé de mi papá, de todo lo que me enseñó sobre el campo y de lo importante que era para mí mantener viva esta hacienda.
Las palabras fluían con tanta naturalidad que por momentos olvidé los nervios que llevaba por dentro.
Después de un buen rato llegamos hasta un lugar que siempre había significado mucho para mí.
Un enorme árbol extendía sus ramas junto al río. El agua corría cristalina entre las piedras mientras los pájaros cantaban sobre las copas de los árboles.
Nos bajamos de los caballos.
Les quitamos las riendas para que pastaran tranquilos cerca de la orilla mientras nosotros caminábamos hasta la sombra.
Aurora contempló el paisaje con una sonrisa.
—Es un lugar muy bonito.
—Sí. Siempre vengo cuando necesito pensar.
Nos sentamos sobre el pasto.
Por unos minutos ninguno habló.
Solo se escuchaba el murmullo del río.
Respiré profundamente.
Era ahora o nunca.
—Aurora...
Ella volvió a mirarme.
—¿Sí, don Maximiliano?
Sonreí.
—Quisiera pedirle un favor.
—Claro.
—Cuando estemos solos... dígame simplemente Maximiliano.
Ella sonrió con un poco de pena.
—Está bien... Maximiliano.
Sentir que pronunciaba mi nombre hizo que el corazón me golpeara con fuerza.
Tomé aire una vez más.
—Llevo mucho tiempo queriendo decirle algo.
Ella permaneció en silencio.
—Desde que llegó a esta hacienda, mi vida cambió. Ya no espero cada amanecer solamente por el trabajo. También espero verla a usted.
Mis manos temblaban.
Nunca me había sentido así.
—Me gusta su manera de ser, su nobleza, su fortaleza y la paz que transmite. Sin darme cuenta empezó a ocupar un lugar muy importante en mi corazón.
La miré directamente a los ojos.
—Aurora... estoy profundamente enamorado de usted.
El viento movió las ramas del árbol mientras el río seguía su curso.
—No espero que me responda de inmediato. Solo quería que supiera la verdad. Si usted no siente lo mismo, la voy a respetar como siempre lo he hecho.
Aurora levantó lentamente la mirada.
Sus ojos brillaban con una emoción que jamás olvidaré.
Y en ese instante comprendí que, sin importar cuál fuera su respuesta, ya no tenía que esconder lo que sentía.
Mi corazón, por fin, había hablado.