Una noche de alcohol erróneo, una suite a oscuras y una pasión salvaje que Sasha Castro no debió vivir. Al amanecer, el misterioso hombre desapareció, dejándole lagunas mentales y un embarazo de gemelos que la obligó a madurar a golpes.
Cinco años después, la rebelde indomable es una madre leona. Pero su mundo se desmorona: su hijo Oliver se debate entre la vida y la muerte por una leucemia agresiva. Nadie en su familia es compatible. El niño necesita la sangre de su padre biológico, un hombre cuyo rostro ella ni siquiera recuerda.
Para salvarlo, el clan Castro inicia una cacería implacable que desentierra un nombre: Ethan Vance, un frío y hermético CEO multimillonario. Él ignora que fue víctima de una trampa del pasado... y que es padre.
El tiempo se agota. Sasha debe arrastrar al implacable magnate a su red antes de que el secreto estalle, sin saber que el peligro que acecha al CEO amenaza con destruirlos a todos.
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CAPITULO 18. EL DESEMBARCO DEL DIRECTOR.
El lunes por la mañana amaneció con un cielo plomizo que amenazaba con descargar una nueva tormenta sobre la capital. En el piso ejecutivo de Vanguard Atelier, la atmósfera se sentía tan cargada que el aire parecía vibrar. Los empleados caminaban con paso apresurado, los secretarios organizaban carpetas de última hora y el murmullo de expectación se extendía por los pasillos de cristal. La licitación más agresiva de la historia de la firma familiar había funcionado: el gigante tecnológico extranjero estaba a punto de cruzar las puertas.
Sasha permanecía de pie detrás del gran mostrador de recepción de la planta noble. Llevaba un traje sastre gris marengo de corte impecable, una blusa de seda blanca abotonada hasta el cuello y el cabello oscuro rígidamente recogido en un moño bajo. Sus manos, ocultas bajo el mueble, estaban heladas. El reloj digital de la pared marcaba las ocho y cuarenta y cinco, y cada segundo que avanzaba se sentía como una pequeña puñalada en el pecho. El contador invisible seguía corriendo en su mente: setenta y cinco días. Setenta y cinco días para salvar a Oliver, que en ese mismo instante dormía en la clínica bajo la mirada protectora de Katerina.
—Vienen subiendo por el ascensor privado, Sasha. Mantén la calma —le susurró Daniel al pasar a su lado, camino a la sala de juntas. Su hermano mayor lucía impecable, pero la rigidez de sus hombros delataba que él también sentía el peso de la dinastía sobre sí.
Un sutil clic electrónico anunció la llegada del ascensor al final del pasillo. Las puertas de metal pulido se abrieron de par en par.
Primero salieron tres asesores internacionales vestidos con trajes oscuros idénticos, portando tabletas y maletines de cuero negro. Caminaban con la prisa eficiente de los hombres de negocios, abriendo paso a la figura que venía detrás.
Entonces, el mundo de Sasha se detuvo por completo.
Ethan Vance avanzaba a zancadas por el pasillo de cristal, flanqueado por su equipo. Su imponente estatura y la anchura de sus hombros dominaban todo el espacio con un poder natural que helaba la sangre. Vestía un traje de tres piezas de un azul noche tan oscuro que parecía negro, confeccionado a medida de forma milimétrica. Su rostro, de facciones marcadas y una mandíbula firme que parecía esculpida en piedra, no mostraba la menor emoción. Tenía la mirada fija al frente; unos ojos oscuros, tan profundos, fríos y distantes que hacían que cualquiera se apartara instintivamente de su camino. Era el reflejo exacto del hombre que Oliver contemplaba cada mañana en el espejo de su habitación infantil.
Sasha sintió que el suelo temblaba bajo sus pies y un sudor helado le recorrió la nuca. El corazón le dio un vuelco tan violento que le provocó un dolor físico en el pecho. No había dudas. Ninguna ecuación matemática habría podido ser tan exacta. Ese hombre de piedra que caminaba hacia ella con la arrogancia de un monarca internacional era el mismo extranjero que la había estrechado con desesperación en la penumbra de la suite del Grand Palace.
A medida que el grupo se acercaba al mostrador, el aire de la planta noble pareció cambiar de fragancia. Sasha contuvo el aliento y cerró los ojos una fracción de segundo al sentir que el aroma que tanto la había atormentado durante cinco años inundaba sus sentidos en el mundo real. Era una fragancia inconfundible, fría, sensual y adictiva: cítricos oscuros, un toque de tabaco rubio muy suave y un fondo de ámbar magnético. Su subconsciente no se había equivocado. Cada detalle estaba en su sitio.
Ethan Vance se detuvo justo frente al mostrador de recepción, esperando a que Daniel saliera a recibirlo. Por un breve instante, la mirada gélida del director extranjero descendió y se clavó de lleno en los ojos almendrados de Sasha. Fue un cruce de miradas que duró apenas dos segundos, pero que a ella le pareció una eternidad. Los ojos oscuros de Ethan la recorrieron con una indiferencia absoluta, la de un hombre de negocios que mira a una asistente anónima en una multinacional cualquiera. No había reconocimiento en sus pupilas, no había un flash de memoria. Nada. Para él, esa noche de droga y satén había sido borrada por completo de su mente, dejándolo limpio de culpas mientras su hijo Oliver libraba la batalla más dura por su vida en una cama de hospital.
Sasha apretó los puños bajo el mostrador, clavándose las uñas en las palmas de las manos para contener el grito de rabia, dolor e impotencia que amenazaba con escapar de su garganta al ver la frialdad de ese hombre. Daniel salió en ese instante del despacho principal, extendiendo la mano hacia el director extranjero con una sonrisa ejecutiva que disimulaba la tensión de la familia.
—Bienvenido a Vanguard Atelier, señor Vance. Es un placer tenerlo en nuestras oficinas —saludó Daniel con voz firme.
—El placer es mío, señor Castro. Vuestra propuesta de licitación ha sido excepcionalmente competitiva. Entremos en materia —respondió Ethan. Su voz era un barítono profundo, áspero y de una seguridad aplastante que hizo que a Sasha se le helara la sangre en las venas al recordar ese mismo tono susurrándole al oído en la penumbra.
La comitiva extranjera entró a la sala de juntas, cerrando las inmensas puertas de madera noble tras de sí y dejando a Sasha sola en la recepción. Se dejó caer en la silla de piel de su puesto de trabajo, tapándose el rostro con las manos mientras una lágrima silenciosa de pura adrenalina resbalaba por su mejilla. Había encontrado al donante. El hombre de la suite tenía un nombre y estaba a pocos metros de ella, pero su mirada de hielo le había demostrado que el camino para conseguir su sangre no sería una simple negociación comercial. La verdadera caza acababa de comenzar.