Yael Yúnez tiene veinte años, cabello plateado, y un secreto que lo mantiene caminando en la cuerda floja: a los dieciocho se casó con su "hermano mayor", León Luján — el heredero que abandonó una fortuna familiar para estar con él.
Ahora León es el CEO de LX Capital, la firma de inversiones más temida de Ciudad del Valle. También es el nuevo patrono de UniValle, la universidad donde Yael estudia artes. Nadie sabe que el empresario de mirada glacial llega cada noche a casa a cocinarle pasta a un chico de pelo plateado que le pone apodos ridículos en WhatsApp.
Pero los secretos no duran para siempre.
Cuando una foto se viraliza, cuando los empleados de LX empiezan a murmurar sobre "la pareja del jefe", y cuando un hombre del pasado de León aparece con una obsesión peligrosa por Yael... el matrimonio oculto empieza a resquebrajarse.
Gonzalo Luján — hermanastro de León, vicepresidente del imperio que León rechazó — lleva años observando a Yael en silencio. Y ahora está decidido a tomar todo lo que León tiene: su empresa, su posición... y su esposo.
"Quiero que te divorcies de él."
"Señor Luján, la clínica psiquiátrica queda a dos cuadras. Todavía hay camas disponibles."
En medio del caos, Yael descubrirá la verdad que León siempre le ocultó: por qué se fue dos años, por qué nunca volvió a su familia, y qué fue exactamente lo que sacrificó — todo por un chico que ni siquiera sabía lo amado que era.
Contenido:
🔥 CEO posesivo que se derrite solo por su esposo
💍 Matrimonio secreto (¡ya están casados desde el capítulo 1!)
😭 "Te hago llorar pero después te consiento"
⚡ Villano obsesivo + drama familiar + plot twists
💕 Tres parejas, todas adorables
🌶️ Escenas subidas de tono (con mucho amor)
NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12
Capítulo 12
La foto
Y se quedó sentado a su lado.
Yael entendió entonces que León Luján tenía dos modos de destruirle la paz.
Uno era besarlo hasta que olvidara su propio nombre.
El otro era sentarse correctamente, con las manos sobre las rodillas, en un auditorio lleno de estudiantes, y fingir que no acababa de hacer que medio mundo quisiera saber por qué había elegido ese asiento.
—No te muevas tanto —susurró Luca desde el otro lado.
—No me estoy moviendo.
—Estás vibrando.
—Es mi alma tratando de escapar.
Félix dibujó una línea rápida en su libreta.
—Eso visualmente funciona.
Quique, en cambio, no dibujaba ni bromeaba. Miraba a León de reojo, luego a Simón, luego a Yael. Sus sospechas ya no eran chispas sueltas; estaban formando una fogata pequeña y molesta.
La rectora continuó con el programa. El recorrido se pospuso unos minutos porque varios representantes estudiantiles pidieron ampliar la conversación. León aceptó quedarse en la fila, tomando notas con una calma insoportable. De vez en cuando hacía una pregunta precisa. De vez en cuando Simón le acercaba un documento. De vez en cuando Mariana, detrás, susurraba cosas como "qué voz" o "qué manos".
Yael estaba a punto de cometer un crimen.
León ni siquiera lo miró.
Eso era lo peor.
Si lo miraba, todos podían notarlo. Si no lo miraba, Yael quería obligarlo a mirarlo, lo cual era más peligroso y mucho más humillante.
—Señor Luján —dijo un representante de ingeniería desde el pasillo—, ¿el fondo incluirá apoyo para proyectos interdisciplinarios?
León giró apenas el rostro.
—Sí. Pero con evaluación real. Interdisciplinario no significa juntar tres carreras en un PDF y llamarlo innovación.
Varias personas rieron.
Yael sonrió antes de poder evitarlo.
León lo vio.
Solo un segundo.
Suficiente.
La comisura de su boca apenas se movió.
Yael bajó la mirada de inmediato, odiándolo por tener autocontrol y por perderlo justo lo necesario.
Entonces sintió el roce.
No en la mano.
Primero fue en la manga. Los dedos de León, al bajar el documento sobre la silla entre ambos, tocaron apenas la tela de su sudadera. Cualquiera habría pensado que fue accidente. Yael no. León no hacía accidentes con las manos.
Yael dejó de respirar.
León siguió mirando al frente.
Los dedos volvieron.
Esta vez tocaron el dorso de su mano.
Yael apretó el puño sobre la mochila.
—No —susurró sin mover los labios.
León, sin mirarlo, abrió la carpeta sobre sus rodillas, creando una pantalla mínima entre ellos y el pasillo.
Luego le tomó la mano.
Yael sintió que el auditorio entero se inclinaba sobre ellos, aunque nadie hubiera visto nada todavía. La mano de León era cálida, firme, demasiado familiar. Le cubrió los dedos con una tranquilidad que rozaba la crueldad.
—León —susurró.
—Respira.
—Te voy a matar.
—Después.
La respuesta fue tan baja que apenas existió, pero Yael la oyó completa. Y, peor todavía, le dio risa.
Una risa mínima, apretada, que tuvo que convertir en tos.
Quique giró.
—¿Estás bien?
Yael escondió mejor la mano bajo la carpeta.
—Aire pesado.
Luca hizo un sonido ahogado.
Félix, sin mirar directamente, escribió en una esquina: "El dragón toma la mano del príncipe en plena asamblea".
Yael alcanzó a verlo y le lanzó una mirada asesina.
Félix dibujó una carita inocente.
La conversación siguió. Un profesor habló de becas. Mariana preguntó si habría convocatoria para asistentes de taller. León respondió con normalidad mientras sostenía la mano de Yael como si fuera lo más razonable del mundo. Cada tanto, el pulgar le rozaba los nudillos. Cada roce decía lo mismo que no podía decir en voz alta.
Estoy aquí.
Te vi.
No voy a soltarte.
Yael debería estar molesto. Lo estaba. Muchísimo.
También estaba tan feliz que quería morder la carpeta.
En algún punto, Quique se inclinó hacia él.
—¿Por qué tienes la carpeta del señor Luján sobre las piernas?
Yael miró hacia abajo.
Efectivamente, la carpeta de León descansaba mitad sobre su pierna, mitad sobre la de él, cubriendo sus manos unidas.
—Porque... estamos revisando observaciones.
—Tú no estás viendo nada.
—Estoy absorbiendo información por proximidad.
Quique abrió la boca.
Luca lo interrumpió con desesperación:
—Eso sí pasa en artes.
Félix asintió.
—Ósmosis estética.
Quique los miró como si todos hubieran perdido la vergüenza en grupo.
León soltó la mano de Yael justo antes de que la rectora se acercara a la fila. Fue tan oportuno que nadie podría acusarlo de imprudente. Yael, en cambio, quedó con los dedos vacíos y el corazón golpeando como si lo hubieran abandonado en una estación.
Ridículo.
Completamente ridículo.
La rectora sonrió.
—Señor Luján, si gusta, podemos pasar al área de talleres.
León se levantó.
El auditorio pareció acomodarse con él. Simón tomó la carpeta. Los profesores se pusieron de pie. Los estudiantes volvieron a murmurar.
Yael pensó que, por fin, el peligro había pasado.
Entonces León se inclinó apenas hacia él, frente a todos, con la excusa perfecta de recoger un documento que había quedado en la silla.
—Buen comentario sobre los murales, señor Yúnez —dijo en voz baja, pero audible.
Formal.
Correcto.
Imposible.
Yael apretó los labios.
—Gracias, señor Luján.
Mariana soltó un chillido ahogado.
Quique no parpadeó.
León se alejó con la rectora y Simón.
Yael dejó caer la cabeza hacia atrás, listo para morir de vergüenza.
No le dieron ni tres segundos de duelo.
Mariana apareció por encima del respaldo como si hubiera sido invocada por el chisme.
—Explícame.
Yael ni abrió los ojos.
—No.
—El señor Luján se sentó a tu lado.
—Había un asiento.
—Te habló al oído.
—El auditorio tiene mala acústica.
—Te dejó su carpeta encima.
—Administración compartida de documentos.
Félix levantó la libreta.
—Eso no existe, pero suena caro.
Quique seguía callado. Esa era la parte que más incomodaba a Yael. Si Quique gritaba, podía responder. Si hacía preguntas, podía mentir. Pero Quique callado significaba que estaba juntando piezas.
—¿Por qué no te pusiste nervioso cuando habló de becas —dijo al fin—, pero sí cuando se sentó aquí?
Yael abrió los ojos.
—Sí me puse nervioso por las becas.
—No. Te pusiste raro cuando dijo tu nombre.
Luca se pasó una mano por la cara.
—A todos nos pone raros que un millonario diga nuestro nombre.
—A ti te puso raro desde que entró.
—Porque soy sensible al capitalismo.
Félix escribió esa frase.
Yael se levantó de golpe.
—Necesito agua.
—Tienes una botella en la mochila —dijo Quique.
—Necesito agua de otro lugar.
Mariana lo siguió con la mirada, encantada.
—Esto está buenísimo.
—No hay esto —dijo Yael.
—Cuando alguien dice que no hay esto, siempre hay esto.
En la última fila del auditorio, una estudiante que había estado grabando historias para la cuenta de confesiones bajó el celular. En la pantalla quedó congelado el momento exacto en que León, inclinado hacia Yael, le hablaba demasiado cerca mientras él sostenía la carpeta contra las piernas.
La imagen no mostraba las manos. Eso habría sido demasiado claro. Pero mostraba la distancia inexistente entre ellos, la curva mínima de la boca de León y la forma en que Yael, con el cabello plateado encendido por las luces del auditorio, parecía a punto de romperse de vergüenza.
Era suficiente para que cualquiera inventara una historia.
La estudiante sonrió.
Y tomó la foto.