Entre cadenas y cicatrices
Antes de convertirse en asesinos, estrategas o mafiosos... fueron niños que solo querían ser amados.
Siete hombres marcados por el abandono, el dolor y los secretos del pasado terminan reuniéndose en la poderosa Mafia Portuaria. Allí descubrirán que las cadenas más difíciles de romper no son las del crimen, sino las que nacen del miedo, la obsesión y la necesidad de pertenecer.
Mientras intentan sobrevivir en un mundo donde un solo error significa la muerte, un misterioso enemigo comienza a mover las piezas desde las sombras. Su nombre es Kaiser Himura, un hombre dispuesto a destruir todo con tal de obtener aquello que desea.
Traiciones, alianzas, violencia, romance, lealtades enfermizas y cicatrices que jamás terminaron de sanar se entrelazan en una historia donde el amor puede convertirse en la peor prisión.
Porque algunos nacen para ser héroes...
Ellos solo intentan sobrevivir.
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Capitulo 13 — La sombra que nunca se fue
"El pasado no siempre desaparece. A veces solo espera el momento perfecto para volver a aparecer."
Después de compartir fragmentos de sus historias, el grupo comenzó a sentir que el peso de sus heridas era un poco más ligero.
No porque el dolor hubiera desaparecido.
Sino porque, por primera vez, había personas capaces de comprenderlo.
Las conversaciones se hicieron más frecuentes.
Las risas comenzaron a llenar espacios donde antes solo existía el silencio.
Por un instante, todos creyeron que la vida finalmente les estaba dando una oportunidad para empezar de nuevo.
Pero había algo que ninguno podía explicar.
Una sensación incómoda.
Como si unos ojos invisibles los siguieran a todas partes.
Todo comenzó con pequeños detalles.
Yuki sintió que alguien caminaba detrás de él al regresar a casa, pero cuando volteó, la calle estaba completamente vacía.
Shuto creyó ver una silueta reflejada en la ventana de una cafetería. Al girarse, ya no había nadie.
Asher encontró la puerta de su apartamento entreabierta, aunque estaba seguro de haberla cerrado antes de salir.
Zamir empezó a notar que ciertas personas parecían observarlo durante demasiado tiempo.
Xoam tuvo la extraña impresión de escuchar pasos detrás de él en mitad de la noche.
Thiago, por primera vez en mucho tiempo, dejó de sonreír.
Y Amets sintió un escalofrío recorrer su espalda sin encontrar una explicación.
Al principio intentaron convencerse de que todo era una coincidencia.
Hasta que Kento habló.
—No es nuestra imaginación.
El grupo lo miró en silencio.
Su expresión era distinta.
La serenidad que siempre lo caracterizaba había desaparecido.
En su lugar había una preocupación que ninguno le había visto antes.
—Nos están observando.
Aquellas palabras hicieron que el ambiente se volviera pesado.
Nadie hizo preguntas.
Porque, en el fondo, todos habían comenzado a sentir lo mismo.
Horas después, mientras regresaba a su habitación, Yuki encontró un sobre blanco apoyado junto a la puerta.
No tenía nombre.
No tenía remitente.
Solo estaba allí.
Lo tomó con cuidado y lo abrió.
Dentro había una única hoja.
Una sola frase escrita con una elegante caligrafía negra.
"Las cicatrices que intentan ocultar... pronto volverán a abrirse."
Yuki sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Corrió hasta donde estaban los demás y les mostró la carta.
Todos la observaron.
Nadie reconocía aquella escritura.
Nadie entendía quién podía conocer una verdad que solo ellos compartían.
Pero todos comprendieron una cosa.
Aquello no era una simple amenaza.
Era un mensaje de alguien que conocía sus heridas.
Alguien que sabía exactamente dónde atacar.
Mientras tanto...
En la parte más alta de un edificio, un hombre permanecía inmóvil frente a un enorme ventanal.
La ciudad brillaba bajo la oscuridad de la noche.
Sus manos descansaban sobre una mesa cubierta por varias fotografías.
Yuki.
Shuto.
Asher.
Zamir.
Xoam.
Thiago.
Amets.
Kento.
Cada fotografía tenía un círculo rojo dibujado alrededor del rostro.
El hombre las observó una por una con absoluta calma.
Como si llevara años esperando aquel momento.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Por fin...
Tomó una de las fotografías entre sus dedos.
La sostuvo unos segundos antes de volver a dejarla sobre la mesa.
—Pronto volveremos a encontrarnos.
Su voz era serena.
Demasiado serena.
No había odio.
No había prisa.
Solo la seguridad de alguien que sabía exactamente cuál sería su siguiente movimiento.
Sin apartar la mirada de la ciudad, apagó la luz de la habitación.
Las fotografías quedaron iluminadas únicamente por el resplandor de la luna.
En el silencio, una sola verdad comenzó a tomar forma.
Las cicatrices del pasado nunca habían dejado de perseguirlos.
Y la sombra que los observaba desde hacía tanto tiempo...
Jamás se había ido.