Su padre debía millones.
Él necesitaba una esposa.
Ella fue la garantía.
Cuando Alessia Lombardi es obligada a casarse para pagar la deuda millonaria de su padre, descubre que su nuevo esposo no es solo un hombre frío y poderoso, sino el heredero de una de las organizaciones más peligrosas del país. El contrato es claro: un año de matrimonio, sin amor y sin sentimientos. Pero nadie les advirtió que el odio puede transformarse en algo mucho más intenso.
NovelToon tiene autorización de Yoryanis R. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO-2
...Llegada...
El coche se detuvo frente a una reja de hierro negro que parecía sacada de una fortaleza.
No de una casa.
De un territorio.
Las puertas se abrieron lentamente y el vehículo avanzó por un camino largo rodeado de jardines perfectamente cuidados. Todo estaba demasiado ordenado. Demasiado silencioso.
—Bienvenida a tu nuevo hogar —dijo Thiago desde el asiento junto a mí.
No lo miré.
—No lo llames así.
—¿Cómo prefieres llamarlo?
—Contrato.
Una leve curva apareció en la esquina de sus labios, pero desapareció casi de inmediato.
El coche se detuvo frente a la mansión.
Era enorme.
Columnas blancas, ventanales altos, escaleras amplias que conducían a una entrada doble. Todo gritaba poder, dinero… y control.
Un hombre abrió mi puerta.
—Señora.
La palabra se sintió extraña.
Caminé hacia la entrada con Thiago detrás de mí. Cada paso hacía más real la decisión que había tomado esa mañana.
Dentro, la casa era aún más impresionante. Mármol, lámparas de cristal, obras de arte colgadas en las paredes.
Nada parecía colocado al azar.
Todo estaba calculado.
Una mujer de mediana edad apareció desde el pasillo principal.
—Señor —saludó con una leve inclinación de cabeza.
Luego me observó con curiosidad respetuosa.
—Esta es Marta —dijo Thiago—. Se encarga de la casa.
—Es un placer conocerla, señora.
—Alessia está bien.
Marta sonrió con amabilidad.
—Entonces Alessia.
Thiago se quitó la chaqueta del traje y se la entregó a uno de los empleados que había aparecido sin que me diera cuenta.
—Marta te mostrará tu habitación.
Alcé una ceja.
—¿Mi habitación?
—Sí.
—Pensé que los matrimonios compartían una.
—Este es un matrimonio diferente.
No sabía si sentir alivio… o algo más difícil de nombrar.
Marta me guió por un largo pasillo.
Mientras caminábamos, noté algo que no había visto al entrar.
Guardias.
Discretos, pero claramente armados.
—¿Siempre hay tanta seguridad? —pregunté.
—El señor Russo tiene muchos enemigos.
Perfecto.
Eso era exactamente lo que una persona quería escuchar después de mudarse con un desconocido.
Llegamos a una puerta doble.
—Aquí está.
El dormitorio era enorme. Cama amplia, muebles elegantes, un balcón que daba a los jardines traseros.
Hermoso.
Pero no se sentía mío.
—Si necesita algo, puede llamarme —dijo Marta antes de retirarse.
Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió.
Caminé hacia el balcón.
Desde allí podía ver gran parte de la propiedad.
Guardias caminaban cerca de la entrada.
Vehículos entrando y saliendo.
Personas que claramente trabajaban para él.
Para Thiago Russo.
El hombre con el que acababa de casarme.
La puerta se abrió de nuevo.
—Pensé que necesitarías unos minutos para adaptarte.
Thiago se apoyó contra el marco de la puerta.
—Sigo adaptándome —respondí.
—Lo harás.
—No suenas muy preocupado por mi comodidad.
—No lo estoy.
Al menos no fingía.
Se acercó lentamente por la habitación.
—Esta casa tiene reglas.
—Me lo imaginaba.
—La más importante es simple: no tomes decisiones impulsivas dentro de mi mundo.
—¿Tu mundo?
—Sí.
—¿Y cuál es exactamente?
Thiago me observó con esa mirada fría que parecía atravesarlo todo.
—El tipo de mundo donde la gente desaparece si se equivoca.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—Muy tranquilizador.
—Es honesto.
—Eso no lo hace mejor.
Hubo un silencio breve.
Luego habló otra vez.
—Esta noche tendremos una cena.
—¿Cena?
—Con algunos socios.
—¿Socios o criminales?
—Las etiquetas dependen del punto de vista.
Suspiré.
—Supongo que no puedo negarme.
—No.
Se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Marta te ayudará a prepararte.
—¿Prepararme para qué?
Thiago me miró una última vez.
—Para conocer el mundo en el que acabas de entrar.
La puerta se cerró.
Y por primera vez desde que firmé aquel contrato, entendí algo con absoluta claridad:
Ser la esposa de Thiago Russo no solo significaba vivir bajo su techo.
Significaba aprender a sobrevivir en su mundo.