Holaaa regrese con una nueva hosyrtoa que espero que les encante
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5
Las hojas del bosque volvieron a moverse apenas la extraña presencia desapareció entre las sombras.
Oculto sobre las ramas de un inmenso fresno, un ser de ojos completamente dorados observaba el claro donde Laira permanecía junto al pegaso.
Su piel tenía el color de la corteza y dos largos cuernos se curvaban hacia atrás como las ramas de un ciervo antiguo.
Era un Vigía del Bosque Oscuro.
Una criatura tan vieja como los primeros árboles.
Sus pupilas se estrecharon.
—La Heredera…
Su voz era apenas un susurro.
Miró al joven pegaso inclinar la cabeza frente a la muchacha.
Aquello confirmó todas sus sospechas.
—Las bestias antiguas ya la reconocen...
Entonces sonrió.
Una sonrisa inquietante.
—Debo avisar al Rey antes de que el Archimago la encuentre.
Su cuerpo comenzó a deshacerse en miles de hojas negras que el viento arrastró hacia las profundidades del Bosque Oscuro.
Sin saber que había sido observada, Laira permaneció unos minutos más acariciando el cuello del pegaso.
El animal parecía negarse a marcharse.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Piensas seguirme a casa?
El pegaso emitió un suave relincho.
—No creo que mis padres acepten tener un pegaso en el establo.
La criatura rozó su hombro con el hocico antes de desplegar las alas.
Con un poderoso impulso se elevó sobre los árboles.
Durante unos segundos dio vueltas sobre el claro, como si memorizara el lugar.
Después desapareció entre las nubes.
Laira permaneció observando el cielo.
—Qué extraño eres...
Continuó caminando hasta llegar al pequeño arroyo que cruzaba el bosque.
Era uno de sus lugares favoritos.
El agua descendía limpia entre las piedras mientras los rayos del sol atravesaban las copas de los árboles.
Se sentó sobre una roca lisa.
Se quitó las botas y dejó que el agua fría acariciara sus pies.
Por primera vez desde el ataque del trol pudo respirar con tranquilidad.
Pero entonces recordó las palabras de su madre.
"El Mago sin Corazón..."
Bajó la vista hacia el agua.
—¿De verdad existirá alguien incapaz de sentir?
Pensó en el Archimago.
En aquella mirada tan fría.
En la forma en que había eliminado al trol sin mostrar la menor emoción.
No parecía un hombre.
Parecía una estatua.
Una hecha de hielo.
—Debe ser horrible vivir así...
Muy cerca de allí...
Asterion caminaba lentamente entre los árboles.
No iba acompañado por soldados.
Tampoco por aprendices.
No los necesitaba.
La magia era suficiente para protegerlo.
Había regresado al bosque porque aún podía percibir un leve rastro de aquella energía.
Era débil.
Como un perfume que el viento insistía en borrar.
Cada paso lo acercaba...
Y, sin embargo...
Nunca terminaba de alcanzarla.
Eso comenzaba a irritarlo.
Frunció el ceño.
—Muéstrate.
El bosque respondió únicamente con el murmullo del agua.
Entonces la vio.
Una joven sentada junto al arroyo.
Descalza.
Con el cabello moviéndose suavemente por la brisa.
Parecía completamente ajena al peligro que escondía aquel bosque.
Asterion la observó durante unos segundos.
No sintió magia.
Ni una sola chispa.
Era una simple campesina.
Sin embargo...
Algo en ella llamó su atención.
No supo explicar qué.
Quizá la tranquilidad con la que permanecía en un lugar donde cualquier otra persona sentiría miedo.
Laira levantó la vista.
Sus ojos verdes se encontraron con los azules del Archimago.
El tiempo pareció detenerse.
Ella fue la primera en hablar.
—¿Siempre acostumbra aparecer sin hacer ruido?
Asterion arqueó una ceja.
No era la reacción que esperaba.
La mayoría de las personas bajaban la cabeza.
Temblaban.
Evitaban mirarlo.
Aquella muchacha, en cambio...
Parecía más curiosa que asustada.
—Este bosque no es seguro.
—Lo sé.
—Entonces debería marcharse.
—Lo haré cuando termine de descansar.
Asterion la estudió unos segundos.
Había algo extraño.
No podía leer su esencia mágica.
Era como mirar una página completamente en blanco.
Y eso...
Jamás le había ocurrido.
—¿Vive cerca?
—En Valdoren.
—¿Su nombre?
Ella dudó apenas un instante.
—Laira.
El Archimago memorizó aquel nombre sin saber por qué.
Un silencio incómodo cayó entre ambos.
Fue roto por un sonido grave.
Un crujido.
Después otro.
Las aves levantaron el vuelo de golpe.
Los árboles comenzaron a estremecerse.
Asterion giró lentamente la cabeza.
Sus ojos cambiaron de expresión.
Por primera vez...
Mostraron verdadera alerta.
Desde la espesura emergió una criatura gigantesca.
Más alta que dos hombres.
Cubierta por una armadura natural de raíces y piedra.
Su rostro recordaba al de un ciervo, pero de sus mandíbulas sobresalían colmillos negros.
Los ojos brillaban con un intenso color rojo.
No era un trol.
Era mucho peor.
La criatura olfateó el aire.
Después fijó la vista en Laira.
Y sonrió.
Una sonrisa llena de hambre.
—Por fin te encontré... Heredera.La criatura rugió con tal fuerza que las hojas de los árboles comenzaron a desprenderse de las ramas.
Sin previo aviso, se lanzó sobre Laira.
Todo ocurrió en un instante.
El suelo tembló bajo el peso del monstruo.
Laira apenas alcanzó a dar un paso hacia atrás.
Una barrera de luz azul apareció frente a ella.
El impacto fue tan violento que una onda de energía recorrió el bosque, doblando los árboles más cercanos.
Asterion ni siquiera había pronunciado un hechizo.
Bastó con extender una mano.
La criatura quedó inmóvil en el aire, atrapada por una fuerza invisible.
Sus enormes garras arañaban el vacío mientras rugía con desesperación.
Los ojos del Archimago permanecían impasibles.
—Vuelve a las sombras.
Su voz sonó tan fría como el invierno.
Las runas doradas comenzaron a girar alrededor del monstruo.
Segundos después, el cuerpo de la bestia se desintegró en miles de partículas negras que el viento arrastró hacia las profundidades del bosque.
El silencio volvió.
Laira observó el lugar donde segundos antes había estado la criatura.
Parpadeó un par de veces.
Luego giró hacia Asterion.
—¿Qué era eso?
El Archimago la miró con evidente sorpresa.
—¿Eso es lo primero que pregunta?
—Bueno...
—Acababa de intentar matarla.
Laira se encogió ligeramente de hombros.
—Sí... pero nunca había visto una criatura así.
Asterion dio un paso hacia ella.
Luego otro.
Hasta quedar frente a frente.
Apoyó ambas manos sobre sus hombros con firmeza.
No fue un gesto cariñoso.
Fue el gesto de alguien intentando hacer entrar en razón a otra persona.
—¿Entiende siquiera el peligro en el que se encuentra?
La voz del Archimago era dura.
Cortante.
—Este bosque ya no es un lugar seguro.
No vuelva a entrar aquí.
Nunca.
Laira levantó lentamente la mirada.
Por primera vez pudo observar su rostro tan de cerca.
Era joven.
Demasiado joven para alguien del que hablaban las leyendas.
Sin embargo, sus ojos...
Parecían haber vivido siglos.
Entonces sonrió apenas.
Una sonrisa pequeña.
Curiosa.
—Qué extraño...
Asterion frunció el ceño.
—¿Qué?
—Mi madre me contó una historia sobre usted.
El Archimago retiró lentamente las manos de sus hombros.
—¿Una historia?
—La del Mago sin Corazón.
Por primera vez en muchos años...
Asterion permaneció completamente inmóvil.
Nadie pronunciaba ese nombre delante de él.
Nadie.
Laira continuó hablando con absoluta naturalidad.
—Decían que era incapaz de sentir.
Que no conocía la compasión.
Que jamás ayudaría a alguien si no obtenía algo a cambio.
Bajó la vista unos segundos.
Después volvió a mirarlo.
—Entonces...
¿Por qué me salvó?
El bosque entero pareció guardar silencio.
Asterion no respondió.
Porque, por primera vez en siglos...
No tenía una respuesta que pudiera darse ni siquiera a sí mismo.