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Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

NovelToon tiene autorización de Benito Leal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Prólogo

La tumba sin nombre

El otoño había desnudado los árboles de Santa Lucía y cubierto el cementerio con hojas del color del cobre viejo. El viento las empujaba entre las tumbas con un murmullo de faldas arrastradas, como si las mujeres muertas pasearan todavía por los senderos, celosas de quienes conservaban un cuerpo al que regresar.

Diane avanzó sin apresurarse. Vestía de negro, aunque no era el negro reciente y brillante de los lutos que aún esperan consuelo, sino uno profundo, apagado por los años, semejante al hollín que queda después de un incendio. El ala de su sombrero ocultaba la mitad superior de su rostro; solo dejaba al descubierto la palidez de sus mejillas, la firmeza aprendida de su boca y una lágrima que el frío no consiguió secar.

A varios pasos de distancia, el cochero aguardaba junto al carruaje. Había recibido la orden de no seguirla. Nadie debía escuchar lo que Diane había venido a decir. Algunas verdades, pensó, eran animales nocturnos: podían vivir décadas enteras escondidas, alimentándose del silencio, pero se volvían feroces cuando alguien intentaba sacarlas a la luz.

Conocía de memoria aquel camino. Siete cipreses desde la entrada de hierro, luego la capilla pequeña, el ángel sin una mano y, al final, el sendero estrecho donde las raíces habían levantado las piedras. Sin embargo, esa tarde cada paso pareció conducirla no hacia una tumba, sino hacia una versión de sí misma que había dejado enterrada mucho antes de que alguien ocupara aquella fosa.

Se detuvo frente a la lápida.

Las hojas húmedas se habían acumulado sobre la inscripción. Diane no las retiró. Tampoco necesitaba leer el nombre. Lo había pronunciado demasiadas veces en sueños y muy pocas cuando todavía podía obtener una respuesta. A veces despertaba con él pegado al paladar, amargo como el humo del tabaco; otras, lo sentía descansar detrás de los dientes, igual que una confesión que temiera convertirse en sentencia al tocar el aire.

Abrió el bolso que llevaba sujeto a la muñeca y sacó una magnolia blanca. No era época de magnolias. Había sido cultivada bajo cristal, protegida de la escarcha y del viento, obligada a florecer cuando la naturaleza exigía reposo. Diane pasó el pulgar por uno de sus pétalos y pensó que tal vez todas las cosas hermosas de su vida habían nacido de la misma violencia: crecer antes de tiempo, resistir estaciones equivocadas, aprender a parecer intactas mientras las raíces se desgarraban bajo tierra.

Depositó la flor sobre la piedra. El blanco resaltó contra el musgo como una pequeña llama incapaz de dar calor.

—He tardado demasiado —dijo.

El cementerio recibió sus palabras y no devolvió ni siquiera un eco. A lo lejos, una campana anunció las cuatro. Su sonido cruzó la ciudad portuaria, pasó sobre los tejados, rozó los almacenes, las chimeneas y los mástiles que se balanceaban en la bahía. El mar respiraba detrás de los muros como una criatura inmensa; la misma criatura que durante años había transportado tabaco, fortuna, amenazas y personas convertidas en secretos.

Diane cerró los ojos. Por un instante volvió a sentir sal en los labios, tinta en los dedos y heno adherido al vestido. Vio un cielo pintado de rojo triste. Escuchó el crujido de una pluma firmando un contrato. Recordó unas manos ásperas que prometían regresar, otras manos enguantadas que fingían no temblar y las de su madre, frías y precisas, cerrándose sobre su hombro como un candado.

Había creído que el tiempo ordenaría aquellos recuerdos. Que separaría el amor de la culpa, la gratitud de la rabia y la pérdida de todo aquello que, contra su voluntad, había recibido gracias a ella. Pero los años no habían desenredado nada. Solo habían apretado el nudo hasta convertirlo en una parte más de su cuerpo.

Se arrodilló. La tierra oscura humedeció el borde de su falda, pero Diane no hizo ademán de levantarse. Apoyó una mano enguantada sobre la lápida. El mármol estaba tan frío que el contacto atravesó la tela.

—Ahora sí conocerás toda la verdad.

Su voz se quebró en la última palabra. No lloró como la joven que alguna vez se había escondido en una habitación para golpear el colchón y tragarse los gritos. Sus lágrimas descendieron en silencio, lentas y pesadas, como si cada una llevara dentro un año entero.

—Te contaré lo que ocurrió después. Lo que nunca entendiste. Lo que yo tampoco quise comprender hasta que fue demasiado tarde.

Una ráfaga levantó las hojas que cubrían la base de la tumba. Durante un segundo, algunas letras quedaron al descubierto. Diane bajó la mirada hacia la magnolia antes de que el nombre pudiera mostrarse por completo. Incluso allí, frente a la muerte, continuaba temiendo ciertas revelaciones.

Respiró hondo. El aire olía a lluvia próxima, piedra mojada y humo lejano. Santa Lucía seguía viviendo más allá de las rejas: los barcos entraban al puerto, los comerciantes discutían precios, las familias protegían sus apellidos y las muchachas aprendían a sonreír mientras otros decidían su porvenir. La ciudad había cambiado de dueños, pero no de costumbres.

Diane retiró lentamente el guante de su mano derecha. En su dedo no había alianza. Solo una cicatriz delgada cruzaba la palma, casi borrada, semejante a una línea trazada con carbón. La apoyó directamente sobre la piedra.

—Todo comenzó cuando yo tenía diecisiete años —susurró— y aún creía que una princesa era una mujer amada por todos, no una muchacha encerrada en una torre construida con el miedo de su propia familia.

La primera gota de lluvia cayó sobre la magnolia. Después otra. El agua se deslizó por los pétalos y llegó hasta la inscripción oculta, como si la tumba llorara desde dentro.

Diane inclinó la cabeza y permitió que el pasado abriera, una vez más, sus puertas.

Aquel año, el otoño también había llegado temprano. Las hojas de tabaco se secaban antes de tiempo, los almacenes estaban casi vacíos y su padre llevaba tres noches sin dormir. Ella no sabía nada de cifras, de deudas ni de barcos detenidos al otro lado del océano. Su mundo todavía cabía en un cuaderno de dibujos, en un sendero junto al río y en los ojos de un muchacho que le había enseñado que el cielo podía pintarse con todos sus colores rotos.

Entonces llegó la carta de Don Guillermo.

Y la primera sombra encontró el camino hacia su casa.

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