Desperté años en el pasado con una misión: eliminar al futuro Rey Demonio.
Sin embargo, cuando lo encontré, era solo un bebé.
Un bebé demasiado inteligente.
Un bebé que conocía mi nombre.
Un bebé que me miró con tristeza y susurró:
—Te encontré otra vez, mamá
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El niño que no debería saber magia
—¿Hay postres?
—No.
—Entonces rechazo la invitación.
—¡Lucien!
—¿Qué?
—No puedes rechazar una academia mágica por los postres.
—Claro que puedo.
—No.
—Ya lo hice.
Lyra sintió el inicio de otro dolor de cabeza.
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La mujer de cabello plateado parecía divertirse.
Demasiado.
—Es un niño interesante.
—Es agotador.
Respondió Lyra.
—Lo sé.
Dijo Lucien.
—Lo vivo todos los días.
—¡Tú eres el problema!
—Opinión discutible.
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Finalmente aceptaron visitar la Academia Celestia.
Solo visitar.
Eso había dejado claro Lyra.
Muy claro.
Aunque sospechaba que nadie la estaba escuchando.
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La academia estaba construida sobre una colina.
Torres blancas.
Jardines enormes.
Fuentes encantadas.
Y estudiantes vestidos con elegantes uniformes.
Lucien observó todo.
—Es bonita.
—Sí.
—Podría vivir aquí.
—No.
—Podría intentarlo.
—Lucien.
—Sí.
—No.
—Entendido.
Pausa.
—Lo intentaré igualmente.
—Claro que sí.
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Mientras recorrían las instalaciones, varios profesores comenzaron a observar a Lucien.
Discretamente.
O al menos eso creían.
Porque Lucien los señaló.
—Ese nos está mirando.
El hombre giró la cabeza inmediatamente.
—Y aquella también.
La profesora fingió observar una planta.
—Y ese señor lleva siguiéndonos diez minutos.
Silencio.
Incómodo silencio.
—Lucien.
Susurró Lyra.
—¿Qué?
—No señales personas.
—¿Por qué?
—Porque es de mala educación.
—Es más mala educación espiar.
La mujer de cabello plateado soltó una carcajada.
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Llegaron finalmente a una sala enorme.
En el centro había varios círculos mágicos dibujados sobre el suelo.
—¿Qué es esto?
Preguntó Lyra.
—Una prueba.
Respondió la profesora.
—¿Otra?
Preguntó Lucien.
—Sí.
—¿Hay premio?
—No.
—Pierdo interés.
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Uno de los profesores avanzó.
Era un anciano.
Muy serio.
Muy elegante.
Y claramente importante.
—Solo queremos medir la capacidad mágica del niño.
Lucien levantó una mano.
—Tengo una pregunta.
—Adelante.
—¿Y si la rompo?
Silencio.
—¿Romper qué?
—Lo que sea que quieran medir.
El anciano sonrió.
—Eso es imposible.
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Diez minutos después.
Resultó que no era imposible.
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El círculo mágico brilló.
Una luz azul apareció.
Todo parecía normal.
Hasta que Lucien puso un pie dentro.
Entonces las runas comenzaron a girar.
Más rápido.
Más rápido.
Y más rápido.
—¿Eso es normal?
Preguntó Lyra.
—No.
Respondieron tres profesores al mismo tiempo.
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Las runas comenzaron a encenderse una tras otra.
Como si alguien estuviera activándolas desde dentro.
Una.
Dos.
Diez.
Veinte.
Treinta.
El anciano estaba completamente pálido.
—Eso no debería ocurrir.
—¿Por qué?
Preguntó Lyra.
—Porque el niño no está usando magia.
—¿Qué?
—Nada de esto proviene de su poder.
El corazón de Lyra dio un salto.
—Entonces ¿qué es?
El anciano observó a Lucien.
Y por primera vez parecía inquieto.
—Su alma.
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La sala quedó en silencio.
Lucien también.
Aunque fingía no escuchar.
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—No entiendo.
Dijo Lyra.
El anciano tardó unos segundos en responder.
—Normalmente la magia nace del cuerpo.
—Sí.
—Pero a veces...
Observó nuevamente a Lucien.
—Hay personas cuyas almas son demasiado antiguas.
El pequeño bajó la mirada.
Y aquello no pasó desapercibido para Lyra.
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—Eso es imposible.
Dijo otro profesor.
—Lo sé.
Respondió el anciano.
—Por eso me preocupa.
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De repente.
Las runas explotaron en luz roja.
Toda la sala tembló.
Las ventanas vibraron.
Y el círculo mágico se hizo añicos.
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Silencio.
Muchísimo silencio.
Lucien levantó una mano.
—Tengo una buena noticia.
Nadie respondió.
—No fui yo.
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—Fuiste tú.
Dijo el anciano.
—Ah.
—Definitivamente fuiste tú.
—Bueno...
Pausa.
—Quizás un poco.
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Mientras los profesores intentaban recuperarse del susto...
Lyra observó a Lucien.
Porque algo no encajaba.
Durante toda la prueba él no parecía sorprendido.
Parecía...
Triste.
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Cuando finalmente abandonaron la sala, Lyra decidió preguntar.
—Lucien.
—¿Sí?
—¿Ya sabías que iba a pasar?
El pequeño permaneció en silencio.
Demasiado silencio.
—Un poco.
—¿Por qué?
—Porque ya ocurrió antes.
El corazón de Lyra se detuvo.
Otra vez.
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—¿En otra vida?
Lucien asintió.
—Sí.
—¿Y qué pasó?
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
—Lo mismo que siempre.
—¿Qué significa eso?
El niño observó las torres de la academia.
Las ventanas.
Los estudiantes.
Como si estuviera viendo fantasmas.
—Descubrieron que era diferente.
Lyra sintió un escalofrío.
—¿Y luego?
Lucien sonrió.
Pero era una sonrisa triste.
La sonrisa de alguien que ya conocía el final de la historia.
—Luego tuvieron miedo.
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Aquella noche.
Muy lejos de la academia.
La figura sin rostro observaba el cielo.
En silencio.
Inmóvil.
Entonces una voz surgió de la oscuridad.
—¿El niño recordó algo?
—Sí.
Respondió la entidad.
—Cada vez recuerda más rápido.
—¿Y Lyra?
La figura permaneció en silencio.
Durante varios segundos.
—Está empezando a verlo como un hijo.
La oscuridad tembló.
Como si aquella respuesta fuera un problema.
Porque lo era.
Un enorme problema.
FIN DEL CAPÍTULO 12