Aurelia era una chica común y corriente, obsesionada con las novelas. Una noche, tras llorar por el trágico destino de su personaje favorito, despierta dentro de la historia y descubre que ahora habita el cuerpo de Aurelia Cassano: la antagonista consentida, hija del jefe de la mafia más temida del país.
El problema es que conoce el final: en la novela original, Aurelia Cassano muere asesinada a los veinticuatro años. Y el causante indirecto de su muerte es nada menos que Arsa Wirayuda, el protagonista masculino: frío, despiadado, irresistible... y el hombre del que la Aurelia original estaba perdidamente enamorada.
Para sobrevivir, Aurelia traza un plan: alejarse de Arsa, evitar los conflictos con la protagonista original y reescribir su destino. Pero la vida dentro de una novela de mafia no es tan sencilla. Entre conspiraciones familiares, enemigos que la quieren muerta, pandillas rivales y secretos oscuros que ni la novela revelaba, Aurelia descubre que cambiar la trama es mucho más difícil de lo que imaginaba.
Y lo peor de todo: Arsa, el hombre al que debería evitar a toda costa, no deja de acercarse. Con sus ojos negros como la noche, su actitud posesiva y esos momentos inesperados de ternura que derrumban todas sus defensas, Aurelia se enfrenta a la pregunta más peligrosa de todas: ¿puede reescribir una historia de amor sin caer en ella?
Entre peleas callejeras, intrigas corporativas, venganzas implacables y un romance que arde lento pero con la fuerza de un incendio, Aurelia demuestra que ser la villana nunca fue su destino. Tal vez siempre fue la heroína que esta historia necesitaba.
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Capítulo 22
Capítulo 22 — ¿Qué hay en el almacén del colegio?
—Vaya, eres una alumna prodigio, Aurelia —la elogió Karina en mitad de la lección.
Aurelia se limitó a reír por el cumplido. En el fondo se sentía un poco culpable por engañar a su nueva maestra.
—Lo único es que tienes poca resistencia física... Debes ejercitar más el cuerpo para acostumbrarlo —Karina pensaba que Aurelia escondía un talento que, bien pulido, daría un diamante de gran valor.
Pasaron dos horas. Karina dio por suficiente el entrenamiento del día. De cara al futuro, decidió que se verían una vez por semana, al comprobar lo rápido que aprendía Aurelia.
Tan concentradas estaban Karina y Aurelia que no advirtieron que, desde hacía rato, dos pares de ojos las observaban.
¿Quiénes, si no, Valentín y Alejandro? A los dos hombres les picaba la curiosidad por la nueva afición de Aurelia. Compartían el entusiasmo, pues hasta entonces ella nunca había mostrado interés por nada parecido.
*
En el cuartel, el círculo interno de Orchi llevaba allí desde hacía dos horas. Habían fijado el encuentro para las tres de la tarde; ya eran las cinco y no había rastro de su jefe.
—En serio, ¿dónde anda el jefe? Mira la hora y no aparece —se quejó Samuel, rodando por el sofá mientras devoraba unas frituras. Se le notaba muerto de aburrimiento.
—Se nota que es un hombre enamorado... Solo quiere estar pegado a ella —terció Iván.
—Qué bien para el que anda de romance... y nosotros aquí, criando moho —exageró Samuel.
—El moho lo crías tú. Ven a echarme una mano, o ayuda a Bruno a vigilar las cámaras —respondió Mateo, sin despegar la vista de los monitores.
—Ni loco —contestó Samuel, volviendo a tumbarse después de incorporarse un momento. Sacó el teléfono y se puso a jugar. Cuántas veces lo lanzó al sofá y volvió a tomarlo, ya nadie las contaba.
Como si olvidara que sus compañeros estaban ahí, Samuel se entusiasmaba a gritos con un videojuego que le parecía emocionante.
—¿Te puedes callar, Samuel? Como sigas con el escándalo, te voy a tirar un zapato —dijo Iván, blandiendo un zapato listo para lanzarlo, quién sabe de quién, porque él aún tenía los suyos puestos.
Bruno, que vigilaba las grabaciones, apenas echó un vistazo a sus ruidosos compañeros.
Clic.
Dante entró en la sala donde aguardaban los otros cuatro del círculo de Orchi.
—Ahí está el jefe... por fin llega —Samuel se incorporó de un salto en cuanto Dante apareció.
—Perdón por el retraso —dijo Dante, sentándose en el sofá, justo donde Samuel se revolcaba un momento antes.
—¿Dónde se metió, jefe? Cuánto tardó... ¿De cita romántica? —lo bombardeó Samuel, parloteando como una vecina chismosa.
Dante guardó silencio, sin responder.
—¿Ya tienen algo que reportar? —preguntó Dante, ignorándolo.
—Ash, el jefe... —refunfuñó Samuel, por quedarse sin respuesta.
—Tu pregunta no tiene importancia —no fue Dante quien contestó, sino Mateo, que se acercó con el portátil. Bruno también se aproximó con su tableta.
—Quiero mostrarle esto, jefe —Mateo le enseñó una grabación del almacén trasero del colegio que le había resultado extraña.
Dante tomó el portátil y observó.
En la imagen, una alumna entraba en el almacén de material del colegio.
Mateo adelantó la grabación hasta que la chica volvía a salir.
—¿Qué tiene de raro? —preguntó Samuel, apareciendo de pronto detrás de Mateo.
—¿Qué crees que estuvo haciendo esa chica dos horas dentro del almacén? —respondió Mateo a Samuel; más que respuesta, era otra pregunta.
En la grabación, la alumna entraba al almacén a las 10:30 y no salía hasta las 12:33: dos horas allí dentro.
—A lo mejor la castigaron a hacer limpieza —insistió Samuel.
—Está claro que estas cosas no llegan a esa cabeza hueca tuya —respondió Iván.
Samuel lo miró torcido.
—Maldito —dijo, y le lanzó una cáscara de cacahuete.
Mateo e Iván rieron con ganas; Bruno y Dante, en cambio, escuchaban en silencio.
—Esa chica entró al almacén con el uniforme del colegio... Pero al salir llevaba una prenda distinta, ya no el uniforme. Y eso que entró sin nada en las manos —explicó Iván, y los demás asintieron, incluido Samuel, que por fin lo entendió.
—Investiguen esto —dijo Dante por fin.
Luego dirigió la vista a Bruno, que parecía a punto de reportar algo.
—Esta es la grabación de las cámaras de la calle que estuve revisando —Bruno le tendió la tableta a Dante. Los demás se acercaron a mirar.
En la grabación se veía un deportivo aparcado frente al colegio a las 9:30. En las imágenes siguientes, el auto seguía a otro vehículo y terminaba deteniéndose frente a una lujosa mansión de portón negro, donde entraba el coche al que perseguía, a las 10:05. Todos sabían bien de quiénes eran esos autos.
Pero quedaron en silencio, dándole vueltas a qué tenía de extraño aquella grabación.
—Investíguenlo todo... Estoy seguro de que hay algo grande detrás —dijo Dante, sin apartar la vista de la grabación.
*
¡Pi, piii!
Un deportivo de lujo hizo sonar el claxon al detenerse frente al portón de una imponente mansión.
El conductor, vestido con uniforme de mecánico, bajó y se dirigió a la caseta de seguridad.
Tras hablar un momento con el guardia, el portón de la mansión se abrió de par en par. El mecánico volvió al auto y lo metió en la propiedad.
Una vez aparcado, salió y le entregó las llaves y un papel al guardia que había abierto el portón.
Luego, a pie, el mecánico se alejó dejando atrás el lujoso coche.
Aurelia salió de la mansión al ver que su deportivo había vuelto del taller.
Se acercó al guardia que había recibido las llaves y el papel. El vigilante, de nombre Ramón, se los entregó.
—Gracias, señor... ¿Y la factura? —preguntó Aurelia, mirando el papel y las llaves. La cifra que figuraba en aquel recibo del servicio del auto era bastante elevada.