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¿Alguna Vez Me Enamore?

¿Alguna Vez Me Enamore?

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Romance / Escuela / Completas
Popularitas:547
Nilai: 5
nombre de autor: JESSE_SDV

Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.

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Capitulo 17

Cielo de la tarde era de un celeste pálido y tibio, con nubes suaves que anunciaban el fin del verano. En el aire flotaba un olor a tierra removida, a esfuerzo convertido en alimento. Mey estaba sentada en la pequeña banca de piedra junto al corral, mirando hacia los surcos lejanos donde meses atrás sus padres habían sembrado maíz, papas y algunas hortalizas. Habían trabajado en silencio, sin quejarse, llenos de esperanza. Su papá, con los días contados por el trabajo en la ciudad, venía cuando podía, y cada vez que lo hacía, traía consigo fuerza, aunque no tanta ternura.

Ese día había llegado con algo más que cansancio. Su padre bajó del carro con su gorro ladeado, una pequeña bolsa al hombro, y una ilusión marcada en la frente: ver cómo habían crecido sus cultivos. Pero cuando llegaron al terreno, no encontraron más que tierra vacía y huellas del trabajo hecho… por otros.

—¿Dónde está todo? —preguntó, sin entender—. ¿Quién sacó las papas?

El silencio fue incómodo. La abuela, sentada en la entrada de la cocina de barro, ni siquiera se giró. Fue el abuelo quien respondió, con voz áspera:

—Ya cosechamos, pues. No ibas a venir nunca.

—¿Y qué hicieron con todo? —la madre de Mey se adelantó, nerviosa, con las manos entrelazadas.

—Lo que había, se repartió. Le dimos a tu primo, que siempre viene a ayudar. Lo que sobró, ahí está. —Y señaló un costal pequeño, apoyado contra la pared—. Tu mamá te dejó ese saco de papa.

Un saco. De ocho que habían calculado, uno. Nada de las zanahorias, de las cebollas, del maíz. Mey se quedó sin palabras al ver la cara de su madre, como si el mundo se le hubiese hecho de piedra. Su papá apretó los dientes, giró el rostro hacia el campo vacío, y no dijo nada más. Caminó lentamente hasta el costal, lo levantó con facilidad y lo cargó al hombro. Como si ese peso no fuera nada en comparación con lo que realmente sentía.

En la cocina, la madre de Mey intentó mantenerse en pie, fuerte como siempre. Pero los ojos se le humedecieron sin permiso. Se cubrió el rostro con el delantal y salió al patio. Mey fue tras ella.

—Mamá… —susurró.

—No es justo, hijita —dijo entre lágrimas, sentándose en una piedra bajo el árbol de chirimoya—. Tu papá dejó su trabajo ese día. Vinimos a trabajar en esa tierra que no es mía. Sembramos con esperanza… y mira lo que nos dan. Nada. Ni un “gracias”.

Mey no sabía qué decir. Su corazón ardía de impotencia. Aunque la abuela siempre había sido dura con su madre, nunca la había visto tan cruel, tan fría. Ella sabía que no eran ricos, que vivían con lo justo, que esa cosecha no era solo trabajo físico, sino también un símbolo de dignidad, de esfuerzo compartido. De un lugar al que podían llamar suyo… aunque fuese solo por un momento.

El padre volvió al patio y se sentó en silencio. Tomó un mate de hierba luisa que su madre le había preparado sin emoción. Lo bebió sin mirar a nadie. Nadie hablaba. Mey solo escuchaba los pájaros en la chacra lejana, y el crujido del viento moviendo las hojas secas. Todo se sentía frío, quebrado.

Más tarde, cuando oscurecía, su madre cortó algunas hojas de acelga del pequeño huerto que ella misma mantenía detrás de la casa. Con eso haría la cena. Cocinó sin hablar, y esa noche comieron en silencio: papas hervidas, arroz, y una tortilla de verduras modesta. No había carne, ni risas, ni historias. Solo una tristeza espesa como neblina.

—No llores, mamá —le dijo Mey cuando estuvieron a solas—. Yo te ayudaré a sembrar otra vez.

Su madre le acarició el rostro y sonrió con los ojos húmedos. —Gracias, mi amor. Con tenerte cerca, ya tengo fuerza.

Aquel episodio marcó algo profundo en el corazón de Mey. Le enseñó que la injusticia no solo venía del colegio o de los amigos, sino a veces también de la misma familia. Que el dolor podía esconderse bajo la forma de una cosecha ajena, o de palabras que no se decían.

Y también entendió que su mamá era más fuerte de lo que creía.

Al día siguiente, mientras regresaban del mercado, Mey y su mamá cruzaron con el primo que se había llevado la mayor parte de la cosecha. Venía sonriendo, con bolsas en las manos. Su madre solo bajó la mirada. Mey, en cambio, lo miró con firmeza. No dijo nada, pero esa mirada decía todo lo que su madre no podía expresar. Fue la primera vez que sintió esa mezcla de dolor, indignación y madurez que llega cuando una niña empieza a ver las grietas de la vida adulta.

Por la noche, mientras su padre empacaba para volver a la ciudad, le dio a Mey una libreta pequeña. —Apunta todo lo que siembran aquí con tu mamá. Vamos a llevar control, ¿ya? Porque si esto se repite, no me quedo callado.

Mey asintió. Sentía que algo había despertado en su familia: una semilla de dignidad. Aunque su papá aún no encontraba las palabras para defender a su esposa frente a su madre, por lo menos ahora parecía dispuesto a hacer algo, por pequeño que fuese.

Aquella noche, antes de dormir, Mey escribió en su diario: “Hoy aprendí que no todos valoran lo que haces. Pero también entendí que yo sí puedo valorar lo que somos. No quiero ser como ellos. Quiero sembrar con amor, y cosechar con justicia”. Cerró la libreta con decisión. En su mente, una imagen clara: su madre regando con la sonrisa rota. Prometió en silencio que, algún día, esa sonrisa sería plena.

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