Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 14 LARGA ESPERA
Maya suspiró y se dejó caer en una silla de plástico junto a la ventana. El sol de mediodía entraba a raudales, calentando el pequeño vestíbulo como un horno. No había aire acondicionado. El olor a cigarrillo y a café quemado flotaba en el ambiente.
Esperaron. Una hora. Sesenta minutos. Tres mil seiscientos segundos de incomodidad absoluta, de miradas que se cruzaban y se apartaban, de silencios incómodos y respiraciones contenidas.
Cuando el funcionario regresó por fin, con migas de pan en la corbata y una sonrisa de satisfacción mal disimulada, Maya sintió que iba a estallar. Firmó los papeles con una furia contenida, los arrojó sobre el mostrador y salió del edificio sin mirar atrás.
Dante la siguió con una calma que rozaba lo insultante.
—Mala costumbre —dijo, mientras encendía un cigarrillo apoyado en la puerta del Maserati—. Firmar con rabia. Luego los papeles no valen.
—No me hable —respondió Maya, con los dientes apretados.
—Es mi esposa. Tengo derecho a hablarle.
—¡No sea ridículo!
—Ridículo es casarse con un desconocido para salvar a su padre. Eso ya lo hicimos. Lo demás es trámite.
Maya quiso gritarle. Quiso decirle que era un insensible, un cretino, un monstruo frío y calculador que no entendía nada. Pero no dijo nada. Porque tenía razón. Todo aquello era un trámite. Un negocio. Nada más.
Alessandro salió del edificio con el rostro encendido por la indignación. Miró a Dante, miró a Maya, miró al cielo como pidiendo paciencia divina.
—Terminemos con esto —gruñó—. Cuanto antes lleguemos a la mansión, antes podré acostarme y fingir que esto fue una pesadilla.
*_*
El viaje a la mansión fue tenso.
Maya iba en el asiento delantero, junto a Dante, con la mirada fija en la carretera. Alessandro ocupaba el asiento trasero, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Nadie habló. El único sonido era el motor del Maserati, un ronroneo grave y constante que parecía marcar el ritmo de los latidos del corazón de Maya.
El portón de hierro forjado se abrió para recibirlos. Los cipreses centenarios flanqueaban el camino de adoquines como centinelas silenciosos. La mansión apareció al final, gris e imponente, con sus ventanales enormes y su torre redonda recortándose contra el cielo de la tarde.
—Es… grande —dijo Alessandro, y no estaba claro si era un cumplido o una queja.
—Es mi casa —respondió Dante, cortante.
Aparcaron frente a la entrada principal. El chofer, un hombre silencioso de nombre Marco, abrió las puertas. Maya bajó del coche con las piernas temblorosas. Miraba la mansión y sentía que no pertenecía allí. Que nunca pertenecería.
—No me gusta —refunfuñó, en voz baja, casi para sí misma.
Dante la oyó. Frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Que no me gusta —repitió Maya, levantando la barbilla—. Es fría. Es vacía. Parece un museo, no un hogar. No sé cómo se puede vivir en un lugar así.
Dante no respondió. Solo frunció el ceño un poco más, un gesto mínimo que endureció sus rasgos y convirtió su rostro en una máscara de piedra. Dio media vuelta y caminó hacia la entrada sin esperarla.
—Elsa los acompañará a sus habitaciones —dijo por encima del hombro—. Cenen cuando quieran. Mañana hablaremos de los siguientes pasos.
La puerta principal se cerró detrás de él con un eco sordo.
Maya se quedó en el umbral, con el sol de la tarde calentándole la espalda, sintiéndose más perdida que nunca.
Alessandro se acercó a ella. Puso una mano en su hombro.
—¿Estás bien, hija?
Maya negó con la cabeza.
—No, papá. No estoy bien. Acabo de casarme con un hombre al que no amo, en una ceremonia patética, después de esperar una hora por un funcionario que estaba almorzando. Mi vestido de novia fue este —señaló su ropa, unos pantalones negros y una blusa blanca arrugada—. No hubo flores. No hubo música. No hubo familia. Solo un juez aburrido y dos testigos que parecían salidos de una película de gánsteres. He perdido, papá. He perdido lo poco que me quedaba.
Alessandro la abrazó con fuerza.
—No has perdido, hija. Has sobrevivido. Eso no es perder. Eso es ganar, aunque no lo parezca.
Maya apoyó la cabeza en el hombro de su padre y cerró los ojos.
*_*
Dentro de la mansión, en la biblioteca de paredes forradas de cuero, Dante Carusso estaba de pie frente a la ventana, con un vaso de whisky en la mano y la mirada perdida en el horizonte.
Había ganado.
Había conseguido lo que quería: una esposa de sangre azul, un apellido impecable, las puertas de la alta sociedad abiertas de par en par.
Pero algo le molestaba. Algo no encajaba.
El beso.
Ese maldito beso de un segundo, frío y protocolario, le había hecho algo. Sentir algo. Un cosquilleo en los labios, un temblor en las manos, un latido irregular en el pecho que no recordaba haber experimentado nunca.
Dante Carusso había matado a hombres. Había incendiado almacenes. Había mirado a la muerte a los ojos más veces de las que podía contar. Pero nunca, nunca, un simple beso lo había dejado tan descolocado.
Bebió un trago largo de whisky. El alcohol le quemó la garganta y le asentó el estómago.
—Es solo un contrato —se dijo en voz alta, para convencerse—. Nada más.
Pero mientras subía las escaleras hacia su habitación, pasó por delante de la puerta de Maya. La oyó llorar. Un llanto contenido, silencioso, el llanto de alguien que no quiere que la oigan.
Y Dante Carusso, el mafioso sin corazón, se detuvo un momento. Apoyó la frente en la madera fría.
He ganado, pensó. Pero no sé qué. Y eso es lo que me asusta.
*_*
Elsa, el ama de llaves, apareció en el pasillo con un juego de toallas limpias en las manos. Vio a Dante con la frente apoyada en la puerta de Maya y alzó una ceja.
—¿Señor Carusso?
Dante se enderezó al instante. Su rostro volvió a ser la máscara impenetrable de siempre.
—Nada, Elsa. Asegúrese de que la señora tenga todo lo que necesite.
—Sí, señor.
Dante se alejó por el pasillo sin mirar atrás. Pero antes de desaparecer por la esquina, detuvo el paso un segundo.
—Elsa.
—¿Sí?
—Las flores. Ponga flores en su habitación. Las que sean. Pero que sean bonitas.
Elsa sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero genuina.
—Sí, señor Carusso.
Dante desapareció en la penumbra del pasillo, dejando tras de sí el eco de sus pasos y la certeza de que aquel matrimonio de conveniencia no iba a ser tan sencillo como había planeado.