En la Facultad de Mecatrónica de Seúl, el amor está estrictamente prohibido por la competencia. Seo-jun (Líder del Grupo A) y Min-jae (el genio del Grupo B) son rivales declarados ante el mundo, pero amantes en secreto. Cuando el comité escolar manipula sus calificaciones para separarlos y obligarlos a competir por una beca única a Alemania, una red de secuestros y corrupción sale a la luz. Decididos a destruirlos, caen en una emboscada donde la Directora de la facultad les apunta con un arma. En un segundo de desesperación, Jae recibe una bala para salvar a Jun. ¿Podrá su amor sobrevivir a la muerte?
¡Descubre este apasionante thriller universitario lleno de romance, hackeos y traición!
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Sobrecarga Del Sistema
Los días posteriores a la revelación del pasado fueron un tormento silencioso para Min-jae. El laboratorio de simulación se había convertido en una zona de hielo. Seo-jun cumplía estrictamente con su parte del megaproyecto, tecleando comandos y conectando los osciloscopios con una eficiencia robótica, pero ya no había roces por debajo de la mesa, ni susurros posesivos al oído, ni miradas oscuras cargadas de deseo. Nada. Esa indiferencia total estaba destrozando a Jae mucho más que cualquier pelea a gritos.
Para colmo de males, la presión social en el salón del Grupo B comenzó a aumentar de manera asfixiante. Durante la clase de microcontroladores del jueves, Soo-ah había encontrado un cuaderno de bocetos de Jae donde, entre diagramas de flujo y ecuaciones de transferencia, el nombre de "Jun" aparecía repetido y subrayado en los márgenes de las hojas. Aunque Ji-hoon intervino rápidamente inventando que se trataba de una "estrategia de espionaje" para analizar la lógica del Grupo A, las miradas de sospecha y los murmullos en el aula no se hicieron esperar.
El miedo a ser descubierto, el remordimiento aplastante por haber culpado a Jun injustamente durante tres años y la falta de sueño por las entregas finales crearon una tormenta perfecta en la mente de Min-jae. Su sistema emocional estaba saturado, operando con un voltaje tan alto que el colapso era inevitable.
El viernes por la tarde, una tormenta real azotó el campus. El cielo se tiñó de un gris plomizo y una lluvia torrencial comenzó a golpear los ventanales de la facultad de ingeniería. Min-jae esperó a que terminara la última sesión de laboratorio, observando cómo Jun guardaba sus carpetas universales sin dirigirle una sola palabra. En cuanto Jun salió del edificio con la mochila al hombro, Jae lo siguió a paso apresurado, ignorando los llamados de Ji-hoon.
—¡Jun! ¡Espera! —gritó Jae cuando salieron al patio central, su voz compitiendo con el rugido de la lluvia que en pocos segundos los empapó por completo.
Seo-jun se detuvo bajo el agua, el cabello oscuro pegado a la frente y la chamarra de cuero brillando por la humedad. Se giró lentamente, revelando un rostro cansado, serio y carente de esa chispa arrogante que siempre lo caracterizaba.
—¿Qué pasa, Min-jae? Tengo que ir a entregar los reportes de red —respondió Jun, usando su nombre completo con una frialdad que caló hondo en el pecho de Jae.
—Tenemos que hablar... no podemos seguir así —suplicó Jae, dando un paso hacia él, con las gotas de lluvia confundiéndose con las lágrimas de frustración que comenzaban a brotar de sus ojos—. Lo del pasado... yo no sabía la verdad, Jun. Fui un idiota, mi orgullo me cegó, pero...
—Ya te dije que eso no importa, Jae —interrumpió Jun con una voz apagada que sonaba extrañamente herida—. El pasado es pasado. Estamos trabajando bien en el proyecto, la simulación es estable. Eso es lo que querías, ¿no? Mantener las cosas profesionales.
—¡No, no es lo que quiero! —exclamó Jae, con los puños cerrados a los lados de su cuerpo, temblando por el frío y la angustia—. Pero todo esto me está superando, Jun. En mi salón ya empezaron a sospechar por un cuaderno que vio Soo-ah. Siento que en cualquier momento todo el mundo se va a enterar de lo nuestro, que los profesores se van a quejar, que vamos a arruinar nuestras carreras... No puedo con esto. No puedo con la culpa de lo que te hice en la preparatoria y tampoco puedo con el miedo de que nos destruyan aquí.
Jun lo miró fijamente a través de la cortina de agua, dando dos pasos largos hacia él hasta quedar a escasos centímetros. Su presencia seguía siendo imponente, pero sus ojos reflejaban una profunda decepción.
—¿A qué le tienes miedo exactamente, Jae? ¿A que se enteren de que estamos juntos, o a que se enteren de que el gran sabelotodo del Grupo B está saliendo con el tipo al que juró odiar frente a toda la escuela? —cuestionó Jun en un susurro ronco, la lluvia escurriendo por su mandíbula—. El viernes pasado me dijiste que querías ser mi novio. Yo me enfrenté a Hyun-woo por ti, borré mis dudas y decidí darlo todo. Pero a la primera señal de presión, te estás rindiendo.
Min-jae soltó un sollozo ahogado, tapándose el rostro con las manos húmedas. La presión en su pecho era insoportable. Sentía que si continuaba arrastrando a Jun a su caos personal, terminaría por romperlo a él también. Su lógica distorsionada por el pánico le dictó la peor de las soluciones.
—Es que... no debimos hacer esto oficial, Jun —soltó Jae con la voz rota, obligándose a bajar las manos para mirarlo a los ojos, sintiendo cómo el corazón se le partía en mil pedazos con cada palabra—. Fue un error. La rivalidad, el sexo en secreto... todo era más fácil cuando solo nos odiábamos. No estoy listo para la presión de la facultad, ni para que nos miren en la calle. No puedo ser el novio que necesitas. Tenemos que terminar con esto, Jun. Hay que dejarlo hasta aquí antes de que terminemos destruyéndonos de verdad.
Un silencio pesado, roto únicamente por el violento golpeteo de la lluvia contra el suelo de concreto, se instaló entre los dos.
Seo-jun se quedó completamente estático. Sus ojos oscuros pasaron de la sorpresa a una frialdad absoluta, una mirada vacía que Min-jae nunca antes le había visto. La mandíbula de Jun se apretó tanto que un pequeño espasmo cruzó por su mejilla. Dejó caer los brazos a los lados, perdiendo toda la postura protectora que solía tener con Jae.
—¿Eso es lo que realmente quieres? —preguntó Jun, su voz extrañamente calmada, desprovista de cualquier rastro de emoción, lo cual resultaba aterrador.
Min-jae clavó las uñas en las palmas de sus manos para evitar retractarse, conteniendo el aire que quemaba sus pulmones—. Sí. Es lo mejor para el sistema. Para los dos.
Jun asintió una sola vez, despacio. No hubo reclamos, ni arranques de celos, ni intentos de jalarlo del brazo para forzar un beso como en las escaleras o en los vestidores de la casa club. El orgullo herido de Jun, ese mismo orgullo gigante que lo había mantenido compitiendo durante seis años, se elevó como una muralla de concreto infranqueable.
—Bien. Deseo concedido, sabelotodo —sentenció Jun con una voz tan gélida que pareció congelar el agua de la tormenta—. No te preocupes por la presión social. A partir de mañana, para mí vuelves a ser simplemente el estudiante con el segundo mejor promedio de la carrera. No vuelvas a buscarme fuera de las horas de clase.
Seo-jun dio media vuelta y caminó a paso firme bajo la tormenta, perdiéndose rápidamente entre la bruma gris del campus sin mirar atrás ni una sola vez.
Min-jae se quedó completamente solo en medio del patio desierto, con el agua escurriendo por todo su cuerpo y las lágrimas fluyendo sin control. Cayó de rodillas sobre el concreto húmedo, abrazándose a sí mismo mientras un grito de puro dolor y arrepentimiento se ahogaba en su garganta. Había salvado su zona de confort, había protegido su miedo, pero al mirar el camino vacío por donde Jun se había marchado, Min-jae entendió con aterradora claridad que acababa de cometer el cortocircuito más destructivo e irreversible de toda su vida.