Entre los secretos de un pasado enterrado que la marcó para siempre y las manipulaciones de una élite dispuesta a devorarla, Ángela deberá descubrir si es capaz de romper los hilos de su propia dinastía antes de que la obliguen a vender el resto de su vida al mejor postor.
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Déjame en paz
...CAPÍTULO 16...
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...ANGELA SALLES...
De reojo miré a Sarah, que disimulaba tomar un sorbo de su trago con una expresión de fingida inocencia.
Conociendo a mi queridísima amiga, su "cuidado" a Verónica en la barra no había sido gratis; se le debió haber escapado —con total y absoluta intención— que yo era la exnovia y el primer amor de Asher, aprovechando que la pelinegra ya estaba hasta arriba de champaña.
El alcohol y la inseguridad hicieron el resto del trabajo en la mente de Verónica.
—¡¿Quieres quitármelo, verdad, maldita trepadora?! —me gritó Verónica, con la voz totalmente arrastrada por la borrachera, tambaleándose mientras intentaba zafarse de Asher—. ¡Te vi cómo lo mirabas! ¡Vienes aquí con tu ropita de diseñador a querer quitarme lo que es mío! ¡Puta de la élite!
A pesar de la rabia que me recorría el cuerpo, el verla tan patética, descontrolada y arrastrando las palabras me dio una extraña dosis de fría lucidez.
Di un paso al frente, ignorando el ardor de mi rostro, intentando manejar la situación con la madurez que se supone que tengo.
—Verónica, por favor, cálmate —le dije en un tono firme pero bajo, buscando no armar más espectáculo—. Estás muy borracha y estás entendiendo todo mal. Nadie te está quitando nada.
—Julian, por amor de Dios, ve a la barra y pide un vaso de agua con limón, sal y lo que sea que tengan para cortar una borrachera de este calibre —ordenó Sarah de fondo, fingiendo preocupación mientras Liam intentaba alejar a los curiosos que ya se estaban armando con sus teléfonos.
—Ya basta, Verónica. Vamos a descansar ya, estás muy ebria —sentenció Asher, sujetándola con fuerza por la cintura para levantarla y sacarla de la pista.
Pero el agarre de Asher solo empeoró las cosas.
Verónica se descontroló por completo, impulsada por una fuerza salvaje que solo el alcohol y los celos pueden dar.
Se retorció como una anguila y, antes de que Asher pudiera afianzar los brazos, se abalanzó directo contra mí con las manos extendidas.
No me dio tiempo de esquivarla. Sus uñas se clavaron en mi cuero cabelludo y tiró de mí con una violencia descomunal.
Un dolor agudo me nubló la vista, seguido de un sonido seco de desgarro.
Cuando Asher logró jalarla hacia atrás con brusquedad, Verónica quedó jadeando, pero en su mano derecha sostenía un mechón largo y espeso de cabello rubio texturizado.
Julian se congeló a medio camino, Sarah abrió la boca tanto que casi se le cae la copa y a Asher se le desencajó la mandíbula.
Sí.
Eran mis extensiones.
A mis escasos veinte años, la presión de ser la hija perfecta, mi trabajo, mis estudios y para rematar, las peleas constantes con mi madre en Londres me habían provocado una alopecia por estrés tan severa que tenía zonas enteras de la cabeza debilitadas.
Usar extensiones de clip de la más alta calidad era mi secreto mejor guardado, mi única forma de mantener la fachada de perfección que el mundo me exigía.
Y ahora, esa loca desquiciada las había arrancado frente a mi ex .
—¡Miren esto! —Verónica soltó una carcajada estridente y maliciosa, arrojando el mechón de pelo falso a la arena—. ¡Es tan falsa como toda su maldita vida! ¡Mírenla, si hasta se está quedando calva! Me imagino que hasta tendrás miles de cirugías encima para ocultar lo monstruo que eres...
La humillación se transformó en un enojo descontrolado. El dolor de mi cuero cabelludo desapareció.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, di un paso hacia adelante y, descargando toda mi ira, le crucé la mano abierta directamente en la cara.
El impacto de mi cachetada sonó como un disparo en la playa, callándola de golpe y haciéndole girar el rostro.
—¡A mí no me vuelves a tocar en tu maldita vida, loca! —le siseé con los dientes apretados, perdiendo toda la elegancia londinense.
Verónica, con los ojos inyectados en sangre tras el golpe, soltó un alarido de furia y volvió a abalanzarse hacia mí dispuesta a desfigurarme, pero esta vez Asher fue más rápido.
La rodeó con sus brazos fornidos desde atrás, aprisionándola contra su pecho con una fuerza inamovible, bloqueándole las manos mientras ella pataleaba, gritaba insultos y trataba de morderlo para liberarse de su agarre.
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El trayecto de regreso a la suite fue en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el sonido de mis tacones golpeando con rabia las tablas del sendero del resort.
Traía la sangre hirviendo, el cuero cabelludo dándome punzadas de dolor y una humillación tan grande en el pecho que sentía que iba a asfixiarme.
En cuanto cruzamos el umbral de la villa, cerré la puerta de golpe y me giré hacia Sarah, que venía detrás de mí intentando mantener su habitual expresión de "aquí no ha pasado nada", aunque la delataba la forma en que evitaba mirarme a los ojos.
—¡¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer?! —le siseé, señalándola con el dedo, sintiendo las lágrimas de pura impotencia acumularse en mis ojos—. ¡Te advertí que no quería drama, Sarah! ¡Te dije que venía huyendo de un colapso en Londres y lo primero que haces es soltarle a una borracha desquiciada que yo era el primer amor de su novio! ¡Casi me desfigura la cara y me expuso enfrente de todo el mundo!
Sarah dejó su bolso sobre la mesa de la entrada y levantó las manos en señal de rendición, luciendo genuinamente arrepentida por primera vez en toda la noche.
—Sí, discúlpame, amiga... de verdad lo siento —dijo, acercándose despacio con tono compasivo—. Solo quería divertirme un poco y ver cómo reaccionaba Asher. Te juro por mi marca que no sabía que esa chica reaccionaría de una forma tan psicópata. Es sumamente insegura, Ángela. En la barra, antes de que todo explotara, me dijo un montón de cosas sobre ellos... Cosas que me imagino que te mueres por saber.
Me crucé de brazos, dándole la espalda mientras caminaba hacia el gran ventanal que daba a la terraza.
Me toqué la cabeza, sintiendo el vacío donde antes estaba el clip de las extensiones, y tragué saliva, intentando recuperar mi orgullo.
—No me interesa —mentí, manteniendo la voz fría y distante—. No quiero saber absolutamente nada de la vida de Asher, ni de sus problemas con su novia de la facultad. Que se regresen a Milán y me dejen en paz.
Sarah no se movió de su lugar. Se quedó mirándome en silencio, conociéndome demasiado bien como para creerse mi actuación de chica superada.
Sostuve la postura rígida durante cinco segundos que parecieron eternos, sintiendo cómo la curiosidad y esa espina clavada desde hacía seis años me carcomían por dentro.
Finalmente, mis hombros decayeron. Dejé escapar un largo y pesado suspiro, levantando la vista hacia el techo de la suite antes de volver a mirarla.
—Está bien, sí... Sí quiero saber —admití, derrotada, dejando caer los brazos a los lados—. Dime. ¿Qué demonios te dijo Verónica?