La paz en el Imperio costó sangre, pero una nueva generación de lobos ha despertado. A sus treinta años, Theo Valerius es el implacable General de Hierro del Norte; a sus dieciocho, el arrogante príncipe Alexander lidera las Black Shadows. Ambos son letales, posesivos y capaces de quemar el reino por proteger a su familia... especialmente a Lucero, la indomable joya de veinticuatro años que adora desafiar su control y volver locos de celos a su hermano y a su primo.
Entre bailes de gala plagados de pretendientes en la mira, secretos oscuros y pasiones prohibidas que amenazan con romper la corte, los herederos del trono deberán enfrentar su propio destino. El juego de poder ha cambiado, y el verdadero caos apenas comienza.
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Capítulo 3: El lobo de dieciocho años y la ladrona de las sombras
La neblina densa y fría de los suburbios de la capital se tragaba el sonido de las botas sobre el pavimento húmedo. Lejos de las luces doradas del palacio imperial y de las ridículas riñas familiares por el baile de Lucero, el príncipe Alexander se movía con la fluidez de un espectro entre los callejones del barrio bajo. A sus dieciocho años, el heredero ya no era el niño que jugaba con espadas de madera; ahora vestía la indumentaria de cuero oscuro y la capa sin insignias de las *Black Shadows*, liderando una incursión nocturna de alto secreto. Los informes de la red de espionaje indicaban que un cargamento ilegal de armas de contrabando iba a ser entregado en los muelles abandonados esa misma noche.
Alexander se agazapó en la cornisa de un viejo almacén de madera carcomida por el salitre. Sus ojos claros, idénticos a los de su padre Christopher, escudriñaban las cajas apiladas abajo. El silencio era absoluto, roto solo por el suave oleaje del canal. Sin embargo, algo andaba mal. No había rastro de las facciones de espías veteranos ni de los guardias del reino vecino que esperaba encontrar.
Un leve crujido de tejas a su espalda fue la única advertencia.
Con un reflejo puramente felino, Alexander giró sobre sus talones, desenvainando la daga de acero oscuro que llevaba en el cinturón. La hoja cortó el aire gélido, pero solo encontró el vacío de una capa de lona raída. Antes de que pudiera recalcular su posición, una figura ágil y esbelta emergió de las sombras superiores, cayendo sobre él con la velocidad de un rayo.
El impacto lo obligó a retroceder un paso, perdiendo el equilibrio en el borde del tejado. Un par de manos enguantadas, pequeñas pero sorprendentemente firmes, envolvieron su muñeca con una técnica impecable. Con una torsión rápida y un sutil juego de piernas que aprovechó la propia inercia del príncipe, la silueta desconocida bloqueó su articulación. El golpe seco en su antebrazo hizo que la daga de Alexander resbalara de sus dedos, cayendo al callejón inferior con un tintineo metálico.
Alexander se quedó sin aliento, acorralado contra la pared de ladrillos, con una afilada hoja de punta roma presionando suavemente la base de su garganta.
—Para ser un lobito imperial, eres bastante ruidoso al respirar —susurró una voz femenina, ronca, divertida y completamente carente del miedo que cualquiera mostraría ante el heredero al trono.
Bajo la tenue luz de la luna que rompió la neblina, Alexander pudo verla. Era una ladrona de los barrios bajos. Llevaba el rostro cubierto a medias por un pañuelo oscuro, pero sus ojos, de un gris tormentoso y brillante, lo miraban con una audacia descarada. El príncipe, con la respiración alterada y el pecho pegado al de ella debido a la cercanía del agarre, sintió una descarga eléctrica recorrerle la espina dorsal. La química entre ambos fue instantánea, una colisión letal de peligro y magnetismo puro.
Alexander sonrió de medio lado, una mueca arrogante que escondía la furia de su orgullo herido. Ningún enemigo había logrado desarmarlo jamás, y que una ladrona callejera lo tuviera bajo su control era una humillación insoportable para su sangre real.
—Te confías demasiado, preciosa —siseó el príncipe.
Con un movimiento rápido de su mano libre, Alexander la tomó de la cintura con una fuerza posesiva y brusca, invirtiendo las posiciones en un parpadeo y acorralándola a ella contra el muro. Pero la chica no entró en pánico. Con una risa ahogada que rozó sus labios, le propinó un rodillazo limpio en el muslo para aflojar su agarre, se soltó con una pirueta limpia hacia atrás y se montó en la barandilla de la azotea.
—Buen intento, Majestad, pero el cargamento ya cambió de manos —dijo ella, lanzándole un pequeño colgante de plata que le había arrancado del cuello durante el forcejeo sin que él se diera cuenta—. Quédate con esto como recuerdo.
Antes de que Alexander pudiera saltar sobre ella, la joven se dejó caer al vacío de la noche, desapareciendo entre los tejados contiguos con la destreza de un fantasma.
El príncipe heredero se quedó solo en la azotea, con la respiración agitada y el colgante de plata apretado en su puño hasta hacerse daño. Su naturaleza territorial y posesiva, la misma que había heredado de Christopher, se encendió como la pólvora. Estaba tocado en lo más profundo de su orgullo, pero también irremediablemente fascinado. En ese mismo instante, la captura de la misteriosa ladrona se convirtió en su única y absoluta obsesión.
Lo que el joven lobo aún no sospechaba era que aquella escurridiza mujer no buscaba simplemente oro o baratijas; detrás de sus ojos grises se escondía un secreto militar mucho más grande, un lazo directo con las altas esferas del reino vecino que ponía en jaque la seguridad de todo el Imperio. El cazador creía haber encontrado una presa, sin saber que acababa de enredarse en una red mucho más peligrosa.