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La Otra Cara De La Moneda

La Otra Cara De La Moneda

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Celebridades
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.

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Capítulo 13: Dignidad en oferta

La oficina sin ventanas de Esteban tenía una luz blanca, fría, como la de los hospitales. César se sentó en la silla frente al escritorio sintiendo que había entrado a una sala de interrogatorios. La grabadora roja seguía encendida, con su lucecita titilando como un ojo que todo lo veía.

Esteban se recostó en su sillón y lo miró con una calma que daba más miedo que un grito. “Vamos por partes”, dijo, entrelazando los dedos sobre el escritorio. “Llamaste a Ramiro. Él te dio consejos. Consejos que van contra los intereses de Melodía Records. Eso se llama sabotaje, César. Sabotaje. Y el contrato que firmaste tiene una cláusula que habla de eso. ¿La recuerdas?”

César negó con la cabeza. No recordaba ninguna cláusula de sabotaje. Solo recordaba haber firmado hojas y hojas sin leer.

“Está en la página diecisiete, párrafo cuarto”, continuó Esteban, abriendo un archivador y sacando una copia del contrato. “Dice, y cito: ‘El artista se compromete a no mantener comunicación con ex empleados de la compañía que puedan influir negativamente en el desarrollo de su carrera, ni a seguir consejos que contravengan los intereses comerciales de Melodía Records’. Eso significa que cada vez que hablas con Ramiro, estás violando el contrato. Y cada violación tiene una penalización.”

“¿Penalización de qué?”, preguntó César, con la voz quebrada.

“Dinero. O tiempo. O las dos cosas. Podemos ampliar tu contrato seis meses más por cada infracción. Y tú has cometido al menos dos: la llamada telefónica y el mensaje de texto. Un año más, César. Un año entero atado a nosotros.”

César sintió que se ahogaba. Un año más. Ya llevaba casi un año sintiéndose un prisionero. Otro año más era una sentencia perpetua.

“No sabía”, dijo, casi en un susurro. “Nadie me explicó esa cláusula.”

Esteban se inclinó hacia adelante. “¿Sabes qué me importa lo que sabías o no sabías? Los contratos están para cumplirse, no para entenderse. Si hubieras leído antes de firmar, no estarías aquí. Pero no leíste. Firmaste como un desesperado. Y ahora pagas las consecuencias.”

Fue entonces cuando Esteban hizo la propuesta. La peor de todas.

“Pero hay una salida”, dijo, con esa voz que intentaba sonar amable y resultaba siniestra. “No tienes que cumplir el año extra. Solo tienes que hacer algo por nosotros.”

“¿Qué cosa?”

Esteban se levantó, caminó hacia una caja fuerte empotrada en la pared, la abrió y sacó una carpeta delgada. La puso sobre el escritorio y la deslizó hacia César.

“Hay una canción que queremos que cantes. No es tuya. Es de otro artista. Un artista que está en una disquera rival. Si cantas esa canción y la presentas como tuya, le ganamos un juicio por plagio. Destruimos a la competencia. Y tú te ganas la libertad. Bueno, un poco más de libertad. La suficiente para que no te amplíen el contrato.”

César abrió la carpeta. Dentro había una partitura y una letra. La canción se llamaba "Calle sin salida". Era una balada triste, muy parecida al estilo de César, pero no igual. Notó similitudes con una de sus canciones, "La ventana sin vidrio", pero no era un plagio evidente. Más bien una inspiración, un eco.

“Esto es mentira”, dijo César, cerrando la carpeta. “No es plagio. Es parecido, nada más. Un juez no te va a dar la razón.”

“No necesitamos que un juez nos dé la razón. Necesitamos que el otro artista se asuste, que retire su canción del mercado, que pierda dinero. Con tu declaración jurada diciendo que él te copió, es suficiente. La opinión pública es más rápida que la justicia. Para cuando un juez decida, nosotros ya habremos ganado.”

César miró a Esteban a los ojos. “Me estás pidiendo que mienta. Que jure en falso. Que destroce la carrera de otro músico para salvar la mía.”

Esteban se encogió de hombros. “Te estoy pidiendo que hagas lo que sea necesario para sobrevivir. Eso es lo que hacemos todos. ¿O acaso tú no has mentido antes? ¿Nunca le dijiste a un periodista que estabas feliz cuando estabas triste? ¿Nunca le dijiste a tu madre que estabas bien cuando te estabas muriendo por dentro? La mentira es el idioma de los vivos, César. Los honestos están muertos o son pobres. Tú eliges.”

César se quedó en silencio. Pensó en la balanza: de un lado, su dignidad, su integridad, su nombre limpio. Del otro, su libertad, su carrera, la posibilidad de ayudar a su familia. Un año más de contrato significaba un año más de viajes, de grabaciones, de Esteban, de Mauricio, de mentiras. Un año más de no ver a su madre, de escuchar a Milo quejarse, de ver a Sofía crecer por fotos.

“¿Cuánto tiempo tengo para decidir?”, preguntó.

“Hasta mañana a las diez de la mañana. Si no aceptas, firmamos la ampliación del contrato y empiezas a cumplir el año extra. Si aceptas, la carpeta desaparece, tú declaras lo que te pedimos y nosotros no te molestamos más con este asunto.”

César tomó la carpeta. “Me la llevo para leerla bien.”

“No. La carpeta no sale de esta oficina. Puedes leerla aquí, pero te la llevas solo si aceptas. Y si alguien se entera de esta conversación, te arruinamos. No solo a ti, a tu familia también. No estamos jugando, César. Esto es negocio.”

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César salió de la oficina con las piernas temblorosas. Fue al baño, se encerró en un cubículo y se sentó en el inodoro con la cabeza entre las manos. Esteban le había ofrecido su dignidad en bandeja. Podía conservarla y pagar el precio de un año más de esclavitud, o podía venderla y comprar una libertad falsa, manchada de por vida.

Ninguna opción era buena. Ambas olían a derrota.

Sacó el teléfono. Quiso llamar a Ramiro, pero recordó la cláusula. Si volvía a hablar con él, lo sabrían. Tenían espías en todas partes. Quiso llamar a Laura, pero ¿qué iba a decirle? “Mamá, me pidieron que mienta para salvar mi carrera”. Laura era una mujer de principios. Le diría que no lo hiciera, que la honestidad no se negocia. Y César sabía que ella tenía razón. Pero la razón no pagaba las medicinas de Sofía, no arreglaba la ventana rota, no compraba zapatos nuevos.

Esa noche no volvió al apartamento. Se quedó en el estudio después de que todos se fueran, sentado en el suelo, con la guitarra en el regazo, sin atreverse a tocar. Las horas pasaban lentas. Las manecillas del reloj parecían moverse al revés.

A las nueve de la noche, recibió un mensaje de Laura: “Sofía preguntó por ti. Dice que la extrañas. Yo también. Cuídate, hijo”.

César leyó el mensaje y lloró. Lloró como no lloraba desde la noche en que su padre se fue. Lloró por todo lo que había perdido y por todo lo que estaba a punto de perder. Lloró porque entendió, en ese momento, que el precio de sus sueños era más alto de lo que jamás imaginó.

A las dos de la madrugada, se puso de pie. Guardó la guitarra en su estuche. Limpió sus lágrimas con la manga de la chaqueta. Y caminó hacia la oficina de Esteban. La puerta estaba cerrada, pero debajo había un resplandor. Esteban estaba allí, esperando.

Golpeó.

“Adelante”, dijo la voz desde adentro.

César entró. La carpeta seguía sobre el escritorio. La grabadora roja, encendida.

“¿Cuál es tu decisión?”, preguntó Esteban, sin levantar la vista de sus papeles.

César abrió la boca. Las palabras le pesaban como piedras. Pero al final, las dijo.

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