Masha Dusnet era una joven trabajadora de una familia de gran estatus, donde siempre recibió un buen trato y respeto. Todo transcurría en calma hasta que una enfermedad grave afectó profundamente a su madre; se necesitaba una suma enorme de dinero para salvarla, pero nadie quiso ayudarla. Fue entonces cuando descubrió la verdadera cara de quienes una vez admiró y en quienes confiaba plenamente: sus propios jefes le dieron la espalda, abandonándola precisamente en el momento más difícil de su vida. Sentía que se quedaba completamente sola, sin apoyo ni consuelo, cuando más lo necesitaba. Desesperada y sin ninguna otra salida, se vio obligada a tomar una decisión arriesgada por el bien de su madre: tuvo que dejar atrás sus raíces, su hogar y todo lo que conocía, para adentrarse en un mundo hostil que la trataría como una esclava, quien quedara luchando por sobrevivir
NovelToon tiene autorización de evely azul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
12 Ya no tengo ganas de seguir aquí. Me voy
El médico, sin decir nada más, le acercó una hoja de papel donde figuraba la suma total estimada. La miró con compasión y añadió bajito, queriendo dejar claro que él también quería ayudar en lo poco que podía:
—Yo ya ajusté los precios desde mi parte, reduje los costos al mínimo posible… Sé que no es mucho, y que sigue siendo una cifra muy alta, pero para mí era importante hacer ese esfuerzo por ustedes.
Sasha leyó la cifra. Su mirada se quedó fija, vacía, sin reacción posible. Sintió cómo la impotencia la invadía por completo: no tenía forma de saldar esa deuda, no tenía recursos, no tenía a nadie más… todo su mundo se redujo a esa hoja y a esa realidad aplastante.
—Me retiro un momento… voy al baño y vuelvo —dijo de repente, levantándose deprisa, con la voz temblando, a punto de llorar, queriendo escapar de allí, deseando con todas sus fuerzas que no la viera romperse.
El médico se quedó quieto, sin moverse, siguiéndola con la mirada mientras se iba. Bajó la cabeza, afectado profundamente por lo que le estaba sucediendo, sabiendo que, aunque quisiera, no podía hacer más: eran normas del sanatorio, costos y sistemas que estaban fuera de su alcance para cambiar.
Sasha caminaba lentamente por el pasillo, con el corazón hecho pedazos. Las lágrimas, que había contenido tanto, empezaron a caer en silencio, una tras otra, deslizándose por sus mejillas sin que pudiera detenerlas.
Desde lejos, Miguel la vio. La reconoció al instante y, preocupado, comenzó a acercarse. Ella percibió su voz llamándola desde atrás, pero hizo como que no escuchaba; no quería hablar con nadie, menos con él ahora, cuando sentía que se desmoronaba.
Miguel aceleró el paso hasta alcanzarla, y al ver que ella no se detenía, le tomó suavemente del brazo para frenarla.
—¡Sasha, soy yo, Miguel! —le dijo, y al mirarla bien, notó inmediatamente sus ojos rojos y el esfuerzo que hacía por mantenerse en pie—. Espera… ¿qué te pasa? ¿Por qué vas así?
Ella se sacudió bruscamente, le quitó el brazo de un tirón y lo miró con rabia, una rabia nacida solo del dolor que la ahogaba.
—¡No me toques! ¡Vete de mi camino! ¿Acaso me estás persiguiendo? ¡Ya te dije que no vinieras, que no te quería ver aquí! —le gritó con la voz totalmente quebrada, y sin esperar respuesta, se alejó a toda prisa, decidida a no seguir hablando con él.
Miguel se quedó parado en el mismo sitio, sorprendido y herido, mirándola irse. Aun así, su preocupación no desapareció; al contrario, susurró para sí mismo, con el corazón apretado, sabiendo perfectamente que algo malo estaba pasando:
—Sasha… ¿por qué tienes esa voz rota? ¿Estuviste llorando? —se preguntó en alta, sin quitarle la vista de encima, sintiendo su dolor como si fuera propio, aunque ella lo hubiera rechazado hace un momento.
Iba a dar un paso para seguirla, cuando una voz aguda y rápida lo detuvo en seco.
—¡Miguel! ¡Estás aquí! —exclamó Britany, su mejor amiga, acercándose y clavando la mirada en él—. Ya veo que ya te enteraste del accidente, ¿verdad? Yo pensé que vendrías antes, pero bueno, al final apareciste…
Miguel se giró de golpe, con la atención totalmente puesta en lo que acababa de escuchar, mezcla de interés y desesperación por entender.
—¿Britany? ¿Qué accidente? ¿De quién estás hablando? —preguntó, serio y alerta, buscando con la mirada a la persona que podría haber sufrido algo malo.
Ella abrió los ojos, sorprendida de verdad, y comenzó a hablar sin parar, como siempre:
—¿A ver? ¿Me estás diciendo que no lo sabías todavía? ¡Vaya! Yo estaba segura de que por eso estabas aquí parado, mirando todo el rato hacia la entrada… ¡Qué cosas! Y bueno, ya que estamos, ¿por qué estás aquí tú? ¿Te pasa algo de salud? ¿Te duele algo? ¿Tienes alguna enfermedad que no me has contado? Porque a ver, no me puedes negar nada, ¿eh? Soy tu amiga desde que éramos niños, te Conozco de pies a cabeza, tengo derecho a saber todo lo que te pasa, ¿no? —decía ella, inquieta, tocándole el brazo con las manos llenas de ansiedad, sin dejarlo responder ni un segundo.
Miguel suspiró, ya empezando a notar la impaciencia crecerle por dentro, y la cortó con voz firme y directa, tratando de volver al tema que le importaba:
—No me pasa nada, Britany. Es solo un chequeo de rutina, nada grave. Ahora contéstame de una vez: ¿quién es la persona que está internada aquí? ¿De quién me hablabas antes?
Pero ella, como si no hubiera escuchado su pregunta, cambió de tema al instante, con los ojos muy abiertos y una sonrisa extraña:
—¿En serio te atiendes aquí? ¡Qué sorpresa! Yo siempre pensé que eras de esas personas con estatus alto, que van a clínicas privadas de lujo… ¿Será que ya estás en la quiebra? —dijo, quedándose quieta, convencida de que esa era la única razón posible para que él estuviera ahí—. ¡Vaya, quién lo iba a decir! Mi mejor amigo sin un peso…
Miguel sintió cómo la molestia se convertía en enfado. La miró con seriedad, ya harto de que ella hablara y hablara sin darle una sola respuesta clara:
—¿Qué estás diciendo ahora? ¿Acaso me ves cara de pobre solo por venir hasta acá? Que yo esté en un sanatorio público no significa que no tenga dinero, ni que esté mal de la plata. ¡No tiene nada que ver una cosa con la otra!
—Ay, está bien, está bien, ya te entiendo —siguió ella, sin parar, ahora con una sonrisa pícara, como si hubiera descubierto el secreto más grande del mundo—. Ya sé lo que pasa, no hace falta que me lo expliques: te enamoraste de alguna mujer, la viste o te contaron que estaba aquí, y viniste corriendo detrás de ella para verla. ¡Eres un pícaro, Miguel! ¿Cómo no me dijiste antes?
Esa fue la gota que derramó el vaso. Miguel se sintió ofendido, no solo por la suposición absurda, sino porque otra vez ella se había desviado del tema y no le había dicho nada de lo que necesitaba saber. Dio media vuelta, con paso firme, y murmuró con fastidio:
—Ya no tengo ganas de seguir aquí. Me voy.
—¡Oye, amigo! ¿A dónde vas? —gritó Britany, dejando de sonreír y poniéndose seria al ver que se alejaba—. ¡No seas grosero con tu mejor amiga, vuelve acá enseguida! Que todavía no te he contado nada de lo que sé, ni te he dicho quién es la persona que está internada… —decía ella, mirándolo irse, sin entender por qué él se había enfadado tanto, cuando ella solo estaba hablando como siempre.