En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.
Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.
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capitulo 16
La mansión quedó bajo un estado de sitio absoluto. Los médicos militares del estado mayor de la Unión llegaron en cuestión de minutos, con sus maletines de instrumental de plata y sus túnicas blancas. Sin embargo, cuando el cirujano jefe intentó acercarse a William, que permanecía sentado en un sillón de cuero en el despacho destruido, el Comandante desenvainó una pistola con su mano derecha y la apuntó directamente al pecho del oficial.
—Aléjense —ordenó William, su voz baja y rasposa, la frente cubierta de perlas de sudor frío—. No quiero que ninguno de ustedes toque esta herida. Fuera de aquí.
—Señor, la bala del mosquete rebotó y el corte del cuchillo es profundo. Si la munición se queda en el músculo, la infección lo matará en cuestión de horas —protestó el cirujano, pálido de miedo.
—He dicho que fuera —sentenció William, amartillando la pistola.
Los médicos retrocedieron en tropel, dejando la estancia sumida en un silencio tenso. En la esquina del cuarto, custodiada por dos soldados que temblaban ante la ira de su superior, Evelyn observaba la escena.
El Comandante desconfiaba de su propia élite; sabía que en el ejército de la Unión más de un general estaría encantado de dejar que una bala infectada terminara con su mandato para heredar el poder de Asque.
Evelyn dio un paso al frente. Los guardias intentaron bloquearle el paso, pero William hizo un leve gesto con la cabeza para que la dejaran avanzar.
—Ustedes también salgan —ordenó él a los soldados—. Y cierren la puerta por fuera.
—Comandante, no es seguro dejarlo a solas con la prisionera...
—Si quisiera matarme, solo tendría que haber guardado silencio hace media hora —dijo William, fijando su mirada en Evelyn—. Salgan.
Cuando la puerta se cerró, Evelyn caminó hacia la mesa auxiliar donde los médicos habían dejado los instrumentos antes de ser expulsados. Revisó las pinzas de presión, el bisturí de acero, las vendas de lino limpio y una botella de alcohol de alta graduación. Su entrenamiento como boticaria en los barrios pobres, donde había extraído decenas de proyectiles de los cuerpos de los trabajadores, tomó el control de sus movimientos.
Se acercó a William. Él estaba recostado contra el respaldo de cuero, con la camisa rota desabrochada para dejar al descubierto el hombro izquierdo. La herida era fea: un corte limpio en la carne rodeado por una zona amoratada e inflamada donde el plomo del proyectil se había alojado cerca de la escápula.
—Esto va a doler —dijo ella con voz profesional, sin rastro de vacilación.
—Hazlo —respondió él, apretando la mandíbula.
Evelyn vertió una cantidad generosa de alcohol directamente sobre la herida para limpiar la sangre acumulada. William no gritó, pero un estremecimiento violento recorrió su torso desnudo y sus dedos se clavaron con tal fuerza en los apoyabrazos de cuero que las costuras del sillón comenzaron a ceder.
Ella tomó las pinzas de metal y las desinfectó con el licor antes de acercarlas a la carne abierta. El contacto del metal frío contra la herida viva hizo que William dejara escapar un jadeo corto y áspero.
Evelyn se inclinó sobre él. Estaba tan cerca que podía sentir el calor abrasador que emanaba de la piel del Comandante por la fiebre emergente. Sus manos, expertas y delicadas, trabajaron dentro de la herida con una precisión quirúrgica. Sentía cada tensión muscular de William, cada latido acelerado de su pulso bajo sus dedos manchados de sangre.
—Un poco más... casi lo tengo —susurró ella, más para sí misma que para él.
Las pinzas encontraron el metal. Con un movimiento firme y constante, Evelyn tiró hacia fuera. El trozo de plomo deformado salió de la carne con un sonido húmedo, y ella lo arrojó dentro de la bandeja de plata, donde metálicamente resonó.
William dejó caer la cabeza hacia atrás contra el sillón, respirando con dificultad. El sudor le corría por el cuello, pegando los mechones de su cabello oscuro a la frente.
Evelyn comenzó a limpiar los bordes de la herida con lino y a coser los cortes con hilo de seda de uso médico. Sus dedos rozaban la piel firme de su pecho y la cicatriz antigua que recorría su antebrazo. El silencio en la estancia destruida era denso, cargado de una intimidad dolorosa que ninguno de los dos podía ignorar.
—Podrías haberme dejado morir —dijo William de pronto. Su voz ya no tenía la arrogancia militar; era un murmullo ronco, cargado de una mezcla indescifrable de odio, confusión y una devoción oculta que lo aterraba—. Tu gente habría ganado. Habrías sido una heroína en el sector sur. ¿Por qué gritaste, Evelyn?
Evelyn no levantó la vista. Continuó apretando el último nudo del hilo sobre su piel pálida antes de cortar el exceso con las tijeras.
—No lo hice por el Comandante de la Unión —respondió ella, su voz firme pero impregnada de una tristeza infinita—. Ni por el hombre que destruye mi hogar todos los días.
Finalmente, levantó la mirada y sostuvo los ojos azules de William, que la observaban con una intensidad abrasadora.
—Lo hice porque no soy como tú —continuó ella, limpiándose las manos manchadas de sangre con un paño limpio—. No puedo mirar a alguien a quien conozco y dejar que lo apuñalen por la espalda, por muy monstruo en el que se haya convertido. Si dejo que te asesinen de esa forma, perdería la última parte de mí que no has logrado destruir en esta mansión.
William la miró en silencio. La respuesta de ella lo golpeó con más fuerza que cualquier bala. La superioridad moral de Evelyn, su negativa a bajar al nivel de crueldad en el que él se movía, era la derrota más absoluta que el Comandante había sufrido jamás.
Él extendió despacio su mano derecha, la mano que no estaba herida, y sus dedos rozaron levemente la muñeca de ella, donde aún quedaba una pequeña mancha de la sangre de él.
—Ahora ambos estamos atrapados, Evie —susurró él, usando por primera vez en años el nombre de su infancia sin que mediara un delirio o una pesadilla—. Tu gente te considerará una traidora por haberme salvado la vida... y yo no puedo dejarte ir sin destruirme a mí mismo.
Evelyn no retiró la mano, pero tampoco correspondió al toque. Se quedó allí, de pie entre los restos de la batalla y el olor a pólvora, sabiendo que la línea entre el enemigo que odiaba y el hombre que había salvado se había borrado para siempre en medio del fuego.