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Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Arrogante / CEO
Popularitas:489
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Guanipa

La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico

NovelToon tiene autorización de Maria Guanipa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA PRIMERA FISURA

El arte de la guerra no consiste en evitar el peligro, sino en hacer que tu enemigo crea que tiene la ventaja mientras se adentra voluntariamente en tu territorio.

La mañana siguiente a la visita de Kang comenzó con una quietud artificial. Ela observaba la calle desde la ventana del segundo piso de la academia, sosteniendo una taza de café negro que ya se había enfriado. Un sedán negro de vidrios polarizados permanecía estacionado a media cuadra, con el motor apagado pero la sutil vibración del escape delatando que alguien esperaba dentro.

Los hombres del viejo patriarca ya estaban allí.

Ela no sintió miedo; sintió la fría adrenalina de quien ve su plan ejecutarse sin un solo error de cálculo. Patricia había mordido el anzuelo de la paranoia, el patriarca había reaccionado, y ahora la academia El Compás de Seda estaba bajo vigilancia.

Su teléfono personal vibró sobre el escritorio. Era un mensaje cifrado de Victoria:

Tenemos ojos sobre tus ojos. Los hombres del sedán pertenecen a la seguridad privada de Althea, división sucia. No te muevas sola hoy. Tomás está cerca, pero no confíes en su prudencia. Su instinto de hermano lo hace predecible.

Ela borró el mensaje de inmediato. Caminó hacia el espejo del vestidor y se contempló. La reconstrucción de su rostro era perfecta, pero en momentos de alta tensión como este, sentía una tirantez fantasma en la mandíbula, un recordatorio físico de la noche en que la fábrica de su padre ardió en llamas.

—Un día más, papá —susurró al cristal—. Un día más.

A mediodía, la tensión se trasladó a las oficinas centrales de Althea.

El viejo patriarca, un hombre de setenta años con ojos de reptil y el cuerpo encorvado por la edad pero sostenido por una soberbia inquebrantable, entró al despacho de Kang sin anunciar su llegada. Detrás de él, dos guardaespaldas de su absoluta confianza cerraron la doble puerta de caoba.

Kang, que revisaba unos informes financieros, no se inmuto. Levantó la vista con la misma calma gélida que utilizaba para cerrar tratos millonarios.

—Suegro. No lo esperaba hoy en la oficina —dijo Kang, reclinándose en su sillón.

—Déjate de formalidades, Kang —siseó el viejo, apoyando ambas manos sobre el escritorio de cristal—. Mi hija está al borde de un colapso nervioso. Dice que la estás espiando, que manipulas sus medicamentos y que te reúnes en secreto con una mujer en una academia de baile. ¿Qué demonios está pasando?

Kang sostuvo la mirada del hombre que una vez lo había comprado con su fortuna. Sintió una repugnancia profunda, pero su voz permaneció perfectamente controlada.

—Patricia necesita ayuda profesional, y usted lo sabe. El escándalo en su cumpleaños no fue un hackeo; fue el resultado de su propio desequilibrio. En cuanto a la academia... asisto a clases de tango y etiqueta para los eventos de representación del holding. Si su hija ve fantasmas en cada esquina, es su propia culpa.

El viejo patriarca entrecerró los ojos, buscando una fisura en la armadura del CEO.

—No me importan las locuras de Patricia, Kang. Me importa el holding. Si te divorcias de ella ahora, la junta directiva se dividirá y las acciones de Althea caerán a la mitad. No voy a permitir que destruyas lo que construí por un capricho. Investigué a esa mujer, a "Susana". Su historial es impecable, hija de una familia respetable venida a menos. Pero si descubro que está interfiriendo en los negocios familiares... la haré desaparecer a ella y a cualquiera que la proteja.

Por primera vez en la conversación, un destello de furia real cruzó los ojos de Kang. La mención de Susana como una amenaza directa hizo que su puño se apretara bajo el escritorio. El instinto de protección que sentía por ella era una fuerza salvaje que ni él mismo comprendía del todo.

—No la toque —dijo Kang, su voz bajando a un tono tan bajo y peligroso que los guardaespaldas del viejo dieron un paso al frente de manera instintiva—. Si alguno de sus hombres se acerca a esa academia, destruiré la reputación de Althea desde adentro. Tengo suficiente información sobre sus desvíos fiscales como para que pasemos los próximos diez años en un tribunal. No me tiente, suegro.

El viejo patriarca guardó un largo silencio, asombrado por la audacia de quien alguna vez fue su peón más dócil. Finalmente, esbozó una sonrisa torcida.

—Vaya... el perro por fin aprendió a morder. Veremos cuánto te dura la valentía, Kang.

Al caer la tarde, la lluvia comenzó a golpear los ventanales de la academia. Ela preparaba la pista para la última clase del día cuando la puerta trasera del callejón se abrió con un chasquido metálico.

Ela se tensó, buscando con la mano el estilete oculto en el cajón de la barra de sonido.

—Soy yo, Susana —la voz de Tomás emergió de la oscuridad del pasillo.

Tomás entró vestiendo una chaqueta impermeable húmeda, con el rostro serio y la respiración algo agitada. Se detuvo a unos metros de ella, mirando hacia la entrada principal.

—Hay un auto vigilando el frente —dijo Tomás en voz baja—. Y no son aficionados. Ela, tienes que salir de aquí. El viejo patriarca no juega limpio. Si descubren que eres la hija de...

—No van a descubrir nada, Tomás —lo interrumpió Ela, cruzando los brazos, obligándose a sonar dura—. Susana tiene un pasado perfectamente documentado gracias a Victoria. Para ellos, solo soy una mujer refinada que el CEO está usando como vía de escape. Cuanto más me vigilen, más se convencerán de que soy inofensiva.

—¿Inofensiva? —Tomás dio un paso hacia ella, con los ojos brillando de desesperación—. ¿Y qué pasa con Kang? Lo vi salir de aquí anoche tarde, Ela. Vi cómo te miraba. No estás actuando solo con la cabeza. Ese hombre se está enamorando de ti, y tú... te estás exponiendo demasiado.

Ela desvió la mirada por una fracción de segundo, un gesto que no pasó desapercibido para Tomás.

—Kang es la llave que abrirá la caja fuerte de Althea, nada más —sentenció ella, aunque su voz sonó un poco más baja de lo habitual—. Es el único que tiene acceso a los registros del día del incendio. Necesito que confíe en mí plenamente para que me entregue las pruebas que destruirán a Julián y al holding.

—¿Y si él te pide que dejes todo? ¿Y si te ofrece una vida diferente? —preguntó Tomás, su voz cargada de un dolor antiguo, del amor silencioso que siempre le había profesado desde niños—. ¿Qué harás entonces, Ela?

Ela no respondió. El silencio que se instaló en el salón de baile fue más elocuente que cualquier mentira ensayada.

De repente, los faros de un auto iluminaron la acera delantera a través de los cristales esmerilados. El sonido de un motor potente se detuvo justo en la entrada.

—Es él —susurró Ela, reconociendo el rugido del auto de Kang—. Tienes que irte, Tomás. Por la puerta trasera. Ahora.

Tomás la miró por última vez, una mezcla de impotencia y advertencia en sus ojos.

—No dejes que te arrastre con él, Susana —dijo antes de desaparecer en las sombras del callejón.

Ela respiró hondo, alisó su vestido negro de encaje y caminó hacia la entrada principal. El juego de ajedrez estaba entrando en su fase más peligrosa: el momento en que las piezas se mezclan y el rey decide avanzar por cuenta propia.

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