Andreia lo tenía todo: el amor de un futuro Rey Alfa, la promesa de un destino compartido y la certeza de que la luna los había elegido. Hasta la noche en que Máximo la rechazó frente a toda la manada para presentar a otra mujer como su Luna.
Humillada y con un secreto creciendo en su vientre, Andreia huyó. Lejos de las manadas, lejos de los tronos, construyó una vida en el silencio: una confitería pequeña, una casa rodeada de árboles y una hija llamada Kim que lo era todo para ella.
Pero Kim no es una niña común. A los cuatro años ya se transforma en loba, sus ojos brillan con un poder que no debería existir en alguien tan pequeña, y la luna parece responder cada vez que ella ríe o llora. Porque Kim es la verdadera heredera de una profecía que todos creyeron pertenecía a otra.
Cuando el pasado toca a la puerta y Máximo descubre lo que perdió, nada volverá a ser igual. Entre secretos de sangre, conspiraciones familiares y un poder ancestral que despierta con cada latido, Andreia deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para proteger a su hija.
Porque en el mundo de las manadas, el amor puede ser la fuerza más peligrosa de todas.
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capítulo 10
La luz de la mañana atravesaba los vitrales altos de la sala del trono, tiñendo el suelo de piedra con tonos dorados y plateados. El castillo todavía llevaba las marcas de la noche anterior, pero allí dentro reinaba un silencio solemne, denso de expectativa. Montana ya se encontraba presente cuando Verónica entró.
El antiguo Rey Alfa permanecía de pie, apoyado en su bastón ceremonial, el semblante serio, atento. El tiempo le había arrebatado parte de la fuerza física, pero no la autoridad ni la lucidez.
Máximo estaba sentado en el trono, rígido, como si aquel asiento fuera más una carga que un privilegio. Verónica caminó hasta el centro de la sala sin prisa.
VERÓNICA— Necesitamos hablar —declaró, con la voz baja y firme.
Montana inclinó levemente la cabeza.
MONTANA— Por el estado de este castillo, imagino que no será algo menor.
Verónica respiró hondo antes de hablar. En sus manos traía un pergamino antiguo, amarillento por el paso del tiempo, sellado con un símbolo lunar casi borrado.
VERÓNICA— Pasé la noche en los archivos antiguos —comenzó—. Aquellos que fueron cerrados todavía en el reinado de tu abuelo, Montana. Textos que no hablan de poder, sino de fin de ciclos.
Máximo frunció el ceño.
MÁXIMO— Profecías —murmuró.
VERÓNICA— Sí. Leí algunos, pero uno en particular llamó mi atención, porque creo que se refiere a Kim.
Montana entrecerró los ojos.
MONTANA— Continúa.
Verónica avanzó unos pasos, colocándose entre padre e hijo.
VERÓNICA— La profecía habla de una criatura nacida bajo la Luna plena, cuando el mundo estuviera demasiado desequilibrado —explicó—. Una criatura que llevaría en sí el poder de clausurar un reinado basado en la fuerza y la herencia... e iniciar otro, guiado por la esencia y el equilibrio. Una criatura que extrae su poder del amor, no de la guerra.
Máximo sintió el corazón acelerarse.
MÁXIMO— Destituir el reinado —dijo en voz baja.
VERÓNICA— Kim nació para destituir el reinado actual.
El silencio que siguió fue denso, casi sofocante. Montana fue el primero en reaccionar.
MONTANA— Esa es una acusación grave —advirtió, la voz controlada pero firme—. ¿Estás diciendo que mi propia nieta es el fin de nuestro linaje?
VERÓNICA— No el fin de la sangre —corrigió—. El fin de la forma en que gobernamos. Ella nació para restaurar las antiguas tradiciones.
MONTANA— Siempre supimos que el poder alfa cobra un precio —reconoció—. Pero nunca imaginé que la Luna elegiría a una niña para derribar el trono.
VERÓNICA— No lo derribará: lo redefinirá —respondió—. Nació del amor, y ese amor crecerá, igual que sus poderes.
Máximo se puso de pie lentamente.
MÁXIMO— Entonces, ¿por qué Kim es mi hija? —preguntó—. ¿Por qué nació ligada a mí, al castillo, al poder que ella debería destruir?
Verónica lo observó con atención.
VERÓNICA— Porque el mundo se volvió demasiado crítico —explicó—. La profecía afirma que, cuando el desequilibrio alcanza su punto máximo, la criatura del fin del ciclo no nace fuera del poder... sino dentro de él.
Montana abrió levemente los ojos.
MONTANA— Una protección —susurró.
VERÓNICA— Exactamente —confirmó—. La Luna la hizo hija del Rey Alfa para garantizar su supervivencia. Para que nadie pudiera tocarla mientras fuera demasiado frágil para defenderse sola. Pero tú tomaste una pésima decisión.
Máximo se pasó la mano por el rostro.
MÁXIMO— Entonces yo no fui elegido... fui designado —dijo con amargura—. Andreia y yo fuimos utilizados.
Montana dio un paso al frente.
MONTANA— No hables como si eso fuera poca cosa —le advirtió a su hijo—. Ser guardián de algo así es una carga que pocos soportarían.
VERÓNICA— La profecía no llama a Máximo rey eterno —continuó—. Lo llama puente.
Máximo alzó la mirada.
MÁXIMO— ¿Puente?
VERÓNICA— Entre lo que necesita acabar... y lo que todavía no puede comenzar —explicó—. Creo que es una manera de que tú no mueras.
Montana respiró hondo, sintiendo el peso de aquellas palabras.
MONTANA— ¿Y Andreia? —preguntó—. ¿Dónde encaja ella en todo esto?
VERÓNICA— Andreia es el corazón de la profecía —respondió—. La madre que lleva la Luna en la sangre. La mujer que rechazó el trono cuando podría haberlo tomado. La única capaz de enseñarle a Kim a no confundir poder con dominación. Pero hay una parte que todavía no comprendo.
MONTANA— ¿Cuál?
VERÓNICA— La profecía dice que, tras cumplir su misión, Andreia debe regresar a su hogar por derecho.
MÁXIMO— ¿Qué significa eso?
VERÓNICA— Aún no lo sé.
Máximo cerró los ojos un instante.
MÁXIMO— Intenté traerlas por la fuerza —confesó—. Creí que estaba protegiéndolas... pero solo reforcé todo lo que la profecía condena.
MONTANA— Los reyes que gobiernan por el miedo siempre creen estar protegiendo algo.
MÁXIMO— ¿Y ahora? —preguntó—. ¿Qué hago sabiendo que mi hija nació para cambiarlo todo?
Verónica se acercó y le posó la mano en el brazo.
VERÓNICA— Ve con calma —aconsejó—. La profecía no habla de prisa. Cada paso precipitado puede convertir a Kim en algo que nunca debería ser.
MONTANA— Una tirana —completó.
VERÓNICA— Exactamente. La profecía no dice que ella tenga que matarte.
Máximo respiró hondo.
MÁXIMO— ¿Y si los ancianos se enteran?
MONTANA— Intentarán controlarla —afirmó—. O destruirla, si no lo consiguen.
VERÓNICA— No pueden. La Luna le concedió control sobre los elementos. Una sonrisa suya puede traer días de sol, mientras que un llanto puede desatar días de lluvias intensas. Está ligada a la naturaleza.
MÁXIMO— Mi cachorra es solo una niña y ya tiene tanto peligro a su alrededor.
VERÓNICA— Por eso la profecía fue escondida —añadió—. Fragmentada en leyendas, símbolos y cantos infantiles. Pocos consiguen verla en su totalidad.
El silencio volvió a apoderarse de la sala.
MÁXIMO— ¿Entonces cómo será de aquí en adelante? —preguntó.
VERÓNICA— No lo sé, hijo —respondió—. Solo sé que cada día Kim se volverá más fuerte. Será mejor que nos preparemos.
Montana apoyó el bastón en el suelo.
MONTANA— Gobierna mejor de lo que yo goberné —le dijo a su hijo—. Si el reinado tiene que acabar, que acabe porque se volvió innecesario... no porque fue destruido a la fuerza.
Máximo contempló a sus padres, sintiendo algo diferente nacer en su pecho. No una esperanza plena, sino comprensión.
MÁXIMO— Siempre quise ser elegido por la Luna —murmuró.
VERÓNICA— Tal vez lo fuiste —respondió—. No como rey eterno... sino como el hombre que supo detenerse.
Lejos de allí, Kim corría por el jardín amurallado, riendo, sin saber que su nacimiento había reescrito el destino de reinos enteros.
Y la Luna, silenciosa como siempre, observaba. No para juzgar, sino para esperar. El futuro estaba enteramente en las manos de aquella niña.