Yael Yúnez tiene veinte años, cabello plateado, y un secreto que lo mantiene caminando en la cuerda floja: a los dieciocho se casó con su "hermano mayor", León Luján — el heredero que abandonó una fortuna familiar para estar con él.
Ahora León es el CEO de LX Capital, la firma de inversiones más temida de Ciudad del Valle. También es el nuevo patrono de UniValle, la universidad donde Yael estudia artes. Nadie sabe que el empresario de mirada glacial llega cada noche a casa a cocinarle pasta a un chico de pelo plateado que le pone apodos ridículos en WhatsApp.
Pero los secretos no duran para siempre.
Cuando una foto se viraliza, cuando los empleados de LX empiezan a murmurar sobre "la pareja del jefe", y cuando un hombre del pasado de León aparece con una obsesión peligrosa por Yael... el matrimonio oculto empieza a resquebrajarse.
Gonzalo Luján — hermanastro de León, vicepresidente del imperio que León rechazó — lleva años observando a Yael en silencio. Y ahora está decidido a tomar todo lo que León tiene: su empresa, su posición... y su esposo.
"Quiero que te divorcies de él."
"Señor Luján, la clínica psiquiátrica queda a dos cuadras. Todavía hay camas disponibles."
En medio del caos, Yael descubrirá la verdad que León siempre le ocultó: por qué se fue dos años, por qué nunca volvió a su familia, y qué fue exactamente lo que sacrificó — todo por un chico que ni siquiera sabía lo amado que era.
Contenido:
🔥 CEO posesivo que se derrite solo por su esposo
💍 Matrimonio secreto (¡ya están casados desde el capítulo 1!)
😭 "Te hago llorar pero después te consiento"
⚡ Villano obsesivo + drama familiar + plot twists
💕 Tres parejas, todas adorables
🌶️ Escenas subidas de tono (con mucho amor)
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Capítulo 4
Capítulo 4
La residencia Luján
León no llegó al campus.
Yael almorzó.
No porque tuviera hambre, por supuesto. Eso habría sido una derrota demasiado simple. Almorzó porque Luca puso su celular sobre la mesa de la cafetería, abrió la conversación con su hermano y dijo, con una seriedad que no usaba ni para los exámenes:
—Si no comes, lo llamo por videollamada.
Quique, que todavía no sabía a quién amenazaban pero disfrutaba cualquier conducta responsable, le empujó una charola.
—Come.
—Me siento vigilado por el Estado —murmuró Yael.
—Por algo peor —dijo Luca—. Por mi hermano con tiempo libre.
Félix levantó la vista de su libreta.
—Eso suena como villano de temporada final.
Yael terminó la sopa, medio sándwich y una gelatina que Quique le compró "porque te ves como si fueras a desmayarte por drama". Cuando se levantaron, Quique le pasó un brazo por los hombros y lo apretó contra él con esa fuerza de amigo sobreprotector que no pedía permiso.
—No sé qué escondes —le dijo al oído—, pero si alguien te hace llorar, me avisas.
Yael se quedó quieto un segundo. Luego le dio un golpecito en la espalda.
—Eres muy intenso.
—Y tú muy evasivo.
Lo soltó casi enseguida, pero su colonia quedó en la camisa de Yael: fresca, amaderada, demasiado evidente para alguien con el olfato enfermizamente entrenado por los celos.
Al caer la tarde, Simón lo recogió en la entrada lateral de UniValle. Yael subió al carro con la mochila llena de bocetos y la dignidad ligeramente dañada por haber tenido que mandar foto de su almuerzo.
—¿El director está en casa? —preguntó, intentando sonar casual.
—Llegará en veinte minutos.
Yael miró por la ventana, fingiendo que no se le alegraba la cara.
—No pregunté porque me importe.
—Claro, Señor Yúnez.
—Simón, tu tono suena ilegal.
Simón no respondió. Eso, en él, era una carcajada.
La residencia Luján estaba en una de las calles más tranquilas del Fraccionamiento Los Cedros. Desde afuera no gritaba riqueza; la murmuraba con muros blancos, jardín impecable, cámaras discretas y una puerta de madera tan pesada que parecía diseñada para separar al mundo de todo lo que León consideraba suyo.
Tonto lo recibió como si Yael hubiera vuelto de una guerra.
El perro apareció corriendo desde la sala, enorme, torpe y feliz, con una pantufla en la boca. Chocó contra sus piernas, soltó un ladrido y luego se dejó caer de lado en el piso.
—No —dijo Yael, señalándolo—. No te hagas el muerto. Te vi correr.
Tonto cerró los ojos.
Doña Lidia salió de la cocina con un trapo en la mano.
—Ese animal aprendió de usted, mi niño. Mucho teatro cuando no le dan lo que quiere.
—Yo no me hago el muerto.
—No, usted solo suspira en los sillones como protagonista abandonado.
Yael abrió la boca, ofendido.
—Esto es difamación doméstica.
El sonido de la puerta principal lo interrumpió.
La casa cambió antes de que León entrara del todo.
Era absurdo, pero pasaba. El aire parecía acomodarse alrededor de él. Primero los pasos firmes, después la sombra del traje en el vestíbulo, luego esa presencia fría que en LX Capital hacía enderezarse a media empresa.
—Señor León —saludó Doña Lidia.
León asintió con la misma sobriedad con la que probablemente firmaba adquisiciones. Llevaba el saco sobre un brazo, la corbata apenas aflojada y la mandíbula marcada por un día demasiado largo.
Entonces vio a Yael.
Todo el hielo se le derritió en los ojos.
—Mi cielo.
Yael intentó no ir hacia él demasiado rápido. Falló con dignidad limitada. Cruzó la sala y se dejó envolver por el brazo libre de León, escondiendo la cara un segundo contra su pecho.
—Hueles a oficina cara —murmuró.
—Y tú a pintura.
—Soy artista. Es mi perfume profesional.
León le besó la coronilla, justo donde el cabello plateado se le desordenaba más.
—¿Comiste?
Yael se separó lo suficiente para mirarlo con indignación.
—Ni hola, ni cómo estuvo tu día, ni qué bonito te ves, Yael. Directo al interrogatorio alimenticio.
—Hola. ¿Cómo estuvo tu día? Te ves bonito, Yael. ¿Comiste?
Doña Lidia se rió desde la cocina. Yael le lanzó una mirada traicionada.
—Sí comí. Hay pruebas fotográficas, testigos y posiblemente una declaración jurada de Quique.
Al oír ese nombre, León bajó apenas la mirada.
—¿Quique?
—Mi amigo. El que no conoce tu existencia completa y aún así quiere golpearte preventivamente.
—Interesante.
La palabra salió demasiado tranquila.
Yael no le dio importancia. Debió.
León le tomó el celular de la mano con naturalidad.
—Batería al doce por ciento.
—Eso es casi veinte.
—Eso es casi apagado.
—No dramatices.
León conectó el celular a un cargador de la consola como si desactivara una bomba.
—Si se apaga, no puedo llamarte.
—Si se apaga, sobrevives.
León lo miró.
Yael levantó ambas manos.
—Okay, no sobrevives. Qué tragedia.
—Exacto.
La respuesta fue tan seria que Yael tuvo que morderse el labio para no sonreír.
Doña Lidia anunció que la cena estaba casi lista, pero León ya iba camino a la cocina, remangándose la camisa.
—Yo termino.
—Usted viene de trabajar todo el día —protestó ella.
—Y él viene de comer gelatina de cafetería. Hay prioridades.
—¡Oye! —dijo Yael—. La gelatina tenía dignidad.
—La gelatina no es comida.
—La gelatina es una experiencia.
León abrió el refrigerador, revisó lo que Doña Lidia había dejado preparado y empezó a moverse con esa precisión silenciosa que tenía para todo: sellar pollo, bajar el fuego de la salsa, probar sal, sacar platos, apartar el cilantro porque sabía que Yael se quejaba si encontraba demasiado. Yael se sentó en la barra, balanceando los pies, con Tonto instalado junto a él en espera de que algo cayera.
—No le des —advirtió León sin voltear.
Yael escondió un pedacito de tortilla en la mano.
—No estoy haciendo nada.
—Yael.
—Tu perro parece desnutrido emocionalmente.
Tonto movió la cola con descaro.
León se acercó, le quitó la tortilla de los dedos y se la llevó a la boca él mismo.
Yael se quedó mirándolo.
—Eso era para Tonto.
—Ahora es para mí.
—Abuso de autoridad otra vez.
León apoyó una mano en la barra, inclinándose lo justo para invadirle el espacio.
—Puedes demandarme.
—Tengo contactos.
—Yo también.
—Los tuyos usan traje y dan miedo.
—El tuyo manda corazones.
Yael sintió que la cara se le calentaba.
—Eso fue bajo.
León sonrió apenas y volvió al sartén. Ese pequeño gesto, tan raro fuera de casa, le apretó algo suave a Yael en el pecho. Nadie en UniValle creería que el León Luján de los comunicados financieros cocinaba en mangas de camisa mientras peleaba con un perro por tortilla.
Nadie sabía que el hombre frío de la ciudad le cortaba el pollo en trozos pequeños porque una vez, hacía años, Yael se había quemado la lengua por comer de prisa.
La cena quedó lista en pocos minutos. Yael robó un bocado antes de tiempo y se quemó de todos modos.
—Te dije que esperaras —dijo León, acercándole agua.
—No dijiste nada.
—Te conozco. Eso cuenta.
Después de cenar, Doña Lidia se retiró con una excusa demasiado obvia y Tonto los abandonó cuando entendió que ya no habría comida. La cocina quedó tibia, con olor a salsa suave y jabón de manos. Yael recogió un plato, pero León se lo quitó.
—Tarea.
—Mañana.
—Hoy.
—Eres un tirano doméstico.
León no respondió. Se quedó quieto.
Yael levantó la vista.
La mirada de León había cambiado. No por completo; no era el frío de LX Capital. Era algo más bajo, más cerrado. Sus dedos tocaron la manga de la camisa de Yael y subieron hasta su hombro.
—¿Qué?
León se inclinó.
No lo besó.
Aspiró apenas, cerca del cuello de Yael.
El cuerpo de Yael se quedó inmóvil.
—León...
El plato tocó la barra con un sonido seco. En el siguiente segundo, León lo tomó de la cintura y lo acorraló contra el borde de la cocina, una mano apoyada a cada lado de su cuerpo, tan cerca que Yael sintió el calor de su respiración.
La voz de León salió baja.
—Hueles a colonia de otro hombre.