Despreciada por su linaje de serpiente y desterrada por las intrigas de una hembra celosa, Serena despierta los recuerdos de su vida pasada como médica e ingeniera agroindustrial. En lugar de dejarse morir en el bosque peligroso, decide que el barro es el mejor aliado y la ingeniería su salvación. Al rescatar al general del Clan Águila, no solo se gana el corazón de un temible y tímido depredador, sino que inicia una revolución agrícola, médica y militar que cambiará el Continente de las Bestias para siempre, desafiando las tradiciones de la poligamia y demostrando que la inteligencia es el arma más letal de todas.
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CAPÍTULO 13
Para un general de división aérea, héroe de tres campañas fronterizas y azote de las tribus del sur, la situación logística en la que se encontraba Aquiles era, por decir lo menos, sumamente irregular.
Llevaba tres días consecutivos realizando misiones de "abastecimiento no solicitado" en favor de la pequeña serpiente desterrada. Había talado árboles enteros, desollado conejos con precisión milimétrica y vigilado el perímetro de la cueva contra incursiones de depredadores menores. Todo ello, por supuesto, bajo el amparo de la más estricta discreción militar y el camuflaje nocturno.
O eso creía él.
La realidad era que Aquiles sufría un grave conflicto de protocolo. Su código de honor le exigía saldar su deuda de vida con la hembra que lo había salvado del veneno de la Viuda del Bosque. Sin embargo, su timidez innata en asuntos sociales —especialmente con hembras que no se desmayaban de miedo al verlo y que, por el contrario, lo amenazaban con convertirlo en "nuggets de oferta"— lo paralizaba por completo. No sabía cómo hablarle en su forma humana sin parecer un bárbaro imponente.
Así que decidió que la comida era el lenguaje universal.
Esa mañana, tras pescar en el río un enorme y gordo salmón plateado del bosque, Aquiles decidió cambiar su estrategia. Esperó pacientemente oculto en las alturas del roble hasta que vio a Serena salir de la cueva cargando su habitual cilindro de bambú con dirección al riachuelo.
—Esta es mi oportunidad —pensó Aquiles, ajustándose la capucha de piel sobre la cabeza—. Entro, dejo el pescado en su mesa de piedra, ordeno un poco sus cuencos y me retiro antes de que regrese. Una operación de infiltración limpia, rápida y sin contacto visual.
Descolgándose de la rama con la agilidad de un felino, aterrizó sin hacer ruido sobre el suelo húmedo. Avanzó a zancadas silenciosas hacia la entrada de la cueva, sosteniendo el salmón fresco por las agallas. Las enormes alas doradas y castañas de su espalda permanecían rígidamente pegadas a sus costados, y sus orejitas de plumas, que sobresalían tímidamente de los costados de la capucha, se movían alerta a cualquier perturbación en el ambiente.
La cueva estaba fresca y olía delicioso, una mezcla de menta, resina de pino y el pan sin levadura que Serena cocinaba en su horno de barro. Aquiles se adentró en la penumbra, maravillado de nuevo por el orden casi militar del lugar. Se acercó a la mesa de piedra pulida donde Serena organizaba sus alimentos y depositó el pescado fresco con sumo cuidado sobre una hoja de plátano silvestre.
—Perfecto —murmuró para sí mismo, soltando un suspiro de alivio—. Misión cumplida. Ahora, retirada táctica.
Se giró sobre sus talones para salir, pero antes de que pudiera dar el primer paso hacia la luz del día, un sonido suave, rítmico y exasperantemente tranquilo lo congeló en el sitio.
*Tap, tap, tap.*
Era el sonido de unos dedos delgados golpeando rítmicamente contra la piedra.
Aquiles levantó lentamente la vista. Justo al lado de la entrada, detrás de una manta de lino que servía como improvisada división de ambientes y que él había asumido que estaba vacía, emergió Serena.
No estaba en el río. No estaba recolectando agua.
Estaba allí mismo, apoyada contra la pared de la cueva con los brazos cruzados sobre su top de lino y una sonrisa burlona que le iluminaba por completo los ojos verdes. Sus escamas perladas en las sienes brillaban con una luz divertida bajo la penumbra.
—¿Así que tú eres mi duendecillo de la madera? —preguntó Serena, ladeando la cabeza con una parsimonia que a Aquiles le pareció casi delictiva—. Podrías haber tocado la puerta, ¿sabes? El servicio de habitación de esta cueva suele exigir un mínimo de interacción social antes de recibir las propinas.
Aquiles se quedó petrificado. Sus instintos de combate, entrenados para reaccionar ante emboscadas de guerreros pantera o lluvias de flechas envenenadas, colapsaron por completo ante la visión de la pequeña hembra de cabello negro que lo miraba como si fuera un niño atrapado con las manos en el tarro de las galletas.
La escena era absolutamente ridícula.
Aquiles medía casi dos metros de pura musculatura, hombros anchos que apenas cabían en el pasillo de la cueva, garras afiladas y alas de combate capaces de levantar vientos huracanados. Sin embargo, frente a Serena, que apenas le llegaba al pecho, el temido Dios de la Guerra se encogió visiblemente.
—Yo... esto... —balbuceó Aquiles, con la voz rota y un par de octavas más aguda de lo habitual.
Para colmo de males de su dignidad militar, el calor comenzó a subirle por el pecho de manera incontrolable. En cuestión de segundos, un rubor intenso y violento tiñó su piel morena, extendiéndose desde el cuello, subiendo por sus mejillas y concentrándose con especial saña en sus dos orejas emplumadas. Las pequeñas plumas de sus orejas, que normalmente usaba para detectar corrientes de aire en pleno vuelo, comenzaron a agitarse y a erizarse de un color rosado brillante por la pura vergüenza.
—Vaya, pero si el pajarito sabe hablar —rio Serena, dando un paso hacia él sin mostrar un ápice de temor ante su imponente tamaño—. Y además se sonroja. Qué tierno. ¿Qué pasa, te comió la lengua el gato? ¿O es que el gran leñador nocturno solo es valiente cuando yo supuestamente estoy durmiendo?
Aquiles miró desesperadamente a su alrededor, buscando una ruta de escape, pero Serena estaba bloqueando la única salida física de la cueva. Su mente militar, famosa por trazar estrategias complejas en cuestión de segundos, se quedó completamente en blanco. En su pánico social, lo único que se le ocurrió hacer fue levantar la mano derecha, donde aún sostenía el salmón fresco por las agallas, y ofrecérselo a Serena como si fuera un escudo protector o una ofrenda sagrada.
—P-Pescado —logró articular, con las orejas emplumadas moviéndose frenéticamente hacia atrás en señal de sumisión total—. Fresco. Del río. Para... para ti.
Serena miró el enorme salmón que casi le rozaba la nariz, luego miró la cara completamente roja de Aquiles bajo la capucha, y finalmente soltó una carcajada tan limpia, sonora y contagiosa que resonó en todas las paredes de piedra de la cueva.
—¡Ay, por favor! —rio Serena, doblándose ligeramente y sosteniéndose el estómago—. ¡Eres increíble! Mides como dos metros, tienes alas para volar por encima de las nubes, ¿y te pones así de nervioso por entregar un pescado? De verdad, el diseño de los guerreros en este mundo es sumamente contradictorio.
Aquiles bajó lentamente el brazo, sintiendo que la vergüenza alcanzaba niveles históricos en su registro personal. Quería que la tierra se abriera y lo tragara, o al menos que un monstruo del bosque atacara la cueva para tener una excusa decente para pelear y no tener que hablar.
Serena, notando el genuino sufrimiento social del gigante, suavizó su expresión. Dio un paso más, acortando la distancia entre ambos, y con una delicadeza que sorprendió al guerrero, tomó el pescado de su mano. Al rozar sus dedos con la piel de Aquiles, este sintió un escalofrío que le erizó las plumas de las alas.
—Gracias por el salmón, de verdad —dijo Serena, mirándolo a los ojos con una calidez que derritió al instante cualquier rastro de tensión—. Y gracias por la leña de anoche. Aunque debo decirte una cosa... como espía nocturno eres un desastre absoluto.
Aquiles parpadeó, desconcertado.
—¿Un... desastre? —preguntó, con las orejitas emplumadas apuntando hacia arriba con curiosidad.
—¡Un desastre total! —afirmó Serena, divertida—. Te vi desde la ventana lateral de la cueva. Estaba comiendo bayas mientras tú cortabas madera con cara de estreñido por no hacer ruido. Y esos saltitos que diste para irte... Casi me muero de la risa.
El rubor de Aquiles, que apenas comenzaba a disiparse, regresó con el triple de fuerza. Sus alas dieron un pequeño y espasmódico aleteo detrás de su espalda, golpeando accidentalmente una de las repisas de bambú de Serena.
—¡Ah! ¡Lo siento! —exclamó Aquiles, intentando atajar un cuenco de madera antes de que cayera al suelo, lográndolo por milagro gracias a sus reflejos de águila.
—¡Epa! Cuidado con el inventario, que el espacio es reducido —lo regañó Serena con una sonrisa traviesa—. Anda, pasa. Ya que estás aquí y que me has traído la cena, lo mínimo que puedo hacer es invitarte a desayunar. Tengo pan de ñame fresco y té de menta silvestre. Y no acepto un "no" por respuesta, pollo enorme. Aquí dentro, la que manda soy yo.
Aquiles observó a la pequeña serpiente moverse con total confianza por la cueva, preparando el desayuno como si tener a un general de guerra alado en su cocina fuera la cosa más normal del mundo. Lentamente, la tensión de sus hombros desapareció, reemplazada por una extraña y profunda calidez. Se retiró la capucha de piel, dejando al descubierto su cabello castaño revuelto y sus hermosos ojos dorados, y se sentó en el suelo de piedra con una docilidad que habría dejado sin habla a todo su ejército.
Definitivamente, había sido emboscado por el enemigo más peligroso y encantador de todo el continente.