En un mundo donde los recuerdos pueden venderse, Kael Arden trabaja comprando aquellos que otros están dispuestos a olvidar para siempre. Pero cada vez que revive un recuerdo, también siente el amor, la alegría, el miedo o el dolor de quien lo vivió.
Todo cambia cuando adquiere un recuerdo imposible: el asesinato de un hombre... diez días antes de que ocurra.
Mientras intenta impedir ese futuro, Kael conocerá a Lyra, una joven incapaz de olvidar un solo instante de su vida. Juntos descubrirán que algunos recuerdos no pertenecen al pasado, sino al futuro, y que hay quienes están dispuestos a cambiar el destino a cualquier precio.
Porque hay recuerdos que pueden salvar una vida... y otros que pueden condenar al mundo.
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Capítulo 4: La promesa bajo el cerezo
«No todos los recuerdos desean ser conservados. Algunos solo quieren ser comprendidos antes de marcharse.»
— Fragmento del Libro de los Mercaderes, Volumen VIII»
Kael permaneció inmóvil en el pasillo.
A su izquierda, la puerta de la Sala Nueve seguía cerrada. Detrás de ella, Julián y Elena esperaban una respuesta que podía cambiar el resto de sus vidas.
A su derecha, la joven archivista aguardaba con el rostro tenso.
—¿Dónde está Lyra? —preguntó.
—En el jardín interior. No ha querido entrar en el edificio. Dice que allí nadie podrá escuchar la conversación.
Kael miró una vez más la puerta de la sala.
No podía abandonar a sus clientes.
Pero tampoco podía ignorar un aviso relacionado con el recuerdo del futuro.
En ese instante apareció Elias al final del pasillo.
Como si hubiera adivinado el conflicto.
—Ve.
Kael levantó la vista.
—Pero el caso...
—Yo me ocuparé de ellos.
El anciano apoyó una mano sobre su hombro.
—A veces un mercader debe confiar en otro mercader.
No hizo falta decir nada más.
Kael inclinó ligeramente la cabeza y salió del edificio.
---
El jardín interior era el lugar más tranquilo del Archivo.
En el centro crecía un enorme cerezo cuyas flores permanecían abiertas durante todo el año gracias a un antiguo sistema de conservación biológica.
Los empleados decían que era imposible trabajar rodeado de tantos recuerdos sin necesitar un lugar donde respirar.
Por eso existía aquel jardín.
Lyra estaba sentada en un banco de piedra.
Tenía el cuaderno abierto sobre las piernas.
No escribía.
Simplemente observaba las páginas.
Como si buscara algo entre miles de palabras.
Cuando Kael se acercó, ella habló sin levantar la cabeza.
—Has tardado cuatro minutos y doce segundos.
—Empiezo a pensar que llevas un reloj escondido.
Lyra sonrió apenas.
—No.
Solo recuerdo cuánto tarda la gente en llegar.
Kael se sentó a cierta distancia.
Durante unos segundos ninguno habló.
Una suave brisa hizo caer varios pétalos del cerezo.
Uno terminó sobre el cuaderno de Lyra.
Ella lo retiró con cuidado.
—Bonito árbol.
—Elias dice que tiene más de cien años.
—No.
Tiene ciento doce.
Lo plantó una mujer llamada Sofía Voss cuando el Archivo todavía era una sola casa.
Kael volvió a mirarla.
—¿Cómo puedes saber cosas que casi nadie conoce?
Lyra cerró el cuaderno.
—Porque leo mucho.
Y porque tengo buena memoria.
Era evidente que ocultaba parte de la verdad.
Pero Kael decidió no presionarla.
—La archivista me dijo que era urgente.
Su expresión cambió de inmediato.
Toda la serenidad desapareció.
—He recordado algo esta mañana.
—¿Relacionado con la fotografía?
—No.
Relacionado contigo.
El corazón de Kael dio un pequeño vuelco.
—Habla.
Lyra respiró profundamente.
—Anoche estuve revisando mis cuadernos antiguos.
Los escribo desde los nueve años.
Cada día.
Sin faltar uno solo.
Sacó un cuaderno mucho más viejo que el anterior.
Las tapas estaban desgastadas.
Las hojas amarillentas.
Lo abrió por una página marcada con una cinta azul.
—Aquí.
Kael acercó la mirada.
La letra era infantil.
"12 de mayo. Hoy vi a un chico en el jardín del Archivo. Estaba llorando junto al cerezo. El señor Elias lo abrazó y le prometió que nunca volvería a estar solo."
Kael sintió un escalofrío.
—¿Qué edad tenías?
—Nueve años.
—¿Y yo?
—Doce.
Él bajó la vista.
No recordaba aquel día.
Ni el jardín.
Ni el abrazo.
Solo recordaba despertarse en el Archivo.
Como si su vida hubiera comenzado allí.
Lyra pasó la página.
Había un dibujo.
Un niño sentado bajo el cerezo.
Y un hombre de cabello gris de pie a su lado.
—¿Recuerdas esto?
Kael negó lentamente.
—No.
—Eso es lo extraño.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Las personas olvidan muchas cosas.
Pero no suelen olvidar el día en que alguien les salva la vida.
Kael levantó la cabeza de golpe.
—¿Salvar la vida?
Lyra asintió.
—Eso escribió la niña que yo era.
Señaló otra línea del cuaderno.
"El señor Elias llegó justo a tiempo. Si hubiera tardado un poco más, el chico habría muerto."
El viento dejó de soplar.
Por un instante, el jardín quedó completamente inmóvil.
—¿Muerto... cómo?
—No lo sé.
No escribí más.
Y eso me preocupa.
Kael la observó fijamente.
—Si recuerdas todo... ¿por qué no recuerdas qué ocurrió?
Por primera vez desde que la conocía, Lyra pareció incómoda.
—Porque ese día alguien arrancó una página de mi cuaderno.
Sacó con cuidado el diario antiguo.
Entre dos hojas podía verse claramente el hueco donde había faltado una.
El papel había sido arrancado con extrema precisión.
—Nunca fui yo.
Jamás destruiría uno de mis cuadernos.
Kael sintió que una sensación desagradable le recorría el cuerpo.
Alguien había manipulado el pasado de Lyra.
Y lo había hecho muchos años antes.
—¿Quién tenía acceso a tus diarios?
—Solo mi padre.
Y...
Hizo una pausa.
—Elias.
El nombre cayó entre ambos como una piedra.
Kael guardó silencio.
No quería sospechar del hombre que lo había criado.
Pero cada nueva pista parecía señalar en la misma dirección.
Lyra cerró el cuaderno lentamente.
—No he venido para decirte que desconfíes de él.
He venido para pedirte algo.
—¿Qué?
Ella sostuvo su mirada.
—No tomes ninguna decisión hasta conocer toda la verdad.
Porque, si Elias hizo lo que hizo...
Quizá tuvo una razón.
Kael permaneció varios segundos sin responder.
Después preguntó algo que llevaba horas rondándole la cabeza.
—¿Por qué me ayudas?
Lyra sonrió con una tristeza que no había mostrado antes.
—Porque sé lo que es vivir buscando respuestas.
Y también sé lo que ocurre cuando las encuentras demasiado tarde.
Antes de que Kael pudiera decir nada más, el sonido de una campana resonó en todo el Archivo.
No era la campana de los visitantes.
Era mucho más grave.
Mucho más lenta.
Una.
Dos.
Tres veces.
El rostro de Lyra perdió el color.
—¿Qué significa eso?
Kael se puso en pie de inmediato.
—Solo suena cuando un mercader activa el protocolo de emergencia.
Sin esperar un segundo más, ambos echaron a correr hacia el edificio.
Al cruzar las puertas principales, encontraron a decenas de empleados corriendo por los pasillos.
Nadie hablaba.
Nadie entendía qué ocurría.
Entonces Marcus, el guardia, apareció jadeando al final del corredor.
Al ver a Kael, gritó:
—¡La Sala Nueve!
Kael sintió que el corazón se detenía.
Era la sala donde había dejado a Julián y Elena.
Corrió tan deprisa que apenas notó cómo Lyra intentaba seguirle el ritmo.
Cuando llegó, la puerta estaba abierta.
Elias permanecía de pie en el centro de la habitación.
Su expresión era completamente seria.
Sobre el suelo, junto a una silla caída...
había una cápsula de cristal rota.
Y Julián había desaparecido.
Durante unos segundos, nadie habló.
Kael cruzó el umbral de la Sala Nueve con el pulso acelerado. Su mirada recorrió la habitación buscando a Julián, pero solo encontró la silla volcada, la cápsula hecha añicos y a Elena, sentada en el suelo con las manos temblando.
—¡Elena! —exclamó, arrodillándose junto a ella—. ¿Está herida?
La mujer negó lentamente.
Sus ojos estaban completamente perdidos.
No lloraba.
No gritaba.
Simplemente parecía incapaz de comprender lo que acababa de suceder.
—¿Dónde está Julián?
Ella abrió la boca varias veces antes de conseguir pronunciar una sola frase.
—Se... se fue.
Kael frunció el ceño.
—¿Se fue?
Elias se agachó junto a los restos de la cápsula y los observó con una expresión difícil de interpretar.
—No exactamente.
Kael levantó la vista.
—¿Qué quiere decir?
El anciano recogió con cuidado uno de los fragmentos de cristal.
Todavía conservaba un leve brillo dorado.
—La extracción había comenzado.
Pero nunca terminó.
Kael sintió un escalofrío.
Aquello era extremadamente peligroso.
Cuando una extracción se interrumpía antes de completarse, el recuerdo podía fragmentarse. En algunos casos, la persona conservaba imágenes inconexas. En otros, confundía el pasado con el presente durante días.
Era uno de los accidentes más raros del Archivo.
Y también uno de los más temidos.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Kael.
Elena respiró hondo, intentando ordenar sus pensamientos.
—Después de que usted salió... Elias habló con nosotros.
Nos dijo que no tomáramos una decisión precipitadamente.
Julián aceptó esperar unos días.
Todo parecía estar bien.
Miró hacia la ventana.
—Entonces escuchamos un ruido.
Como un golpe muy fuerte en el pasillo.
Mi marido se levantó para mirar.
Y...
Su voz volvió a romperse.
—Cuando regresó, empezó a comportarse de forma extraña.
—¿Extraña cómo?
—Me preguntó quién era.
Kael permaneció inmóvil.
Elena siguió hablando.
—Pensé que era una broma.
Le respondí que era su esposa.
Pero él volvió a preguntar.
Como si nunca me hubiera visto.
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
—Después miró la cápsula.
La tomó entre las manos.
Y dijo...
Se quedó sin voz.
Kael apoyó una mano sobre su hombro.
—¿Qué dijo?
—Dijo que no quería olvidar a la chica de la librería.
Pero...
No sabía quién era yo.
Un silencio pesado envolvió la sala.
Kael comprendió inmediatamente lo que significaba.
La extracción se había roto justo en el recuerdo que unía toda una vida.
Julián aún recordaba enamorarse de una joven de dieciocho años.
Pero había perdido el puente que conectaba aquella imagen con la mujer que tenía delante.
Seguía existiendo el amor.
Había desaparecido la identidad.
Elias cerró los ojos unos segundos.
—Jamás había visto una fragmentación tan precisa.
Kael también.
Era como si alguien hubiera cortado la memoria exactamente por la mitad.
No parecía un accidente.
Parecía...
—Alguien ha manipulado el proceso.
La voz fue de Lyra.
Todos giraron la cabeza.
Ella permanecía junto a la puerta observando los restos de la cápsula.
Su expresión era seria.
Mucho más seria que de costumbre.
Elias la miró con frialdad.
—¿Quién le ha permitido entrar?
—Nadie.
Entré porque alguien necesitaba decir lo que ustedes no quieren admitir.
El anciano no respondió.
Kael, en cambio, dio un paso hacia ella.
—¿Por qué piensas eso?
Lyra señaló los fragmentos.
—Porque una extracción no puede romperse de esa forma.
No si todas las máquinas funcionan correctamente.
Alguien quería que Julián olvidara solo una parte de su vida.
Kael sintió un nudo en el estómago.
La teoría tenía sentido.
Demasiado sentido.
Marcus apareció entonces por la puerta.
Todavía jadeaba.
—Lo hemos encontrado.
Todos se giraron al mismo tiempo.
—¿Dónde?
—En el jardín del río.
Está sentado en un banco.
Dice que está esperando a una chica...
Porque hoy es su primera cita con ella.
Elena se llevó ambas manos a la boca.
Su cuerpo comenzó a temblar.
—No...
No...
Kael salió corriendo sin esperar a nadie.
Atravesó el vestíbulo.
Descendió las escaleras de piedra.
Cruzó el puente de madera que comunicaba el Archivo con el paseo del río.
A lo lejos distinguió una figura sentada en un banco.
Era Julián.
Observaba el agua con una sonrisa tranquila.
Como un muchacho enamorado.
Kael redujo el paso al acercarse.
No quería asustarlo.
—¿Señor Salas?
El hombre levantó la cabeza.
Sonrió.
—Ah, hola.
¿También vienes a la librería?
Kael sintió un pinchazo en el pecho.
—¿Qué librería?
—La de la calle Robles.
Voy a invitar a salir a una chica.
Se llama Elena.
Creo que hoy voy a reunir el valor para pedírselo.
Miró el reloj con ilusión.
—Espero que no me diga que no.
Kael tragó saliva.
Julián había retrocedido casi cincuenta años.
No por completo.
Sabía quién era.
Sabía dónde vivía.
Pero emocionalmente estaba atrapado en el día en que comenzó su historia de amor.
Era un hombre de setenta años con el corazón de un joven de veintitrés.
Elena llegó caminando despacio.
Las lágrimas volvían a correr por su rostro.
Se sentó junto a él.
Julián la observó con amabilidad.
—Disculpe...
¿Nos conocemos?
Ella sonrió a pesar del dolor.
Una sonrisa rota.
Llena de amor.
—Todavía no.
Él rio con timidez.
—Entonces...
¿Le molestaría si me siento aquí un rato?
Elena negó con la cabeza.
—Me encantaría.
Durante varios minutos permanecieron mirando el río sin hablar.
Como dos desconocidos.
Como dos jóvenes que acababan de coincidir por casualidad.
Kael los observó desde unos metros de distancia.
Nunca había visto una escena tan hermosa y tan triste al mismo tiempo.
Entonces escuchó la voz de Lyra a su lado.
—¿Sabes qué es lo más cruel de la memoria?
Él no respondió.
Ella continuó.
—Que incluso cuando olvidas una vida entera...
El corazón sigue recordando a quién ama.
Julián miró de reojo a Elena.
Sin comprender por qué, tomó suavemente su mano.
Ella cerró los ojos.
Y, aunque sabía que él ya no recordaba cuarenta y siete años de matrimonio...
Entrelazó sus dedos con los suyos.
Como lo había hecho miles de veces.
Porque, a veces, el amor encontraba caminos que la memoria era incapaz de recorrer.
Kael sintió que aquella imagen permanecería con él para siempre.
Y sin saberlo...
acababa de aprender la lección que cambiaría la forma en que ejercería su profesión desde ese día.