Lisa es una joven invisible y recatada con una meta clara: completar su pasantía para asegurar el futuro de su hermana. Sin embargo, su camino se cruza con el de Maximilian Sterling, un magnate tan brillante como despiadado. Como su asistente temporal, Lisa no solo gestiona agendas millonarias, sino también el desfile de mujeres que entran y salen de la cama de su jefe.
En la intimidad del penthouse, Max la provoca con una arrogancia desmedida y una desnudez que ella intenta ignorar. Pero la tensión erótica estalla en una noche de alcohol y confesiones que termina en una entrega total. Al amanecer, el despertar es cruel: "No recuerdo nada, prepárame un café".
Mientras Max se refugia en su fachada de playboy sin escrúpulos para ocultar su vulnerabilidad, descubre que Lisa no es una empleada más, sino el único caos que no puede dominar. En este peligroso juego de poder y deseo, él es el dueño de la ciudad, pero ella posee sus secretos. Al final, solo uno quedará de rodillas.
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Bono de urgencia
Lisa colgó el teléfono con un golpe seco, cortando la comunicación antes de que la mujer pudiera responder. Su corazón latía con fuerza contra su pecho debido a la osadía de sus palabras, y sus mejillas lucían encendidas por el subidón de adrenalina.
Fue en ese instante cuando levantó la vista y sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Maximilian estaba de pie junto al marco de la puerta del pasillo, con una taza de café en la mano. Había escuchado cada una de sus palabras detrás de la puerta.
Maximilian caminó despacio hacia el escritorio de Lisa. La miró sorprendido a través de la taza de café, con una intensidad que a ella le aceleró las pulsaciones. No había furia en el rostro de su jefe, sino un asombro genuino ante la muestra de carácter de la joven. El magnate dejó la taza sobre la madera con un golpe suave y se cruzó de brazos.
—No sabía que el Ratoncito de la universidad tenía garras, Miller —comentó Max con una sonrisa de suficiencia que rozaba el orgullo—. Me ahorró un dolor de cabeza con Tatiana. Es una mujer intensa.
—Solo cumplía con mi trabajo, señor Sterling —respondió Lisa de inmediato. Sintió que las mejillas le quemaban por la vergüenza y acomodó sus gafas con un movimiento torpe para ocultar su agitación—. Las tres citas de la lista quedaron canceladas.
—Excelente. Puede retirarse a su escritorio. Necesito que revise las facturas pendientes de los proveedores de logística antes de que termine el día —le ordenó Max, recuperando su tono de jefe distante antes de regresar a su despacho.
Lisa soltó un largo suspiro cuando quedó sola. Abrió el sistema de la corporación en la computadora y buscó las carpetas de facturación, decidida a perderse en los números para olvidar el estrés de la tarde. Sin embargo, su concentración se desmoronó a los pocos minutos cuando la pantalla de su teléfono móvil, que descansaba al lado del teclado, se iluminó con un mensaje de texto de su madre.
El texto era corto, pero contenía un peso emocional que a Lisa le oprimió el pecho:
"Hija, el hospital llamó de nuevo. Si no pagamos la cuota de la cirugía de tu hermana este viernes, suspenderán el tratamiento de recuperación. Nos faltan cuatro mil dólares. Por favor, dime que el dinero de la pasantía está seguro".
Lisa sintió un nudo amargo en la garganta. La realidad de su vida fuera de esa oficina de lujo la golpeó con fuerza. La rigidez de sus hombros aumentó. Ella no estaba allí por orgullo profesional ni por vanidad corporativa; aceptaba las humillaciones de Maximilian y las jornadas extenuantes porque el sueldo de esa pasantía era lo único que mantenía con vida a su hermana menor. Limpió una lágrima rápida que amenazaba con ensuciar sus cristales y comenzó a teclear una respuesta con dedos temblorosos.
En su apuro por responder y la torpeza que le provocaba la angustia, Lisa no se percató de que la puerta del despacho de Max se había abierto de nuevo. El magnate avanzó hacia su puesto para dejar unos documentos impresos, pero se detuvo al notar la postura encogida de la joven y el brillo de desesperación en sus ojos.
Antes de que Lisa pudiera bloquear la pantalla de su teléfono, la mirada de Maximilian cayó sobre el mensaje abierto. El magnate leyó las palabras de la madre en un segundo.
—¿Qué es esto, Miller? —le preguntó Max. Su voz ya no era burlona; tenía un tono bajo, espeso y directo que hizo que Lisa se tensara por completo.
Lisa bloqueó el celular con prisa y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta gris, poniéndose de pie con movimientos torpes.
—No es nada que le incumba, señor Sterling. Asuntos familiares —le contestó netviosa, aunque intentó mantener la voz plana, y pese a que el labio inferior le tembló por un segundo.
—Su vida me incumbe desde que trabaja aquí —insistió Maximilian, dando un paso al frente y reduciendo la distancia entre ambos. La miró desde su altura, despojándose por completo de la máscara de indiferencia—. ¿Está usando el dinero que le pago aquí para pagar una deuda médica?
Lisa sintió que el orgullo se le quebraba ante la mirada escrutadora de su jefe. La humillación de verse expuesta de esa manera la superó.
—Sí —confesó Lisa, con un tono de voz apagado por la emoción contenida—. Mi hermana está enferma y mi familia no tiene cómo pagar los gastos del hospital. Por eso soporto sus desplantes, sus órdenes algo incoherentes y su forma de ser desinhibida, señor Sterling. Porque necesito este sueldo para que mi hermana no se muera. Así que no se preocupe, no voy a vender sus secretos corporativos a ningún rival, porque no puedo darme el lujo de que me despidan.
Las palabras salieron de su boca con una impulsividad que dejó el ambiente cargado de una tensión cruda. Max la escuchó en completo silencio. Sus ojos oscuros mostraron un brillo extraño, una mezcla de dolor compartido y respeto ante el sacrificio de la joven. Recordó la nota de sus propios padres; él tenía todo el dinero del mundo pero no tenía familia, mientras que esa chica vestida con ropa sencilla estaba dispuesta a todo por la suya.
Maximilian no dijo nada durante un largo minuto. Caminó hacia su escritorio, tomó la libreta de cuero negro de la agenda de entretenimiento y regresó hasta el cubículo de Lisa.
Bajo la mirada confundida de la joven, Max tomó un bolígrafo rojo de la mesa. Con movimientos lentos y firmes, tachó con fuerza cada uno de los nombres que quedaban en la lista de mujeres, destrozando las páginas de la libreta frente a sus ojos hasta que la agenda quedó completamente en blanco.
Lisa lo miró sin comprender, con el corazón dándole vuelcos en el pecho ante la imprevisibilidad del magnate.
—¿Qué está haciendo? —alcanzó a murmurar ella, con la respiración agitada.
Max dejó caer la libreta destrozada sobre el escritorio. Se inclinó hacia adelante, acorralándola con su cuerpo y atrapándola contra el borde de la madera. La distancia entre sus rostros desapareció de golpe. El olor a su loción inundó los sentidos de Lisa, y la intensidad de la mirada del magnate la dejó sin aire.
—Hoy no quiero a ninguna de ellas, Lisa —le susurró Max, pronunciando su nombre con un tono de voz profunda, peligrosa y cargada de una promesa que le erizó la piel—. Te quiero a ti... trabajando hasta tarde. Tu bono de urgencia médica estará depositado en tu cuenta en diez minutos, pero de aquí no te vas hasta que terminemos de limpiar este desastre.